Jesús Puente Leyva: nombre es destino

miércoles, 9 de noviembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El 28 de octubre pasado murió en su domicilio, en Coyoacán, a los 74 años, Jesús Puente Leyva, distinguido economista y diplomático mexicano, a consecuencia de una neumonía, luego de cuatro años de ver progresivamente mermada su salud. Cuesta trabajo imaginar enfermo a un hombre que hasta los 65 años parecía un dínamo, habituado a no comer y no dormir cuando se enfrascaba en una tarea y quería terminarla a la brevedad posible. Parecía vivir en estado de permanente entusiasmo, dispuesto siempre a conversar, encantado por el trato con gente de toda laya, siempre con una broma a fl or de labios, siempre a punto de organizar una fi esta. Tuve el honor de trabajar con él tres años mientras fue embajador de México en Perú. Puente Leyva nació el 24 de septiembre de 1937 en la Ciudad de México, en el seno de una modesta familia afincada en la colonia Guerrero. Jamás olvidó su origen. Por el contrario, se preciaba de él, sin hacer gala ni prédica de humildad. Simplemente sabía que todos los bienes materiales de que disfrutamos son, si acaso, prestados. Su apetito vital no se fincaba en la riqueza sino en la inteligencia y la sensibilidad. Pero la distribución de la riqueza era un tema que en verdad le importaba. Obtuvo su licenciatura con una tesis sobre planificación económica en la Universidad de Nuevo León, y su título de maestría en la Facultad de Economía de la UNAM con una tesis sobre Teoría del Desarrollo, e hizo estudios de posgrado ante la CEPAL en Chile. En 1968 recibió el Premio Nacional de Economía por su estudio “Distribución del ingreso en un área urbana: caso Monterrey” (publicado como libro en 1969 por Siglo XXI Editores, con una introducción de su amiga y mentora, Ifi genia M. De Navarrete), en el que demostraba que la clase media de Monterrey tendía a disminuir –justo a la par que la popularidad del propio Puente Leyva en Nuevo León, pues sus ideas no fueron del gusto del olvidable gobernador en turno. Y en 1969 recibió la Medalla al Mérito Académico por parte del Colegio Nacional de Economistas. Diputado federal por Nuevo León en los primeros tres años del régimen de José López Portillo, en estas mismas páginas le dijo a Federico Gómez Pombo (Proceso, 119) que México debería establecer una estrategia propia en materia petrolera para no permitir que los Estados Unidos considerasen las reservas de nuestro país como parte de su “seguridad nacional”. “México –señaló– no debe elevar la explotación de crudo a niveles más altos de los que interese a su estrategia económica nacional, sino mantener una plataforma de producción establecida en el nivel de sus propias necesidades, sólo suficiente para el crecimiento planeado de la economía.” Pero si Puente Leyva brilló profesional y académicamente como economista (fue uno de los más distinguidos profesores de la Facultad de Economía de la UNAM, y tuvo como alumnos –no por decisión suya– a Carlos Salinas de Gortari y a Ernesto Zedillo), el terreno en el que desplegó a plenitud sus capacidades fue en el de la diplomacia. Fue embajador por primera vez ante Venezuela, entre 1981 y 1986, durante los mandatos de Luis Herrera Campins y Jaime Lusinchi. Volvería a ser embajador ante el gobierno de Hugo Chávez. En ambos casos dejó una huella imborrable. Su segundo cargo diplomático fue Perú. Llegó con un oficio muy bien aprendido. De manera muy sintética basta decir que se ganó la amistad (subrayo la palabra) del joven presidente peruano, Alan García, de manera definitiva. Tenía derecho de picaporte en el palacio de gobierno. A lo largo de veinticinco años fue uno de los mejores embajadores que México ha tenido en América Latina. Durante ese periodo representó a nuestro país, además, en Argentina y Uruguay, acompañado de su esposa, la doctora Blanca Treviño. Hombre de números, pero también de letras, a finales de los años ochenta le salió al paso a Mario Vargas Llosa cuando éste, en un instante de ofuscación, al criticar la estatificación de la banca por parte de Alan García, dijo, ante una multitud concentrada en la Plaza San Martín (el más importante espacio público peruano), “¿Acaso quieren ser tan corruptos como los mexicanos?” (aludiendo a la nacionalización de la banca mexicana, decretada a finales de 1982 por José López Portillo). Puente Leyva le recordó al narrador, en una larga carta, que parte de la historia de su país había sido escrita en territorio mexicano, y éste se limitó a responder que reconocía en las palabras del embajador la “tradicional cortesía mexicana” a la vez que apelaba a su derecho a pensar de manera distinta a la del funcionario mexicano. Siempre me extrañó que, dado su juicio crítico, no se apartase del PRI –era amigo de todos los representantes de la Corriente Democrática que fundaría el PRD–. Pero él sentía que le debía lealtad a ese partido que identificaba con el Estado mexicano. Pocos políticos supieron comprender, como él, que lo mejor de México se hallaba expresado en su cultura. Y su actividad en el plano cultural era infatigable –“es un terreno en el que tenemos todo para presumir”, decía. En todos los países en los que se desempeñó como embajador se apropiaba de los medios: prensa, radio, televisión, editoriales, artes escénicas… Aun artistas de naciones en las que Puente Leyva no fue embajador saben de él. Si los recursos que la Secretaría de Relaciones Exteriores proporcionaba para las actividades culturales no bastaban, él ponía dinero de su bolsillo. Uno de sus lemas favoritos –tomado de su amigo, Porfirio Muñoz Ledo– era “desconfíe siempre de los ágrafos”. Le gustaba escribir, y aparte de los cuatro libros que publicó –dos sobre asuntos económicos; los otros dos compilaciones de textos literarios escritos como parte de su ejercicio diplomático– dejó centenares de páginas inéditas acerca de la industria petrolera en México. La última vez que lo vi, hace cinco años, me dijo: “Estos pillos que nos gobiernan están desmantelando Pemex para tener el pretexto para malbaratarla.” En enero de 2004, cuando la cancillería panista forzó su renuncia a la embajada de México en Uruguay (donde logró un tratado bilateral de libre comercio), dijo: “No supe entender los signos, yo nada tenía que hacer en este gobierno. Debí haber renunciado mucho antes.”