Cine: Anónimo y deshonesto

jueves, 22 de diciembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Roland Emmerich alguna vez hizo hincapié en lo poco que le interesaba la obra de William Shakespeare; lo suyo era hacer películas de desastres como El día de la Independencia o Godzilla. Ahora resulta que se erige como especialista en la vida y la obra de Shakepeare para intentar demostrar, basado en el guión de John Orloff, que el gran bardo de Stratford no escribió lo que escribió, por así decirlo. Anónimo (Anonymous; E.U.-Alemania-Reino), relato alambicado y cargado de imágenes grandilocuentes en torno al tema de la autoría de las obras de Shakespeare, reescribe la historia isabelina a su antojo para acomodar la tesis oxfordiana que postula a Edward de Vere, conde de Oxoford, como el responsable de que ahora Hamlet se lea y estudie en todos los idiomas. De acuerdo con Emmerich y su empresa de Hollywood, Isabel I (Vanessa Redgrave), la reina virgen, no lo habría sido tanto y habría tenido amoríos hasta con su propio hijo; el verdadero Shakespeare, un borracho actor de quinta, y todas las obras que se le atribuyen, mera propaganda para influir en las intrigas políticas de la corte. La hipótesis sobre Edward de Vere como autor, interpretado aquí por Rhys Ifans, fue propuesta en 1920 y ha contado con apoyos de gente valiosa como Sigmund Freud; pero en la época del creador del psicoanálisis, como demuestra James Shapiro (especialista sobre el tema que ha leído todo lo que Shakespeare pudo haber leído en su momento) en su formidable estudio sobre el supuesto problema shakesperiano, Contested Hill (Legado contencioso), la investigación documental acerca de la manera de escribir y de las condiciones de producción de teatro en la Era Isabelina estaba aún en pañales. Además de saber que la mayoría de las obras de Shakespeare son refritos, remakes diríamos ahora, de éxitos anteriores de taquilla o editoriales, como Romeo y Julieta o Hamlet, sabe ahora que varias de sus obras fueron escritas colectivamente. Emmerich le tuerce el cuello al cisne y presenta a De Vere como autor de Sueño de una noche de verano a la edad de 9 años; De Vere murió en 1604, cuando por lo menos 10 de las grandes obras de Shakespeare aún no habían sido escritas, pero Anónimo ilustra a su amable público mostrando una escena donde el conde entrega el archivo de las obras venideras para que Shakespeare las guarde en su disco duro. Existe la suposición, convertida en dogma por los románticos, de que toda obra literaria tiene que ser confesional; así, por ejemplo, si Melville escribe sobre marineros es porque él mismo fue marinero; de acuerdo con esta norma, un pueblerino convertido en empresario, como lo fue Shakespeare, del cual no existen datos de viajes al extranjero o de estudios universitarios, no podría haber escrito obras que ocurren en Italia. Personalmente, siempre he pensado que este tipo de teorías no esconden más que un profundo clasismo. La única buena noticia es que el debate en internet que promueven Emmerich y su empresa incita a la lectura y relectura de Shakespeare, de principio a fin, la única certeza posible. Por teorías conspiratorias no paramos, si existe ésa que asegura que detrás de El código Da Vinci está el Opus Dei, yo aseguro que Emmerich y los productores de Hollywood explotan el asunto para ganar más dinero, no importa que para ello tengan que desprestigiar al mismísimo Shakespeare.

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