Las fibras en el arte contemporáneo

lunes, 27 de junio de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Más que por las obras seleccionadas, la presencia de la VI Bienal Internacional de Arte Textil Contemporáneo en México es interesante, porque recuerda el potencial que han tenido y tienen las fibras en la creación tridimensional. Concebida por la organización privada con sede en Miami, E.U., World Textile Art (WTA, www.wta-online.org), la bienal es un proyecto nómada que se realiza desde el año 2000 en Estados Unidos y Latinoamérica. Perteneciente al rubro de las exposiciones periódicas que solicitan un pago para recibir las obras –lo cual no significa que sean seleccionadas–, el evento se define en cada país con base en un tema particular. Dedicada al “aire” y ubicada en las ciudades de México, Oaxaca y Veracruz, la edición actual integra piezas en gran formato, textil miniatura, arte objeto, reciclado, trabajo colectivo e interpretaciones en video. Carente de premios económicos, el reconocimiento consiste en la selección, el otorgamiento de una medalla de plata para los ganadores y la asignación de un catálogo para cada participante. En la ciudad capital el evento se presenta en el Museo Diego Rivera Anahuacalli con dos exposiciones de concurso y una de invitados. Definidas desde la convocatoria como obras colgantes, las obras de gran formato reproducen una de las poéticas más atractivas y de moda en el mainstream. Realizadas no sólo con textiles sino a partir de papel, objetos de plástico y desechos orgánicos como tripas de cerdo, las propuestas evidencian la carencia de un sustento conceptual por parte del WTA. Centrada más en la manipulación de los materiales que en soluciones tridimensionales, la selección se percibe muy débil en relación con la atrevida escultura que actualmente se realiza con fibras. Expandida entre indumentarias, bordados, tejidos, filamentos y materiales que se transfiguran en volúmenes, las fibras sobresalen en el arte contemporáneo con autores, entre otros, como Ernesto Neto, Yinka Shonibare, Alexandra Bircken, Karla Black, Ghada Amer y Oliver Herring, quienes no basan su propuesta en la belleza del material sino en la fortaleza de la idea. Seleccionada por la artista textil Georgina Toussaint –quien también coordinó toda la organización en el D.F.–, la sección de artistas invitados, aun cuando dispareja –la obra de Tobón es muy mediocre y Javier Marín no tiene una trayectoria en arte textil–, es más interesante. Integrada por artistas pioneros como Joseph Grau Garriga –quien realizó un mural textil para el Museo Rufino Tamayo en 1981–; maduros como Xawery Wolski, Alberto Valenzuela, Mahia Biblos; y jóvenes como Héctor Zamora y Cristina Colichon, la pequeña muestra evidencia un gran error del jurado: la selección de la mexicana Alejandra Zermeño, quien presentó una pieza con demasiadas influencias de Zamora. Enriquecida con varias muestras paralelas, entre las cuales sobresale el conjunto del Museo Franz Mayer por la presencia de Androna Linartas y Paula Santiago, la Bienal demuestra la necesidad de hacer una revisión del dinámico arte en fibras que se realizó en México entre los años setenta y ochenta del siglo pasado.

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