U2 en el Azteca... hace cinco años

miércoles, 4 de mayo de 2011

MÉXICO, DF., 19 de febrero (Proceso).- Tras nueve años de ausencia, el grupo irlandés de rock U2 volvió al país para tres conciertos, uno en Monterrey y dos en la Ciudad de México. En este reporte sobre el día 15, despunta un acuerdo de todo el mundo sobre el éxito anunciado de un concierto al que se accede por la música, por el mito o por la mercadotecnia. ¿Cuál prefiere?

Retorna U2. Un fuego inolvidable arde rojo y naranja el ocaso del miércoles 15 de febrero, atrayendo la lloviznita que golpetea mi parabrisas mientras acelero rumbo al estadio Azteca.
Mi copilota comenta divertida a mi oreja, papas en la boca como transformada en locutora de estación radiofónica Rock 101:
—¡Llegó la hora, amigos! ¡Esta noche se acabó el veto, mil gracias por su medio millón de firmas solicitando que OCESA trajera a nuestra banda de rock favorita, Iú-tuuu! Por tercera ocasión veremos a Bono tras nueve años de ausencia en foros mexicanos, todo por la bronquiza que armaron guaruras al servicio de los vástagos del presidente Zedillo contra el equipo de seguridad del cuarteto irlandés. Me llamo Audrey Schmilcker, y a comerciales...
Imagino abrirse la puerta ocho del Coloso de Santa Úrsula (“tipo siete de la noche, pero sólo estamos dando un gafete por medio, uno a tu nombre y si vas por Proceso”, me había sentenciado por teléfono Marcos Barrera, que acredita prensa en OCESA). Chale y depre, brusco frenón a 100 metros de Xoco y Río Churubusco: el semáforo se ha descompuesto. Mi cop se burla:
—La muy noble y leal Ciudad de México nos da así nuestra bienvenida desde Europa. Ay, ay, ay... ¡Y pensar que en enero tuvimos enfrente a Bono en Copenhague y vimos cuando el primer ministro de Dinamarca le obsequió un cheque de miles de coronas para su fundación DATA en apoyo a África...!
Me lamento con Aud. Fue error mío no comprar vía internet el lunes una entrada a 200 varos. O las dos. Y OCESA a la goma. Chafié, lo acepto:
—Sí, a la semana ya estaban los musulmanes quemando embajadas danesas, boicoteando leche y otros productos por las caricaturas del profeta Mahoma en el Jyllands Posten de Jutlandia, pero el gobierno de Anders Fogh Rasmussen necio, no reculaba, no se disculpaba en la era del perdón. Bono se hizo pato. El otro día un diario lo equiparó a la Madre Teresa, pero del rock. No se vale...
Los claxonazos duran una eternidad y media. Volanteo cafre y traspasamos a vuelta de rueda Río Churubusco, agarramos calzada de Tlalpan en lenta circulación de clásico domingo Chivas-América, optamos por el tren ligero de Ciudad Jardín.
—Echémosle la culpa a Bono —me consuela.
Siete estaciones a la parada Memín Cañedín en un vagón repleto de obreros y burócratas desencarrilan el metro de nuestros recuerdos, ese que evacúa en el Foro Sol o al Palacio de los Rebotes un fiel atascadero de fans y florecitas roqueras, punks y greñudos locochones para observar a sus ídolos del nuevo cancionero Picot: Sting, Moby y Madonna, champú de lejitos.
“Compro boleto que le sobre... Camisetas de U2 a 90 pesus, pa’ que no las pague a 200... Llévese el DVD del concierto... Tortas chiras de a 10, a 10 las tortugas...”
La Montada cuida en bonche rumbo a los torniquetes principales de Henry Moore, pero no capito: ¿a qué, a quién? Según OCESA, será un miércoles blanco vigilado por más de 8 mil elementos policiacos. Si son las nueve habrán concluido su función los abridores The Secret Machines, abran paso a la taquería de Don Julio donde hallo al Revendedor estrella contando alegre biyullo, frunce el entrecejo y ya vas, cáete ca: 2 mil fierros por un tiquete de cancha. Mi copilota se encabrona:
—No me late la reventa, ca. Es más, no me late Bono ni U2, andiamo.
—Oiga, señorita, Ticketmaster no va a liberar boletos para el toquín de mañana jueves...
—Me vale, nos vemos tempranito. Te dejo este walk-man con un cd que preparé para tu crónica.
