Devastaciones etílicas

sábado, 26 de febrero de 2011

En la constelación de Perseo resalta una estrella que desde tiempos inmemoriales atrapó la mirada por las pronunciadas fluctuaciones de su luminosidad. Cada 30 horas su brillo decrece, y debido a esa periodicidad los astrónomos del pasado la relacionaron con las fuerzas oscuras que habitan el universo. Los hebreos la denominaron Rosh-ha Satán y los árabes ra’s al-ghul, vocablos que, en ambas lenguas, significan “cabeza del demonio”.

Lo interesante del asunto es que antes de que pudiera explicarse la razón de su comportamiento, su apelativo árabe evolucionó hasta convertirse en Algol que, a su vez, fue simiente del sustantivo alcohol.

A todas luces, la exactitud de la etimología deja poco espacio para refutaciones. El alcohol es un ente de índole maligna que circula por la sangre devastando lo que encuentra en su camino. La pasajera euforia que desata funge como certero preludio de exequias. Se liman inhibiciones y se burlan conflictos internos con conocimiento de sus diferidas cuotas mortuorias. No en balde se ha calculado que en cada borrachera el cerebro se despide de 9 millones de neuronas, amén de que el alcoholismo es causante de más de dos tercios de accidentes de todo tipo (automovilísticos principalmente, aunque también aéreos pues el gremio de aviadores es uno de los que mayores índices de embriaguez registra, y laborales y genéticos), y es detonante, en incuantificable proporción, de la violencia que campea en hogares y vías públicas. Su influjo, lo sabemos en demasía, hace aflorar lo que el inconsciente esconde y le da rienda suelta a los instintos más rupestres; quisiéramos convencernos de que bajo su influencia se magnifica nuestra templanza y se zanjan nuestras frustraciones y carencias afectivas cuando, en realidad, lo único que evidenciamos es la oquedad que condiciona nuestras vidas.

¿Podría ser distinto para los hombres que destilan la sustancia musical? ¿No debería bastar la plenitud que supone la convivencia con los frutos de la armonía para impedir el tránsito por las puertas falsas del alcoholismo? No, claro que no. El sujeto que consagra su existencia en aras de la creación y custodia de melodías padece, en grado sumo, de una sensibilidad que lo confronta con su medianía y sus insatisfacciones. Es innegable que la facultad de moldear lo invisible no sirve de parapeto frente a los embates intangibles de la psiquis.

En su esclarecedor libro sobre las patologías de compositores renombrados, Gerhard Boehme cita a 70, cuyos decesos fueron directamente imputables al consumo de alcohol. Una ojeada veloz suscita perplejidad y conmiseración. Familias destrozadas, palizas espontáneas, malformaciones en hijos no deseados, riñas sangrientas y demás vesanias, pero, de especial relevancia, son las obras que quedan inconclusas. Gracias a la exhaustiva investigación nos enteramos, por ejemplo, de que al pobre Schubert sus amigos lo llamaban La esponja, que a Brahms lo lleva a la tumba una cirrosis hepática mezclada con un cáncer de páncreas que derivan, desde luego, de sus fragorosas guarapetas, o que individuos inmunes al vicio perecen por una furtiva ingesta. Así le sucede a Ernest Chausson, quien después de brindar por un feliz advenimiento regresa a su casa en bicicleta estrellándose contra uno de sus muros. El cráneo se le parte en dos y en su mesa de trabajo queda sin terminar su único cuarteto de cuerdas.

Como es de suponer, la relación de los personajes y sus adicciones es inagotable, volviéndose prioritario fijar la atención en aquellos individuos que experimentaron estadios agudos de alcoholismo. De relieve particular es el caso clínico de Wilhelm Friedemann Bach, quien resiente por su primogenitura las avasalladoras expectativas de un padre que pretende convertirlo en un músico de excepción. Desde que el niño tiene uso de razón, Bach padre lo somete a un intenso estudio en el que los yerros se reprenden de inmediato. A sus 10 años es merecedor de un exquisito regalo que da fe de sus avances (un libro con piezas graduadas en su dificultad), sin embargo el daño ya está hecho. Se siente torpe y falible. A eso hay que sumarle la muerte de su madre, la nueva unión de su progenitor con una madrastra que no lo quiere y la hacinada cohabitación con 10 hermanos, entre ellos un débil mental. El cocktail resulta mortífero: una autoestima minada que, además de impedirle valorar sus dotes musicales, lo torna hosco y lo hace presa del alcohol. Puestos de trabajo abandonados, al igual que a la familia recién formada, de la que huye para conducir una vida turbulenta que culmina en la indigencia. Para solventar sus últimas borracheras malbarata las partituras que hereda de su insigne padre. No sobra anotar que su medio hermano Johann Christian, músico también extraordinario, fallece a los 47 años, victima de delirium tremens…

Para acercarnos al siguiente paciente, es necesario dirigirnos a un nosocomio de San Petersburgo. En un maloliente camastro yace el moribundo que, pese a las prevenciones, logró agenciarse dos litros de vodka que deglutió como si se trataran del cáliz de la redención. En pocas horas, el envenenamiento alcohólico hará que sobrevenga el ataque cardiaco. Fueron años de atiborrar su sangre de inmundicias. Desde la mocedad se acostumbró a sortear ansiedades y ataques epilépticos con la bebida. En caída libre se aceleró su existencia con la muerte de su madre, pero tampoco lo ayudaron las enfermizas relaciones con mujeres de vida aún más disoluta que la suya. Para sus colegas era un mero autodidacto que encontró sosiego dándole voz en sus partituras a la miseria de labradores y arrieros. Antes de cerrarle los ojos, una enfermera piensa en lo difícil que resulta creer en que este despojo humano haya podido crear algo de valía. En la historia clínica se lee: Modest Mussorgsky. Tenía 42 años.

La visión postrera tiene lugar en una peluquería de la Ciudad de México. No hay más testigos que un maestro de la sinfónica y el dueño del local. Desaliñada la cabellera y excitado el talante del cliente que es saludado con respetuosa familiaridad. La forma del corte no tiene mayor importancia, basta con que la melena luzca presentable. Discurren comentarios burlones mientras el peluquero se esmera en hacer bien su trabajo. Sabe que tiene enfrente a un gran compositor que con la misma facilidad genera envidias que enardece auditorios. De hecho, otros parroquianos dicen que es el verdadero genio de la música mexicana. Es una lástima que le guste tanto el pinche trago. ¡Quién sabe cuánta música se ha volatilizado de su mente por estar pegado a la botella! ¿También se le rasura? Por supuesto. Pupilas dilatadas y frente sudorosa presagian la oscura conexión con el infinito. Una sed sideral doblega la voluntad. Con brusquedad, el maestro Revueltas arrebata el frasco de alcohol que estaba destinado para friccionarle la piel. El sorbo es largo y sostenido… ¡Salud, don Silvestre! También en nuestro propio infierno rutilan estrellas demoniacas.  l

 

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