Poesía y guerra, Eliot y Usigli

martes, 4 de octubre de 2011
A Federico Campbell en sus 70 años y a Guillermo Sheridan por su Premio Benítez MÉXICO, D.F. (Proceso).- Para mitigar nuestra desesperación: hace setenta años el mundo parecía aun más oscuro que ahora. El triunfo del nazismo era incontenible. Pronto el planeta entero iba a estar cubierto por la cruz gamada y los campos de exterminio. Inglaterra había quedado sola ante el nazifascismo y Hitler pensó que no tardaría en rendirse. En la locura del poder creyó posible doblegarla y al mismo tiempo vencer a Rusia como no había podido hacerlo el propio Napoleón. Con la certeza de que el imperio inglés no tenía esperanza, en junio de 1941 decidió invadir la URSS, seguro de que en seis semanas destruiría al Ejército Rojo. Como Bonaparte, el Führer se hundió en la estepa rusa. Pero la gran derrota en Stalingrado aún estaba por delante. El primer gran fracaso de Hitler y el desastre que rompió el mito de su invencibilidad fue la batalla de Inglaterra.   El infierno del aire   Hitler, que nunca había mandado en el campo de batalla unidades superiores a un pelotón, relegó a sus mariscales y creyó en los aduladores que lo elogiaban como el mayor genio militar de todos los tiempos. La Luftwaffe comandada por Hermann Göring, héroe de la Primera Guerra Mundial como el mismo Führer, fue incapaz de doblegar la resistencia heroica del pueblo británico. Tampoco pudo destruir a la RAF, la Real Fuerza Aérea. Su comandante en jefe, sir Hugh Dowding, a diferencia de los jerarcas nazis era un genio militar. Por otra parte, la venganza no fue menos salvaje. Sólo en años recientes se ha visto lo que constituyeron los bombardeos de 1944 y 1945 contra Alemania que incendiaron ciudades enteras y quemaron vivos a civiles sin culpa bajo oleadas de napalm. La valentía de los pilotos de la RAF –británicos, estadunidenses, canadienses, neozelandeses, checos y polacos– asombró a todos los países. La temible Luftwaffe con sus Stukas, Heinkels,Yunkers, Dorniers y Messersschmitts había sido un arma formidable para apoyar a la Wermatch y no para cumplir la misión de reducir a polvo a Inglaterra. La edad de hierro   En marzo de 1938 Hitler invadió Austria y la anexó a Alemania. En agosto anunció su intención de apropiarse también del territorio de los Sudetes, la población germana de Checoslovaquia. El 29 de septiembre los primeros ministros de Gran Bretaña, Neville Chamberlain; y Francia, Edouard Daladier, se reunieron con Hitler y Mussolini en la trágica conferencia de Munich. Aceptaron la anexión del territorio Sudete a cambio de garantizar las otras fronteras de Checoslovaquia. Con la creencia de que arrodillarse ante el agresor garantizaba la paz del mundo, derrumbaron el sistema de alianzas europeas vigente después de la Primera Guerra Mundial. Lejos de pacificarla, exacerbaron la ambición de Hitler. En 1939, casi al mismo tiempo que caía la República Española, los nazis ocuparon Bohemia y Moravia y desmembraron a Checoslovaquia. Winston Churchill, quien por entonces estaba fuera del gabinete, propuso una alianza defensiva con la URSS. El temor al comunismo hizo que no se realizara. En cambio hubo otros dos acuerdos: el llamado Pacto de Hierro entre Alemania e Italia y el Pacto Hitler-Stalin, firmado por los cancilleres Ribbentrop y Molotov. El primero de septiembre de 1939 la Wermatch invadió Polonia. Gran Bretaña y Francia declararon la guerra y en uno de los actos más incalificables de Stalin la URSS atacó por la espalda a los polacos. Al comenzar 1940 los nazis ocuparon Noruega y Dinamarca. El 7 de mayo Churchill reemplazó a Chamberlain como primer ministro. El 10 Hitler invadió Holanda, Bélgica y Luxemburgo. El gran éxito alemán se basó en la Blitzkrieg, la Guerra Relámpago, atribuida a Hitler pero en realidad ideada por sus mariscales: la combinación entonces novedosa de ataques mediante tanques (Panzers), nuevos aviones de combate, paracaidistas e infantería. Al ser derrotado el ejército francés el cuerpo expedicionario británico tuvo que ser evacuado desde Dunkerque. El 14 de junio los alemanes entraron en París.   La ofensiva total   Churchill se negó a capitular. Su entereza fue la salvación del planeta entero. El Führer planeó una ofensiva aérea total con bombardeos de saturación contra los civiles, un crimen sin nombre como los ya practicados en Barcelona, Guernica, Varsovia y Rotterdam. Ordenó diarios ataques aéreos masivos contra Londres para hundir la isla en el caos y prepararse a invadirla en lo que llamó la operación “León Marino”. Ningún soldado nazi logró poner el pie en suelo británico. Del mismo modo Felipe II trató de invadir a Inglaterra y sólo consiguió el desastre de su Armada Invencible y la ruina del imperio español. El 23 de agosto de 1940 el bombardeo cotidiano de Londres se prolongó toda una noche. Hitler no contaba con la resolución del pueblo que se unió bajo Churchill en vez de ceder ante los ataques. En plena locura del poder, el cabo austriaco no pensó en la RAF, la Real Fuerza Aérea, la Royal Navy, la Armada Británica, ni el apoyo que tenía el orbe inglés en sus colonias, dominios y protectorados y en el discreto apoyo de los entonces neutrales Estados Unidos. Parte esencial de la estrategia hitleriana era el dominio del Mediterráneo. Para lograrlo necesitaba la conquista de su llave: Gibraltar. Resultaba indispensable que entrara en la guerra su aliado Francisco Franco. El Generalísimo pidió a cambio el propio Gibraltar, Marruecos y todas las Guineas. Hitler no podía hacer tales concesiones. El 23 de octubre en la entrevista de Hendaya Franco dijo que se mantendría como no beligerante y no iba a permitir el paso de tropas nazis para conquistar el Peñón. Así pagó a quien le había dado una ayuda indispensable para vencer a la República.   