Aprieto su mano y suerte, choco con el manubrio de un bicitransporte.
—¿Cuánto me cobras a la puerta ocho?
—30 a la ocho, gallo. 200 al Zócalo, por piocha.
Subimos la cuesta, ensayo balbuceos sin efecto, que yo hablaré con el mero mero de OCESA, que otro gafete mañana. Nada. Ella me pone los audífonos. Fría, pregunta cuándo escuché a U2 por primera vez y exagero:
—Fue en el dépar de Rockdrigo, marzo de 1984. Las mentes más lúcidas del movimiento de rock rupestre nos juntamos a oír el álbum War, yo llevé el Rolling Stone que catalogaba a U2 como el conjunto del año y padre, a Rockdrigo le gustó la voz de Bono, también la guitarra metralleta de The Edge, dijo, pero como que se aburrió.
—Por fin, ¿le latió o no el comal disc?
—Dijo que para punks eran más originales los Kinks y que extrañaba las armonías de Moody Blues. Quitó el LP del fonógrafo, prendió un chubi, desenfundó la lira...
Al grito de “¡Puerta ocho, gallo!”, el bicicletero me deposita. La susodicha Audrey Schmilker no se mueve, me besa en la mejilla y quiere ir de vuelta a calzada de Tlalpan. Acaricia mis canas con resignación:
—Echémosle la culpa a Bono, pues total, qué me importa si prefirió Cancún para la entrevista con el director de Rolling Stone y no se atrevió a darse un rol por Chilangolandia. Le faltaron bolas, al menos me habría reclamado que hace nueve años le robé de su suite el rollo con las fotos de U2 en Teotihuacán, remember oh my love, salieron en una revista. Chau. Lo debiste entrevistar en Copenhague.
—¿Milenio? ¡No mientas! Tú, ¿una grupie veinteañera...?
—Claro que no, teto, te lo dejo de tarea. ¿Más trivia? Adivina adivinador, un boleto en palco VIP a que no me explicas eso del veto zedilleus. ¿No has pensado que acaso fue una venganza contra Salinas de Gortari? Concéntrate. El hermano incómodo retacó Conasupo con leche irlandesa de segunda, se hizo millonario el día de San Patricio y don Carlos buscó refugió en Cuba yendo a parar a Dublín. A que tampoco sabes de dónde proviene el nombre de U2. Si en concierto ves agitarse los colores de una bandera cubana, escucha lo que te grabé y vete a dormir. ¿Estamos?
Recojo mi gafete café en una carpa. De reojo, en la lista hay medios con reportero y fotógrafo. Un chavo, chamarra amarilla de OCESA, me conduce a la rampa de acceso ante la advertencia desplegada en roca volcánica:
AVISO. Se hace de su conocimiento que el presente evento será grabado. Al presenciar éste, el público en general otorga su total consentimiento a los productores, signatarios y portadores de licencias el irrevocable derecho a fotografiar, grabar, reproducir, simular cualquier voz del público en general...
Pepe Zepeda, jefazo de OCESA Prensa asciende con Mauricio Hammer, director de Círculo Mix-Up, quien apunta dos razones para entender los llenos de U2: una, el conjunto es “muy importante”; otra, por “el castigo de nueve años”.
“Una tercera la constituye esa enorme maquinaria publicitaria que ha cubierto a diferentes públicos que jamás habían manifestado interés por este tipo de música, pero, evidentemente, están arrastrados por el fenómeno mediático. En lo personal, no tengo grandes expectativas para este concierto, ya se vio cómo los recibieron en el de Fundidora de Monterrey.”
Entramos a la zona de reporteros, parte alta del estadio Azteca que luce el logo de Coca-Cola y un letrerito: “Estadio seguro, estadio amable”. En el campo hay lleno total excepto atrás de la portería sur con su franja desierta; el área de prensa y medios, arriba a mi derecha, detecta butacas vacías, codo a codo con la platea de fans (“visualización restringida”) que a última hora alcanzaron asiento por internet. Abajo nos queda el escenario con 80 bocinas; dentro, las edecanes reparten gratis volovanes, plátanos, la chispa de la vida. Listado de precios: vaso de cerveza (Corona), 25 pesos; cigarros, 35.
