Vicente Leñero, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua

viernes, 27 de mayo de 2011
MÉXICO, D.F. (apro).- Después de la muerte de nuestro querido Víctor Hugo Rascón Banda, quien por muchos años escribiera la columna de crítica teatral en la revista Proceso, la Academia Mexicana de la Lengua vuelve a contar con un inmejorable representante de la dramaturgia mexicana contemporánea: Vicente Leñero. No obstante su importante trayectoria en diversos terrenos de las letras como la novela, el cuento, el guión cinematográfico y el periodismo, el maestro Leñero (aunque le moleste la tendencia indiscriminada que tienen a “maestrearse” los miembros de la comunidad teatral), eligió la defensa de la dramaturgia para esgrimir su discurso de ingreso a la Academia. El vestíbulo del Palacio de Bellas Artes (ante la incapacidad de la Sala Manuel M. Ponce para recibir la gran cantidad de público, amigos y familiares que acompañaron a Leñero), fue el espacio donde Leñero reiteró su silencioso amor por el texto dramático, del que ha decidido alejarse definitivamente, como quien se aleja de la mujer a la que le ha dado y de quien ha recibido todo y por lo mismo no hay nada más qué hacer. Fue así que se asumió como miembro de número XXVIII de la Academia, con un discurso prolongado, irónico, anecdótico, pero sobretodo de un docto conocedor del tema, peroró sobre el pasado y el presente de la dramaturgia mexicana, del siglo XIX hasta nuestros días. Como lo señaló el poeta Jaime Labastida, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, evidentemente tenía que ser en un teatro --porque en su origen el Palacio de Bellas Artes fue concebido como el Teatro Nacional-- donde ingresara con todos los honores a la Academia este gran escritor mexicano. El autor de Los albañiles dividió su texto a la manera de una de las tradiciones más conocidas del teatro: en tres llamadas. En ellas destacó su análisis del ya superado conflicto entre dramaturgo y director, que tuvo su momento más álgido a mediados de los años sesenta del siglo pasado con la preeminencia del director de escena sobre el dramaturgo. Pero afortunadamente --como el propio Leñero lo señaló en su texto-- “en los años setenta y ochenta se alcanzó a percibir, débilmente, una dramaturgia nacional que pugnaba por ser tomada en cuenta como auténtico suceso artístico… Un movimiento que insta a los directores de escena no sólo a deponer su tiranía sino a convertirse en compañeros de ruta del fascinante viaje de la experimentación”. El periodista Miguel Ángel Granados Chapa, quien en una etapa de su vida profesional coincidió con el maestro Leñero en Proceso, fue el encargado de responder el discurso de ingreso. Granados Chapa recordó cómo mientras cursaba Ingeniería en la UNAM, Leñero había hecho la carrera de periodismo en la escuela Carlos Septién García: “En sus cursos de español, impartidos por el periodista y poeta sinaloense Alejandro Avilés, se afirmó la preferencia de Leñero por las letras y adquirió sus destrezas iniciales.” Iniciado en la dramaturgia en 1968, el camino de Leñero es excepcional, único tal vez en la historia de la literatura dramática y de la vida teatral. Casi toda su obra fue representada y casi toda ella se imprimió antes o después de su puesta en escena y cobró permanencia. Pero aun más singular es la relación de Leñero con sus obras dramáticas, el modo en que historia su producción dramatúrgica y escénica. Dos volúmenes titulados Vivir del teatro I y II refieren puntualmente la génesis de las piezas del autor, las vicisitudes propiamente teatrales de producción que acompañaron a cada una de ellas, y el entorno político y social en que muchas obras quedaron atrapadas y el modo en que pudieron emerger”, agregó Granados Chapa. Larga vida a Vicente Leñero.