La biblioteca de Monsi y su destino: cuestión de avalúo

miércoles, 22 de junio de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Entre libros, periódicos, revistas y documentos la cifra oscila. Se había hablado de 21 mil, 22 mil o 24 mil, pero hoy Beatriz Sánchez Monsiváis define: “Son más, unos 27 mil”. A un año del fallecimiento de Carlos Monsiváis, su prima –frente a varios homenajes que se organizan por estos días, luego de versiones de que la biblioteca del escritor sería adquirida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta)– precisa: “Nosotros deseamos que tenga una función pública.” Y califica el proyecto Bibliotecas Mexicanas del Siglo XX de esa institución, que recientemente adquirió los acervos de los escritores Antonio Castro Leal y José Luis Martínez, de “muy bueno”. Es la misma idea de Elena Poniatowska, entrañable colega de Carlos: “Monsi desearía que fuera una biblioteca pública. Todo lo hizo siempre por la gente, no para los elegidos, primero los de su rumbo, la gente del sur, y de la gente de escasos recursos.” Su amiga Marta Lamas, la investigadora, la feminista, la escritora y periodista aporta su deseo: “Carlos tiene maravillas pero todo está desquiciado por los gatos. Carlos los dejaba hacer y andar por todos lados. Medio los regañaba, pero sin mucha convicción, y se moría de la risa. Los gatos andaban entre esas joyas, pero a él le gustaba que lo manejaran, era como su esclavo. Lo más importante es que la biblioteca no se desbalague, que siga siendo una unidad. Como la de José Luis Martínez que compró el Conaculta.” Por su parte, otro amigo del incansable Monsiváis, el caricaturista Rafael Barajas El Fisgón, señala que cuando el Conaculta le preguntó hace tres meses su opinión, él habló de la necesidad del rescate de los acervos mexicanos: “Porque un problema que tenemos en México es que nuestros archivos acaban en Estados Unidos. A mí me gusta mucho que se rescaten esas cosas. Yo creo que en la biblioteca de Carlos hay textos enteros inéditos para libros enteros.” Todavía sin acuerdo Fue público el ofrecimiento de la titular del Conaculta, Consuelo Sáizar, de adquirir la biblioteca que Carlos Monsiváis tenía en su casa de San Simón 62, colonia Portales, desde el fallecimiento de éste, el 19 de junio de 2010, a los 72 años. El acuerdo entre su familia y la Dirección de Bibliotecas, que encabeza Fernando Álvarez del Castillo en el Conaculta, podrá cerrarse si llegan a un entendimiento en torno a los avalúos que cada quien quedó de realizar. Por parte de la familia, dice Beatriz Sánchez Monsiváis, lo encargará a una institución privada. Informa que hay unanimidad para comprar la biblioteca y que ella por su parte hizo un levantamiento, “pero no hay un acuerdo todavía”. El Conaculta hizo otro. Falta el privado. Es cuando dice: “Nosotros deseamos que tenga una función pública.” El Gobierno del Distrito Federal, que financia el Museo del Estanquillo, que expone las colecciones de objetos y de arte adquiridos por Monsiváis a lo largo de su vida, no habría podido adaptarse como biblioteca por el alto costo que ello implicaría. “Había que remodelar... en fin, no es sencillo”, lamenta Beatriz. Y algo dice sobre el acervo bibliográfico: “Son más, unos 27 mil. Primeras ediciones, mucho de los siglos XVII, XVIII y XIX. Libros con dedicatorias, un libro hecho a mano con letras manuscritas. Autores que no son fáciles de conseguir. La colección de José Joaquín Arriaga, La ciencia recreativa. Bellos libros del Centenario de la Independencia. Un libro de Bernardo Reyes, otro que perteneció a Porfirio Díaz… un poquito de todo, una riqueza impresionante.” Pero más allá de la tarea titánica de arreglar ese universo, la cimbra el recuerdo: “Para mí es terrible porque por un lado la biblioteca te fascina, pero por el otro ves a Carlos, porque la biblioteca es él, son sus gustos, sus aficiones. Hay de todos los temas: arte, religión, cine; desde luego literatura, sociología, música. Y todo eso entre gatos (que a mí no me encantan). Esperamos que la adquisición se concrete lo más pronto posible, pero no ha sido fácil el levantamiento, sobre todo por los gatos. Además no había un orden. Todo eso se perdió entre la enfermedad de Carlos y su muerte.” Fotos, cartas... y gatos Elena Poniatowska conversa desde su teléfono sobre lo primero que se