Saludo a Vicente Gutiérrez de El Economista, quien también considera que U2 en México es un simple fenómeno de mercadotecnia:
“Sobre todo por aquel famosísimo mito del presidente Zedillo de que Bono no quería regresar y todo ese escandalito que se dio, porque más allá de la música, el concierto que vamos a presenciar hoy en nada cambiará el buen rock, será un reencuentro con los fans de U2 y la nostalgia. Si te das un ojito, verás que la gente tiene más de 30 años de edad, los chavitos no vienen a ver a U2, es clase media para arriba. U2 cobra más de un melón de dólares por actuación. Para un buen recital hay que aguantar a los Rolling Stones.”
Estalla el alarido, se apagan las luces, emerge el cuarteto rojinegro de los vestidores. Son las 21 horas con 26 minutos. ¿Todos listos? ¡Arrancan!

En el nombre de U2

“Mé-xi-co, Mé-xi-co” corea el silbatazo inicial y los celtas ejercen su dominio por arte de magia de su capitán Bono coqueteando los lentes oscuros y gambeteando el micrófono en abierto compás, para festejo del respetable a rabioso ritmo de City of Blinding Lights.
Suyo el escenario caracolero, flamígero, los músicos van respaldados por una pantalla doble de 12 mil esferas reproductoras de imágenes digitales captadas en el asfalto nocturnal de Tokio. Firma la percusión intro al Vértigo un serio Larry Mullen y cuatro cámaras vuelan su enfoque hacia los protagonistas por otras cuatro pantallas laterales, un par al bataca y The Edge, las restantes al bajista Adam Clayton y, claro, al superfigurón Bono, como usted los vio en DVD (Island/Universal), al sonoro rugir del “Uno, dos, tres... ¡14!”.
La Imelda Marcos de gafas ahumadas levita sobre la pasarela del ala izquierda semejante a una tenaza escorpionera, la porra oro extiende su abrazo con arengas (“oh”, “ah”, “uh”) y Bono habilita adelante a un veloz The Edge que, en la pinza contraria, pisotea invisibles ciempiés de puro gusto: tómala y dámela, para juntos penetrar sus respectivos círculos marcados como blanco de paracaidistas Vértigo y anotar en castellano “¡Qué bueno estar en México!”.
Adam recorre en dulce paseo Elevation, que no cese el refrán it’s all right, it’s all right y venga la orden sexy del mariscal Bono a los guardianes amarillos: ¡suban a escena esa niña de T-shirt negruzca con la efigie jipi de paz y amor! Arrumacos, danza y, de nuez, la ungida torna a dorada primera fila. Bono se sienta en la escalinata e interpreta el popurrí An Cat Duhn/Into the Heart, gatea teatros de sombra en su propio y lanza mole el índice de La Creación de Miguel Ángel despertando a los mortales con el verbo (“Gracias, amigous de México... ¡Este es el país del futuro!”). Es el esteta de It’s a Beautiful Day que improvisa “México City... Acapulco Bay... Beautiful, beautiful” y la banda lo laurea a palmadas, ¿no sigue siendo el rey? “Yú tú, yú tú”, cantemos Cielito lindo con él, aclamémoslo si se sale del guión por andar en la nube número nueve del firmamento John Lennon, ¡es Bono y entona Bosques noruegos, de Los Beatles! Meritoria feria de goles para una partida amistosa, cuya primera mitad nadie desea esfume sus encantos lúdicos de punch y beat. Vuelvo la cara a mi alrededor y descubro a mis colegas extasiados.
En eso, una madre rubia se acerca a mi gafete. De la mano de su hija, que por un instante confundo con Mi copilota. Su llanto me distrae:
“Quiero transmitirle que estamos con Bono, su mensaje de amor es tan positivo para la humanidad, sobre todo cuando cantó Miss Sarajevo, la que grabó con Pavarotti para los niños de Bosnia. ¿Trabaja usted en OCESA? Yo soy Pita, asesor de seguros, y traje a mi Michelle, tiene 24 años y estudia mercadotecnia en el Tec de Monterrey, porque, ¿sabe? los grupos actuales tocan una música tan vacía...”
Le pregunto a la chica si le gusta U2 y acierta tres palabras: “Son-buena-vibra”. El show debe continuar, pero se va por un sendero más profundo. Los seis artículos de la Declaración de los Derechos Humanos surgen en línea desde la pantallota con el rezo global In the Name of Love, un rolón que me obliga a refugiarme en el walk-man:
“A estas alturas del partido habrás abierto seguramente las dos páginas del programa oficial Vértigo U2 y ya te cayó el 20 del por qué echémosle la culpa a Bono es un chiste negro de tu cop. Cofundó DATA en apoyo a África. Nos pide lo posible y que unidos a Greenpeace salvemos la naturaleza. Que empleemos nuestra libertad en pro de la lucha de Amnistía Internacional. Que protestemos contra el régimen autoritario de Burma y liberemos a Leonard Peltier, ciudadano indígena de las Naciones Dakota/Lakota y Anishinabe, encarcelado 29 años por el FBI.
