Ingenuidad

jueves, 31 de marzo de 2011
MEXICO, D.F. (apro).- Apreciado Babieca: con sorpresa doble hemos leído tu carta a este buzón. En primera, porque nunca nos llegó ninguna convocatoria a la asamblea que motivó dicha carta, y en segunda por el candor o falta de información por ignorancia que muestra la misma al echarles en cara a los humanos del olvido en que tienen al gran papel que nosotros desempeñamos en dogma tan importante para ellos: el del Pecado Original. En verdad que hay que ser muy cándido, muy inocente o ignorante para que a estas alturas del partido no saber que el poder, sea el mismo político, religioso, militar o del dinero, rinden verdadero cultor al secreto, al hacer opaco sus pensamientos, palabras y obras, y mucho les alarma, enoja y hasta enfurece cuando los descubren. En estos días, ejemplos que confirman lo escrito los tenemos en el portal de Wikileaks, abierto por Julian Assange, que al descubrir documentos clasificados, esto es, secretos, está armando un revuelo de inquietudes, sospechas y rencores en el ámbito político y diplomático internacional, el otro es el de las denuncias múltiples de casos de violación de menores llevadas a cabo por sacerdotes en todo el mundo, y el descubrimiento de la vida delincuente del padre Marcial Maciel, ignorados, según unos, ocultados según dicen otros, por el Vaticano, que han levantado suspicacias y críticas incluso por la santificación del Papa Juan Pablo II. Estos ejemplos, que cualquiera puede comprobar acudiendo a los medios, consideramos que, en gran medida, explican el olvido e ignorancia de los humanos del gran papel, por decisivo, que jugamos en el pleito religioso en que se enzarzaron San Agustín y Pelagio; nosotros podemos estar orgullosos de nuestra intervención en el mismo, pero para no pocas personas de rígida moral no fue más que una astuta jugarreta que llevó a cabo el Santo impulsado por su celo. A eso se limita para no pocos el que San Agustín adquiriera 80 soberbio y caros caballos árabes y, en Roma, los repartiera. Recordemos de nuevo que el poder, el que se guste y mande, siempre se muestra como salvador, como defensor de lo mejor para los que presumiblemente van a salvar, justo y justificable por ello… y que siempre se molesta ante el que duda y más si critica y rebela contra él. Si se tiene en cuenta lo anterior, no debe extrañar que la Iglesia católica –que, no hay que olvidar, por siglos prohibió la lectura de la Biblia a sus seguidores, para ser más precisos, unos 500 años después de que las iglesias reformadas la pusieran a disposición de sus fiel-- pusiera a la sombra tal hecho de San Agustín, ya que el balconearlo, según su pensar, no hubiera sido más que dar armas a sus enemigos, a esos que piensan y dicen que el cristianismo no es más que un cisma, de separación, como hijo, del hebraísmo, hijo descastado, pues tuvo como una de sus principales razones de vida el perseguir implacablemente a la Sinagoga y a los fieles de la misma. Bueno será también recordar que entre los estudiosos de las religiones no faltan los que consideran a San Agustín como uno de los tantos heresiarcas que, en los primeros años del cristianismo, lucharon ferozmente por imponer sus propias ideas o las que eran de su preferencia; otros más nos recuerdan que los dogmas o artículos de fe, en su mayoría fueron determinados, modelados e impuestos por medio de negaciones y anatemas, esto es, por medio de maldiciones y condenas y hasta con la muerte de no pocos de los que se atrevieron a disentir, criticar o negar dichos dogmas. Considerando que lo expuesto hasta aquí muestra y demuestra porque no deben ser tan ingenuos o ignorantes como exhibieron en su carta, terminamos con la presente. Si alguna duda tienen sobre nuestra decisión de creerles y decirles que son ingenuos o ignorantes, les recomendamos las siguientes obras, en la lectura de las cuales encontrarán información suficiente para juzgarse por sí mismos. Aquí tienen los títulos: El cristianismo antiguo, de Charles Guignibert, de la colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica; de Paul Johnson, La historia del cristianismo --de Javier Vergara Editor--,  y Orfeo, de Salomón Reinach. En nombre de los que reunió su carta a este buzón, entre los que se encuentran, entre otros, la alada yegua Borak, Rayo de Plata, Arete y el Caballo de Troya, le desean lo mejor al único que hay que montar con los ojos vendados. CLAVILEÑO