Manolo Vargas, bailarín enorme y maestro de vida

martes, 15 de febrero de 2011

Un personaje de leyenda pone de luto al mundo en un territorio propio de los españoles: el baile de flamenco. Su nombre real fue José Aranda, oriundo de Jalisco. Primero bailarín, luego coreógrafo y maestro, fue discípulo de las hermanas Encarnación y Pilar López, a su vez instituciones en España. Conocido como Manolo Vargas forjó a varias generaciones de bailaores, entre ellos Pilar Rioja, que entre otros lo evocan en la despedida.

MÉXICO, D.F., 15 de febrero (Proceso).- Con el donaire que lo caracterizó a lo largo de su fructífera existencia, el maestro Manolo Vargas (Tala, Jalisco, 1912) tuvo la delicadeza de “preparar” emocionalmente a sus estudiantes de baile y a las legiones de amigos que supo hacer para cuando llegase el momento de su partida física, el martes 8, cuando tenía 98 años.

Durante los últimos tres meses, luego de que una añeja afección en la columna que oprimía el nervio ciático le impidió seguir dando clases sentado, el importante bailarín internacional, coreógrafo y maestro de danza y de vida, desde su lecho y con lucidez giraba instrucciones, arrancaba promesas, ejercitaba músculos, recomendaba cadencias y preparaba su espíritu para el momento preciso en que habría de soltarse, sabedor de que la mejor energía individual regresa a su fuente universal.

“Manolo, una semana antes de su muerte –recuerda con elegante serenidad la gran bailarina y maestra Pilar Rioja, su alumna, su amiga y su “hada madrina”, como él la llamaba–, tuvo arrestos para venir en silla de ruedas a verme ensayar algo de mi próxima temporada en Nueva York. Se despidió también de su casa y del jardín que tanto amaba. No tenía miedo a morir sino a quedar postrado. Me hizo prometerle que la mitad de sus cenizas permanecerían en México y la otra mitad en España, y como siempre se salía con la suya, ¡se le cumplió! Parte de las cenizas de Manolo quedarán al lado de Encarnación López Júlvez La Argentinita, y de su hermana Pilar, sus grandes amores españoles y en cuyas compañías de baile desarrolló su gran talento dancístico”.

–¿Cómo pudo cumplir ese deseo?

–Para el papeleo oficial, Manolo era José Aranda Valadez –aclara Rioja–, y nadie imagina la burocracia post mortem cuando la persona fallecida carece de parientes directos. Por un lado, afortunadamente una prima de él aceptó firmar, pues me sentía culpable de no poder cumplir su última voluntad, y por el otro, un sobrino de Pilar López amablemente se ofreció a llevar las cenizas de Manolo a Madrid.

Las hermanas López, auténticas instituciones en la danza española: La Argentinita, espléndida bailarina y cantante, compañera del torero Ignacio Sánchez Mejías, fue amiga entrañable de Federico García Lorca, y en 1931 ambos grabaron el disco Canciones populares españolas, con el gran poeta al piano y la voz de Encarna, gracias a la recuperación por parte de Lorca de algunas de las canciones fundamentales del folclor hispano-andaluz. A ella dedicó su inmortal poema Llanto…

Pilar, también soberbia bailarina y coreógrafa, supo aunar a su creatividad profesionalismo y un fino sentido del espectáculo, ya que mientras otras rechazaban bailarines por miedo a ser eclipsadas, ella afirmaba: “Quiero que la gente que me rodee sea más joven, más guapa y mejor que yo. Eso es bueno para mis espectáculos, para mi compañía y para la danza”. Además de Manolo Vargas, estimuló los talentos de figuras como José Greco, Antonio Gades, Mario Maya o El Güito, entre otros. Ambas hermanas participaron en el documental Duende y misterio del flamenco, del cineasta madrileño Édgar Neville. 

En esa caprichosa confluencia de razas y de sentimientos, el futuro Manolo Vargas nace un 15 de agosto en el seno de una familia jalisciense tradicional, lo que equivale a decir terminantemente opuesta a la inclinación del niño José por el baile. Ya en la Ciudad de México, donde lo mismo será despachador en una gasolinera que mesero “con experiencia” en el célebre El Patio o taquimecanógrafo en un banco, consigue ingresar a la Escuela Nacional de Danza, donde primero estudia baile regional pero, después de ver bailar a Óscar Tarriba, “sabe” que el flamenco será lo suyo. Desafortunadamente sólo estudia seis meses con él. Cuando retoma el baile, Manolo tiene ya 30 años cumplidos, si bien su vocación sigue inalterable.

Actuando con el nombre de Pepe Mares en Nueva York en el cabaret La Martinique, una noche es visto por La Argentinita, quien tras constatar su potencial le propone unirse a su compañía.

“Tienes un mes para aprenderte las coreografías”, le advirtió.

Tras ensayar diario casi las 24 horas, puede entrar a la compañía de Encarnación López, quien le dijo:

“Ya tengo un José, te llamarás Manolo Vargas.”

Permaneció a su lado hasta su muerte, en 1945.