le viene a la mente cuando se le pregunta acerca de la importancia de la biblioteca: “Yo tenía un grabado de Eisenstein que le enseñé y una foto hecha por Daisy Ascher y muchos dibujos de Soriano, y él me decía que para qué me los quedaba si yo no sabía cuidar las cosas; decía que se iban a perder, que todo lo regalaba yo, y él se las quedó. Tenía muchas pinturas que Toledo le había regalado, rescató muchos grabados del Taller de la Gráfica Popular, fue un gran coleccionista de Leopoldo Méndez y de Posada, fotografías de Nacho López, a quien admiró mucho, de Héctor García, de Álvarez Bravo… Y la gente le daba muchas cosas; bueno, él les hacía manita de puerco para que se las regalaran.” Dice que el acervo conserva muchas primeras ediciones. Y vuelve a Soriano: “También están las cartas que Juan Soriano me enviaba. Carlos las enmarcó. A mí me hubiera gustado tener esa capacidad de coleccionar que él tenía, porque Monsi era un hombre múltiple: era un escritor, un periodista, tenía una vida clandestina, noches de juerga, vida diurna de mucho trabajo, él tenía como siete vidas. “Cuando murió yo recogí chiquitos a dos gatitos callejeros, perdidos, que se hubieran muerto seguramente, a quienes les puse Monsi y Váis. El primero está vestido de smoking, es seguro, atrevido, y la gatita gris y dorada es flaquita y temerosa, como la contraparte de Monsi. Tan seguro de sí era Monsi que no pensaba que se podía ir, no le hacía caso a la enfermedad. Todo el día le hablo a los gatos. Es una presencia constante de Monsiváis.” “El fayuquero máximo” La apreciación de Marta Lamas, colaboradora de Proceso, es invaluable porque estuvo muy ligada al escritor en los últimos años: “Carlos era capaz de hacer viajes sólo para conseguir un libro, incluso a Estados Unidos. Él mismo decía que era ‘el fayuquero máximo’. Se traía muchos libros y DVD, lo último en temas. Y se metía mucho a las librerías de viejo. Cada libro lo llevaba a otro, una verdadera arqueología, impresionante. Yo conocía de su biblioteca la parte relativa al feminismo, que era más grande que la mía. De feminismo y de diversidad sexual.” * * * Pocos conocían la biblioteca de Monsiváis como El Fisgón, pues ha curado múltiples exposiciones para El Estanquillo con sus colecciones. Así empieza: “Era una biblioteca a la vez de batalla y de bibliófilo, una cosa rara. Por ejemplo, había colecciones de literatura enteras, de sociología, pero también joyas bibliográficas. Mucho del siglo XIX. Bastantes libros ilustrados. Del siglo XX, ejemplares de Los Contemporáneos (primeras ediciones). Recuerdo un libro del Dr. Átl de los volcanes, hecho en esténciles en París. Tenía un libro original de grabados de Federico Cantú, maravilloso. Había cosas únicas. Es la única gente que tiene uno de los números de la revista estridentista Irradiador que no había en los que tenía Jean Charlot en Hawai. En libros de arte, lo que hizo con Toledo para Nuevo catecismo para indios remisos. Un Apocalipsis de San Juan ilustrado por Tamayo. El libro de los viajeros de Bullock.” Y pasa a definir la memoria del escritor en relación a la literatura: “Carlos tenía una memoria asombrosa. Un día me recitó un poema de Guillermo Prieto. Le pregunté que de dónde lo había sacado y me dijo que del Romancero, pero no encontró el libro. Era un poema largo. Como me gustó, yo lo quería y anduve mucho tiempo buscándolo. Y a los tres años me encuentro el Romancero y ahí estaba. Era impresionante. Otra anécdota: Vino Pablo Neruda a México, Carlos lo conoció. Y resulta que se sabía más poemas que él y con mayor precisión.” Rafael Barajas salta entonces a la trascendencia del acervo de San Simón, calle que él mismo pidió se llamara Sansimonsi en el homenaje luctuoso que le realizó el gobierno capitalino hace un año en el Teatro de la Ciudad: “Estoy seguro de que cuando se revise bien la biblioteca van a aparecer por ahí muchos textos inéditos. Porque un problema que tenemos en México es que nuestros archivos acaban en Estados Unidos. A mí me gusta mucho que se rescaten esas cosas. Yo creo que en la biblioteca de Carlos hay textos enteros inéditos para libros enteros. Y si Carlos hubiera vivido 20 años más habría escrito 20 libros más. Lo mismo hay que hacer con Pitol, con Pacheco… Son nuestra memoria colectiva.”

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