Ian Anderson, el flautista que hace bailar al ritmo de Bach

miércoles, 25 de mayo de 2011

México, D.F., 25 de mayo (apro).- El ejecutivo cuarentón luce una camisa planchada a la perfecta geometría de una tintorería y baila de pie al ritmo de una canción de Johann Sebastian Bach interpretada en jazz.

El resto del público no guarda diferencias notorias con respecto a este oficinista. Podría asegurarse que el uniforme se expande en un solo corte: traje, pelo encanecido, lentes de diseñador, zapatos estilo italiano, teléfono inteligente y una actitud ligeramente retadora que varía según el ánimo de la flauta de Ian Anderson.

El líder, creador y compositor prácticamente único de Jethro Tull se presenta en el Bleú Club, un bar donde los elementos primordiales son básicamente los de un antro europeo, algo diferente a un recinto para escuchar música de autor.

No es la primera vez que Anderson, a quien las revistas de música de los setenta consideraban el artista más innovador del rock progresivo, viene a México. Sí es única, esta vez no viene con Jethro Tull, la banda que fundó en 1968; ahora lo acompaña un cuarteto que combina percusiones asiáticas, cuerdas, piano clásico, acordeón, instrumentos de viento y sonidos barrocos.

Ian Anderson, empresario de granjas de salmones, protector de felinos y férreo opositor al glamour de rock star, sale al escenario con una pañoleta negra que cubre su calvicie, un chaleco negro y unos pantalones negros pegados a sus muslos. Interpreta, de inicio, Living in the Past.

Sufrió cáncer de garganta, su voz es ronca y a veces hasta áspera. Pero su constante innovación en la armonía le permite tocar las canciones en tonos menores, en una variante que no molesta a su público.

Se sigue con un blues del segundo álbum de Jethro Tull, “A New Day Yesterday”. Y luego con Songs from the Wood.

Jethro Tull tal vez no fue tan conocido como los Stones o los Beatles. La radio no programaba con frecuencia sus canciones de jazz con rock de 12 minutos, ni tampoco Anderson tuvo una vida sexual escandalosa al estilo Bowie. Pero sus contemporáneos siempre lo vieron como el virtuoso del rock, el “poeta loco”, aquel que podría convertir la barroca en rock y adornarla con poemas tan virtuosos como para hacer una apología a Jack Kerouac y los beats.

Y, a pesar de mantenerse a distancia de la mercadotecnia, Jethro Tull rompió marcas: 70 millones de discos vendidos y más de 2 mil 800 conciertos en los cinco continentes.

Anderson es uno de los flautistas más admirado entre los virtuosos. Es curioso, escogió este instrumento de viento por no querer ser un guitarrista más entre la bruma de apellidos encabezados por Page y seguidos por Fripp.

En el escenario, Ian Anderson es tan histriónico como en sus primeros días. Se para sobre su pierna izquierda mientras que con la derecha hace una escuadra que lo hace ver como un monumento viviente. Con pequeños brinquillos, se balancea sobre el escenario mientras sopla a su flauta.

El concierto combina viejas canciones de Jethro Tull interpretadas más bien con un estilo de jazz que roquero, con las nuevas composiciones de Ian, repletas de progresivo y art rock.

Mantiene a su público sentado con una sonrisa que parece atónita, como si el músico no hubiera perdido la capacidad de asombrar a sus seguidores. Unos pocos no se contienen y se levantan para bailar Budapest y Bouree.

El público es diferente a los que el sábado pasado asistieron al concierto de Eric Burdon y sus Animales. De entrada, en ese concierto la gente estaba de pie, coreando los himnos generacionales ingleses. Además, lo mismo se veía a jóvenes que a contemporáneos del septuagenario. Con Anderson no hay tantos matices. El público adopta la postura de que escuchará un concierto de música clásica y va vestido como si tuviera una junta realmente importante.

El escocés Ian Anderson, con orejas puntiagudas y botas intencionalmente similares a las de un duende legendario, se especializó en poemas profundos, agresores de la religión, de lo establecido, de lo fácil del éxito roquero… Un ensayo de defensa a la autenticidad. Y lo reafirma en su presentación.

Toca My God, un cuestionamiento abierto a ese Dios que nada podría significar para los espíritus libres. Recrea al lujurioso vagabundo de Aqualung, aquel que se pierde fantaseando con mujeres curvilíneas que jamás alcanzará.

Anderson además, prueba ante el público mexicano tres canciones de su nuevo álbum, después de ocho años de no sacar material nuevo. Sólo el sabe como se llama o cuando lo publicará. Pero le queda claro, según lo explica, que es un disco de jazz-rock, algo inédito después de sus últimas obras, más cargadas a lo barroco.

El clímax del concierto es Thick as a Brick, una ópera rock que compuso a principios de los setenta. Baila sobre las puntas de sus pies mientras sopla a su flauta transversal sonidos tan armoniosos como ricos en complejidad y virtuosismo.

Antes, cuando presenta la obra, se burla de que alguna vez lo catalogaron como rock progresivo, junto a los míticos Emerson Lake and Palmer y Yes. Anderson se mofa de los críticos de rock, pero mientras baila goza de esa canción que lo llevó a llenar el Madison Square Garden, marca que ningún grupo de progresivo pudo lograr en su tiempo.

Anderson casi llega a los setenta años, ha sido un músico independiente a costa de las disqueras. Así, con esa valía, llena un club tan lejano de Escocia, su tierra natal, como su presencia en la televisión comercial.

Toca en México al mismo tiempo de los 70 años de Dylan. El jamás tuvo tantos reflectores ni fue tan publicitado, ni llegó a los principales festivales masivos de rock, ni lo promocionaban en MTV, aunque puede presumir que es de los pocos invitados de honor al restringido festival de jazz de Montreaux.

Pero, contra todo vapor, el líder de Jetnhro Tull puede sacar a oficinistas trajeados de sus casas en un martes de trabajo, hacerlos llevar a sus mujeres repletas de ornamentos y lograr que unos huesos casi robotizados bailen a Bach en un jazz inédito.

Algunos críticos decían que Anderson, junto con Zappa, habían sido los músicos que el rock heredaría a la posteridad del siglo XX. Ian mismo se burla de esa solemnidad, toma con ligereza que la gente baile sus éxitos de 1972, su álbumes temáticos y se limita a presentarse en casi cualquier rincón del mundo ininterrumpidamente desde 1968, marca que lo coloca, junto con los Rolling Stones, como uno de los músicos del rock más constantes.

El guitarrista de Jethro Tull, Martín Barre, decía que la música de Anderson era la más compleja que le había tocado interpretar y que cada concierto era un reto a sus dedos. Lo evidente es que este flautista se reinventa en cada disco, en cada gira, como siguiendo su propia filosofía: "Soy muy viejo para el rock pero muy joven para morir".



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