"Las marimbas del infierno"

miércoles, 18 de mayo de 2011

MÉXICO, DF., 18 de mayo (Proceso).- El foro de la Cineteca, que prosigue en la zona metropolitana, es el lugar ideal para dar a conocer una cinta como Las marimbas del infierno (Guatemala-México-Francia, 2010), de Julio Hernández Cordón, ficción que recurre a los elementos formales del documental (entrevistas, acercamientos, largas secuencias, actores no profesionales) para exponer una realidad que camina por el filo de lo inverosímil, un trozo de continente donde tradiciones centenarias se tornan grotescas en una sociedad sometida a la violencia y al olvido de sí misma.

Don Alfonso está siendo extorsionado por La Mara y tiene que esconder a su familia para protegerla, se queda solo con su bien más preciado, la marimba que toca en un hotel, instrumento que ya nadie aprecia, obsoleto en el mundo de los juguetes electrónicos. Desempleado, don Alfonso, a través de Chiquilín, su ahijado, un rapero, exconvicto y afecto a inhalar pegamento, conoce a Blacko, decadente y fascinante leyenda del heavy metal guatemalteco, exsatánico ahora pastor de una iglesia consagrada a la ley mosaica. Juntos deciden formar una banda que fusione los sonidos de la marimba con el rock pesado; Chiquilín tramita los derechos de las “Marimbas del Infierno”.

Hernández Cordón, guatemalteco nacido (1975) en Carolina del Norte, empieza a sonar como el director latinoamericano de un país cuya cinematografía apenas se conoce. La estructura narrativa de Las marimbas del infierno se nota floja en comparación con la de Gasolina, su primer largometraje donde un trío de adolescentes vive su temporada en el infierno fuera del cerco familiar, pero el trabajo de Las marimbas… se compensa porque la apuesta es mayor. Ahora se encara la decadencia de una sociedad que no sabe cómo mantener sus tradiciones; donde la criminalidad, representada por los Maras, amenaza la posibilidad artesanal y creativa de su gente, tanto como la misma sociedad que escucha música en el hotel y desprecia el sonido de la marimba.

Un riesgo mayor que asume el director es la propuesta de una salida, representada por la fusión entre la música tradicional local y la ubicuidad del rock pesado internacional. No hay sermón ni fábula. Sería difícil negar que la marimba es todo un emblema de Guatemala, o que el heavy metal fue una música de protesta. Hernández Cordón no aborda el tema de la pérdida de usos culturales de manera sociológica, sino parabólica; pues es obvio que en la realidad lo ajeno, el rock pesado en este caso, no sustituye a la tradición sino que se mezcla con ella. Pero la ocurrencia  de don  Alfonso  representa la invitación al artesano para comenzar de nueva cuenta, de no dejarse amilanar por la mafia o por la clase media que desprecia a la marimba.

Vale la pena ver esta cinta y estudiar el potencial de este cine; si al minimalismo de Gasolina o a Las marimbas del infierno le falta el rigor dramático de Temporada de patos o de Lake Tahoe del mexicano Fernando Eimbcke, se compensa con la capacidad que tiene de mostrar elementos insólitos pero reales como los tatuajes y la cabellera de un roquero, médico que ha buscado la salvación en sectas extremas, parodia del intelectual artista del continente.

El minimalismo de De Eimbcke cubre hasta hacer reventar el conflicto entre la soledad y el grito primario del derecho de un individuo a vivir y a ser; el de Hernández exhibe su propósito, la supervivencia a toda costa, con gasolina, con farsa y con rock. Sin ser revolucionario, el sonido de estas marimbas resuena por toda Latinoamérica.