El incendio de Londres   Pese a los devastadores ataques con bombas, artefactos incendiarios y minas arrojadas en paracaídas, la Luftwaffe no logró quebrantar la moral británica ni desorganizar la vida cotidiana. La ofensiva, que sus víctimas llamaron la Blitz, fue tan salvaje que en una sola noche Londres sufrió 38 incursiones. El más atroz de los bombardeos debe de haber sido el ataque del 15 de septiembre que arrasó en llamas gran parte de la ciudad y afectó a muchas iglesias y al propio palacio de Buckingham. En vez de refugiarse en el campo como la aristocracia y la gran burguesía, el rey, la reina y sus pequeñas hijas Isabel y Margarita permanecieron en su lugar junto a su pueblo. Fue admirable la actividad civil contra los incendios en la que participó T. S. Eliot y es uno de los temas de Little Gidding, el último de los Cuatro cuartetos. Cuando los nazis ya habían perdido 4,383 aviones y llevaban más de ocho mil bajas entre sus pilotos, resultó claro que la batalla de Inglaterra significaba la primera derrota de Hitler. Un visitante nocturno   Eliot hacía solitarias guardias de noche en su editorial Faber&Faber. Poco después llegó a Londres un joven dramaturgo, Rodolfo Usigli, que aún no había estrenado El gesticulador. Con el arrojo de los tímidos, Usigli tuvo la increíble osadía de visitar a Eliot en su oficina, que era también su puesto de vigilancia, y de leerle, traducidos sobre la marcha, los tres actos de su tragedia inédita Corona de sombras. Usigli describe esa noche en su formidable colección de crónicas Conversaciones y encuentros. Little Gidding se convirtió así en el gran poema de la resistencia británica contra los nazis y en 1943 cerró los Cuatro cuartetos, para muchos la cumbre de la poesía inglesa del siglo XX que significó también el adiós de Eliot a la poesía. Eliot en México: La capilla y la catedral   Gracias a esa insólita noche del Londres bombardeado El Hijo Pródigo, la revista de Octavio G. Barreda, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza, Octavio Paz y Antonio Sánchez Barbudo, publicó en su número 8, noviembre de 1943, el primer texto en español acerca de la obra final del gran poeta angloamericano: “Los cuartetos de T. S. Eliot y la poesía, arte impopular”. (Usigli había dado a conocer en 1938 la mejor traducción que existe en nuestro idioma de “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”.) “Eliot –escribe Usigli– ha hecho por la poesía inglesa lo que ningún poeta ha hecho por la española: buscar y encontrar un punto de cruce entre la poesía erudita y la poesía coloquial, entre la prosa y el verso, entre el objeto y el espíritu sin salirse jamás de su línea de creación –ni siquiera para hacer propaganda. Esta es la lección que podemos aprovechar de él. No siempre atina con la arquitectura, no siempre encuentra sus puntales en lo prosaico ni sus remates en lo poético, pero siempre se cruzan los dos extremos en su obra sin lesión para su pureza. Esto asegura para mí su popularidad que habrá de desencadenarse antes de mucho tiempo saltando al otro lado de la crítica de capilla. La capilla es poco para quien ha buscado la catedral.” Al final de este artículo precursor la inteligencia crítica de Usigli alude a la presencia poética de Eliot en México, un tema desarrollado 45 años después por Guillermo Sheridan en el extraordinario número 213 que dedicó a Eliot en su centenario La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, entonces editada sin crédito por Jaime García Terrés y Marcelo Uribe. Para Usigli, Eliot está presente en Xavier Villaurrutia y “también son dignas de estudio las relaciones entre la poesía de Eliot y la de José Gorostiza sobre todo en Muerte sin fin. Su influencia sobre mi propia, desconocida poesía, es un hecho que admito sencillamente. Mucho de común puede encontrarse entre Eliot y León Felipe a quien siento americano”. Las coincidencias entre los Cuatro cuartetos y Muerte sin fin son tanto más asombrosas cuanto que Gorostiza no había podido leer en 1939 poemas aún no escritos de Eliot. Mordecai S. Rubin desarrolla el tema en su libro de l964. Por otra parte John Felstiner ha examinado las coincidencias también asombrosas entre los poemas de Eliot y las Alturas de Machu Picchu de Pablo Neruda, quien tampoco tuvo acceso a las páginas de Eliot. Sheridan concluye su ensayo de 1988 al decir que “los poetas que prestan su propia voz a la urgencia de comunicar la de otros son ejemplo de la necesaria fe en el lenguaje tanto como de la probada conciencia de que la poesía, en la lengua que sea, es una puerta privilegiada al sueño de la historia. En relación con Eliot no cabe duda de que los mexicanos han sabido escuchar esa riqueza, comprender esas ideas y prolongar sus repercusiones sin la esperanza de la retribución”.