"¡Soldadera"!

viernes, 24 de junio de 2011
Una mujer indígena, sin mucho conocimiento de causa, habita el tren que recorre la Revolución desde sus inicios hasta la alfabetización emprendida por mujeres como Juana Belén y Dolores Jiménez y Muro. Miguel Sabido nombra aquel tren Leyes de Indias en su espectáculo ¡Soldadera!, protagonizado por Martha Zavaleta, el cual se presenta hasta la primera semana de julio en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM. La soldadera de Miguel Sabido, así, es una mujer sin nombre que vive en el tren de la Revolución durante tres décadas. Viaja colgada o en los vagones de atrás donde, casi como un bulto, es ultrajada, igual que muchas otras de sus compañeras. Forma parte de las tropas villistas y posteriormente de las zapatistas y participa en los enfrentamientos, éxitos y derrotas de los revolucionarios. A pesar de tener la opción de convertirse en soldado y anhelar ser teniente o coronela, ella se mantiene como soldadera aunque ya no tenga hombre que atender. En un pasaje, por ejemplo, nos cuenta detalladamente las categorías a las que las mujeres podían acceder y cuáles eran sus obligaciones. Por medio de la experiencia de esta mujer conocemos a otras mujeres que la acompañan, cada una con diferente carácter y sentimientos que contrastan o coinciden para mostrar un amplio abanico femenino: desde las indígenas y las mujeres de hacendados, hasta las intelectuales. Miguel Sabido comenta que ¡Soldadera! recoge historias de su familia: “Mi padre habló español hasta los 13 años y muchos de mis primos nunca lo aprendieron. Mi familia materna en cambio fue aristócrata, dueña de una hacienda enorme. Con ambas visiones se formó mi educación.” ¡Soldadera! es una obra llena de anécdotas en las que, precisamente, saltan a la vista estas dos visiones, estas dos formas de vivir la Revolución. Una de las historias más significativas es precisamente la de la hacienda donde trabajó esta mujer y que posteriormente fue destruida por los villistas. Conocemos primeramente la tienda de raya de la hacienda, la muerte de su hermanita, el abuso del patrón, los lujos de la patrona. Y en la segunda parte sucede el incendio: las tropas entran y matan a todos los que han quedado; ella misma se encarga de dispararle a “la señora” y llevarse el sombrero rojo que tanto admiraba de joven. A pesar de que el texto es rico en historias, en lenguaje y en personajes, la puesta en escena es pobre y añeja. Pobre no por falta de escenografía, sino por la forma en que se usa el espacio y los recursos escénicos. Miguel Sabido apuesta porque su protagonista hable con la iconografía montada en carritos: los interlocutores son fotos pintadas, retocadas o con algún elemento más, como un collage. Acierta en el hecho de que la soldadera no le habla al éter o a la historia; Sabido dramaturgo establece siempre un diálogo entre ella y el otro: le cuenta a Eduviges, a Sabina, a alguna amiga o al mismo espectador; pero Sabido director esquematiza la propuesta haciendo que le hable a fotos, que se dirija al tren pintado y que se escuche en off su voz o la de otros personajes. Martha Zavaleta trata de vivir las historias que cuenta, de las que entra y sale, pero en su intento se percibe un gran esfuerzo, un empujar al personaje hacia los sentimientos, un tratar de provocar coraje o tristeza; vida o desesperación. No logramos contactar emotivamente con el personaje, aunque al salir de la función nos sentimos más cerca de aquella mujer que no se quedó en su casa lamentándose sino que se subió a un tren, tomó las armas, pasó hambre y formó parte del movimiento de la Revolución mexicana. Miguel Sabido en sus obras históricas y su fundamental participación en el teatro de los sesenta a la fecha, logra su objetivo de dotar al hecho escénico de un carácter social y proporcionar elementos para que el espectador sepa siempre un poco más de la realidad que le rodea. Esperemos que éste no sea su último trabajo –según anunció– porque todavía le queda mucho que decir.