Al poco tiempo su hermana, abatida, se anima a formar el Ballet Español de Pilar López y con ella trabaja durante más de una década de satisfacciones y éxitos en los principales escenarios del mundo. En 1948 hace en España la película Amor brujo, con Pastora Imperio, para contrariedad de los que consideraban al baile flamenco exclusivo de los gitanos. Como los buenos toreros, tuvo que echar pa’lante en las escenas y fuera de ellas, pues incluso las navajas utilizadas no fueron de utilería.

En la segunda mitad de los años cincuenta Manolo forma, junto con el dotado bailarín mexicano Roberto Ximénez, el Ballet Español Ximénez-Vargas, con el cual efectúa numerosas giras y presentaciones hasta el año de 1963, en que el grupo se desintegra. En ese lapso, Manolo con frecuencia es llamado a impartir cursos en prestigiadas instituciones de Estados Unidos, y desde mediados de los sesenta se establece definitivamente en su país, abriendo su academia de baile que, a no dudarlo, habrá de seguir formando nuevos valores.

Controlados los fuertes dolores de la espalda, el maestro Vargas se negó a ir a un hospital y, seductor como era, prefirió involucrar a sus cuidadoras Berta, Lupita y Queta –admiradas del amor que transmitía a sus afectos y del que inspiraba en estos– en la difícil técnica del flamenco, ya ejercitando músculos de la cara o de los brazos, ya contando pasos con las manos, ya palmeando con ritmo, incluso cuando lo cambiaban o lo volteaban.

“Fueron tres meses no sólo atendiéndolo, sino aprendiéndole”, afirma Lupita.

Jesús Manuel Sánchez García, “una especie de hijo adoptivo del maestro”, físico egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM, subraya que Manolo, además de un gran maestro fue un verdadero sabio, que daba a cada persona y a cada cosa su lugar, y que gracias a la apertura de su espíritu y a la privilegiada empatía que poseía nunca chocó con ninguna generación.

Otra de sus jóvenes alumnas, Dalel Cruz, evoca:

“El maestro me inculcó compromiso, dedicación y amor por lo que hiciera. Estamos a punto de abrir su página en internet y preparamos un video de su método de baile y de su filosofía de vida.”

Juan Salazar, ayudante de Manolo, afirma:

“Era una gran persona y va a ser muy difícil encontrar otra como él. Tenía valiosas enseñanzas para todos. El día que lo fui a ver coincidió con que se acababa de caer y en medio de fuertes dolores, tranquilo, me pidió una bolsa de agua muy caliente y se la puso en el ciático.”

La abogada María Elizabeth Castillo, otra alumna de Manolo a la que bautizó simplemente como Elizabeth, refiere emocionada:

“Siempre quiso dejar un mensaje-testimonio para la tercera edad, que nunca es tarde para hacer lo que uno quiere, que la vejez no es impedimento sino oportunidad de seguir venciendo retos. ¿Que por qué nunca paró a pesar de los años? Porque fue congruente con este principio: ‘Para la danza se vive, porque de la danza no se vive’. Mal respetaba los días festivos, convencido de que cada cuerpo es arcilla única que hay que trabajar a diario, pero como templo, no como cárcel. Le prometí que procuraría transmitir su técnica.”

Por su parte la bailarina, maestra y coreógrafa María Elena Anaya considera:

“Manolo Vargas fue mi padre artístico, mi mentor y mi amigo. Manolo era luz e irradiaba energía. Con su pasión y ejemplo nos pasó la estafeta para continuar su gran labor. A cada una sabía darnos una atención muy especial, tanto que nos hacía sentirnos seres especiales y únicos. Nos deja un gran compromiso para continuar con la enseñanza, la práctica y la difusión del baile flamenco.”

Gabriel Blanco, uno de sus alumnos más aventajados, señala:

“Las enseñanzas de Manolo eran para gente muy formada pues sostenía que cada parte del cuerpo tiene un sentido en la danza y puede moverse en forma independiente, fraccionada y coordinada a la vez. La danza va más allá del ego y lo demostraba en sus enseñanzas y en sus clases para desarrollar la conciencia del cuerpo. Por cierto, nuestro maestro de tai-chi, Silverio Cruz, realizó las esculturas en bronce, de unos 40 centímetros, de Pilar Rioja y de Manolo Vargas. La de este último fue robada de su casa por un repartidor de pizzas y al cabo de un año ‘perdida’, Dalidá Burgos, otra compañera, la descubrió en una tienda de antigüedades, la compró y se la llevó a Manolo, quien tras el hurto había pronosticado: ‘Si la escultura es para mí, regresará’. Y regresó.”

–Voy a extrañar mucho a Manolo –confiesa Pilar Rioja–, sobre todo cuando vaya a ensayar. Lo conozco desde los 16 años, cuando mi padre me llevó a Bellas Artes a verlo bailar con Pilar López, y en 1969 empecé a tomar clases con él. Había una extraña dualidad entre José Aranda y Manolo Vargas: el primero era vulnerable, pero el segundo incansable. Su religión era su energía conectada con la del universo. No era de devociones, así que no le hicimos misas.

Y musita:

“Habiendo sido una figura internacional, fue otro artista desaprovechado en México.”