“Pues bien, master, a este concierto le falta lo mejor y es la melodía One, el mismo rollo Imagina de John Lennon por aquello de: ‘Y el mundo será uno’. La unidad divina que George Harrison (¡Hare Krishna!) prodigó en el Concierto para Bangla Desh 1971 no fue en vano. Ve y verás.”
Una bandera de Cuba iluminada cae, gigantesca, acompañando de luz todas las de América Latina, con la de México al centro de la pantalla en movimiento. Oigo Where The Streets Have No Names y al Bono castizo (“No más Nicaragua... No más Chiapas... No más Cuba...”). Vuelvo a la grabación femenina de Aud rayando a emulación de López Dóriga:
“El 6 de mayo de 1960, un avión gringo fue derribado en misión de espionaje por la Unión Soviética; su piloto, Gary Powers, fue capturado y a la larga esto provocó un escándalo internacional conocido como ‘el incidente U2’. Cuatro días más tarde, nace en Dublín Paul Hewson, alias Bonovox de O’Conell Street, o sea Bono, para los cuates, signo Tauro, como yo, tu copilota. ¿Ya llegaste a la parte del concierto cuando cabalga en estampida un toro sacudiendo la arena en una plaza y luego dos hermosos ejemplares enlazan los cuernos? ¿No es un bramido contra las corridas? Ponte chango que estudié bien Unforgettable Fire, la dizque biografía autorizada de U2 que me prestaste en 1997, cuando la gira Pop-Mart, escrita por Eamon Dunphy.
“¿Me sigues? Perdón si me perdí. Hablaba del origen del nombre U2, ya que a los aviones norteamericanos de espionaje se les conoció así a partir de 1962 con la crisis de los misiles en Cuba, cuando era presidente John F. Kennedy, de sangre irlandesa. Punto y una aclaración acerca de The Edge, El límite: su nombre es Dave Evans y nació en Londres un año antes, el 8 de agosto de 1961, por lo tanto es Leo. Como Fidel Castro. ¿Te suena?”
Larry y Bono tamborean en la tenaza cercana Misterious Ways, colmado de los veloces riffs platinados y armónica en tercera de The Edge, camino a la gloria Sunday Bloody Sunday. El gritón se quita los espejuelos y sus ojos se envuelven por una pañoleta blanquísima con la palabra Coexist y las correspondencias semánticas religiosas: de la “c”, al estilo lunar de Turquía; una “x” punteada como Estrella de David, y la “x” del Cristo crucificado. Ha sonado la hora cero con One love, one life..., la unión primigenia, el gol universal. Mi cop, como el Sup, somos todos, es omnisciente y tiene cualquier rostro, habita en cada pecho. El estadio se apaga destellando linternas de celulares y encendedores. Pléyade Azteca, me pongo de pie. Bono revira:
“Dicen que no puedes cambiar al mundo y es verdad, sí. Tú no puedes. Yo tampoco y ellos tampoco. Pero si actuáramos todos, como uno solo...”
Bullet The Blue Sky y basta por hoy, no quiero al Bono bailarín con quepí fascista que sucede a los encores del tiempo extra. Son las 23 horas y 24 minutos cuando termina el concierto, no el sueño. Repica el himno en mi cabeza: “Un amor, una vida, un corazón...”, y mi fantasía se quiebra a la realidad. Es el revendedor estrella hasta las chanclas que amenaza por el celu:
—No vayas a echarnos caca en tu pasquín o te pelas, ca...
—Nel, vale, ¿cómo cree?
—Pos ai’ tú sabes, andamos sobre.
Clic. Suspiro. Noche blanca de miércoles, las ambulancias se aburrieron. El doctor Daniel Maldonado, de Cuidados Médicos Integrales, lo confirma. Y sugiere:
“No sabemos qué tiene la cerveza porque, caray, uno se toma una chelita en su casita y sabe retesabroso, pero en el Azteca, ora sí que se toman una de esas coronitas que venden y quién sea qué sea, les altera todo el metabolismo y se ponen muy raros, igual en el fut. Será la emoción.”

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