USA y México, variaciones burlescas

domingo, 10 de julio de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- A finales de 1843 el violinista belga Henri Vieuxtemps (1820-1881) inició su primera gira por la Unión Americana y lo que descubrió a su paso fue un páramo cultural sin borde alguno. Públicos pedestres incapaces de apreciar las obras maestras de la música y jacalones mal acondicionados como teatros eran la norma, aunque destacábase, eso sí, una inusual aptitud de los lugareños para hacer negocios. En el empresario norteamericano Vieuxtemps vislumbró una suerte de prostituta virginal que sólo les abría las piernas a aquellos clientes sobre los que estuviera segura de crearles adicción para, al cabo de calculadas yardas de colchones, despojarlos de todo. Lo relevante del caso es que en su desesperación, el virtuoso encontró una tonada con la que logró entusiasmar a los inertes melómanos. Tratábase de la canción patriótica Yankee Doodle, a la que le compuso una serie de variaciones;([1]) gracias a ella sus conciertos dejaron de causar extrañeza y se pavimentó la senda de la aculturación musical del gigante del norte. Anotó con tino el violinista: “Tuve que popularizarme y, para bien o para mal, le abrí el camino a los demás.” Ciertamente en el paisaje sonoro estadonidense de entonces lo habitual era el fiddle del emigrante irlandés junto al banjo del esclavo africano, por lo que la presencia del europeo destapó conciencias, matizando la escualidez estética imperante, amén de sentar fundamento para lo que habría de gestarse. Sobrevolemos el asunto para traer a cuento el origen de la canción, ya que en él se manifiesta la ignorancia que emanan nuestros vecinos. La tonadita se remonta al siglo XV cuando se cantaba en Holanda para mofarse del británico. Sin perder su tono de befa fue adoptada dos centurias más adelante por los mismos ingleses en contra de los puritanos comandados por Cromwell, transformándose de Yanker dudel, en holandés antiguo, a Yankee doodle pero sin alterar su significado, es decir, inglés imbécil. Poco después, tropas británicas la emplearon para ridiculizar a los colonos americanos que buscaban su independencia y, he aquí la bella paradoja, éstos se la apropiaron, entonándola como himno libertario. Concluida la guerra se convirtió en emblema de los flamantes federados. ¿Puede bastarnos lo expuesto para señalar la imbecilidad que ellos mismos subrayan cada vez que cantan su “patriótica” melodía? ¿Debemos ahondar en la argumentación para que no se nos tilde de antiyanquis? ...Anticipándonos a la respuesta conviene que regresemos al momento en que Vieuxtemps recibe en New Orleans una medalla de oro con la inscripción: In honour of the first violin of the epoch. Corría el mes de marzo de 1844 y en este punto de la historia, recordémoslo, estaban frescas la compra a Francia de Louisiana por la risible suma de 11 millones de dólares y la cesión de Florida por parte de España merced a un tratado leonino. Faltaban tres años para que iniciara el despojo de la franja territorial que hoy comprende los estados de Arizona, California, New Mexico, Nevada y Utah, con porciones de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, ya sabemos de dónde, y no está por demás mencionar que la anexión de Texas fue resultado de una aviesa estratagema surgida después de que el gobierno mexicano rechazó la oferta inicial de compra por un millón de dólares. Nos falta agregarle la artera transacción con los rusos por Alaska para redondear el mapa de la soberbia yanqui, pecado capital en el que se yerguen como campeones. Lo concerniente a Hawai podemos soslayarlo. Bien lo escribieron los indios delaware rememorando la bicoca que recibieron por la isla de Manhatan:([2]) El gran hombre blanco quería sólo una tierra pequeña para sembrar verduras. Debimos advertir entonces su espíritu fraudulento. Y mejor aún replicó el piel roja Noah Seattle: El gran jefe de Washington envió palabras acerca de su deseo por comprar nuestra tierra. Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del rumor de las aguas, ¿cómo pueden ustedes comprarlos? Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia. Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Nosotros consideramos su oferta, pues sabemos que de no hacerlo vendrán con fusiles… Y con fusiles siguieron moldeando los episodios de su devenir haciendo añicos nuestros efímeros instantes de certidumbre, pero más vale cercenar los abrojos de la impaciencia, que no es éste el final del relato; para él debemos reservarnos el viaje de Vieuxtemps por México acompañado de su poderoso Guarnerius (Proceso, 1765) en la aludida gira. Antes de eso es pertinente que narremos sus posteriores estadías en la Unión Americana. La segunda tournée tuvo lugar en 1857 y fue organizada por un nuevo empresario que le expandió los muslos, perdón, los honorarios. En 90 días Vieuxtemps se vio obligado a tocar 75 conciertos. En su diario consignó que había sido un “crimen contra la música.” Juró que no volvería a cometerlo puesto que las audiencias yanquis sólo proporcionaban placeres monetarios; las satisfacciones artísticas estaban en otro lado. Empero, en 1870 el acecho de la meretriz portadora de contratos tornó a materializarse tentando al fastidiado maestro que se rehusó. La idea de ejecutar 121 conciertos en seis meses lo aterró, mas la guerra franco-prusiana pronunció la última palabra. De esa tercera gira regresó a su hogar exhausto pensando que había llegado la hora de consagrase a la enseñanza. Apenas le dio tiempo. Se le paralizó el brazo derecho y su vida de concertista se hundió en la usura del silencio. Desde el primer contacto con tierras mexicanas el contraste fue ostensible. En Veracruz Henri fue recibido por un comité de bienvenida que lo aguardaba con flores, sones y frutas. Un coro de niños le deleitó los oídos. El adepto a la organización de la gira, un tal Terroba, resultó que no honraba su apellido. Hablaba un francés culto y el oficio de empresario lo ejercía por amor a la música. Además de respetar los acuerdos económicos lo colmó de atenciones. Ante la frigidez emocional del manager yanqui, Terroba sobresalió por su señorío. En una cena en su casa, cosa impensable con el gringo que le había descontado cada comida, sucedió el primer imprevisto. Una oriunda le dinamitó las entrañas al pianista acompañante, quien se obstinó en cancelar sus participaciones para quedarse a su lado. Eso no aconteció. Vieuxtemps y su acompañante se dirigieron a la Muy Noble Ciudad de México dejando atrás pañuelos ondeantes. Durante el trayecto Henri transcribió una hermosa pieza que encajaba con la calidez de las noches mexicanas.([3]) La visión de la urbe demudó a los visitantes. Jamás hubieran imaginado la magnificencia de sus edificios ni el despreocupado tropel de sus transeúntes. En una carta a su familia, Henri comentó que México estaba lleno de misterios pero que su sol alejaba cualquier melancolía. Radiante fue la sorpresa ante el Gran Teatro Nacional que podía superar a muchos de Europa. 2248 asistentes tributaron ovaciones sin parangón y para cautivarlos no fue necesario recurrir a charlatanerías. El repertorio preparado bastó y sobró. Con abrazos sinceros fueron despedidos en la garita oriente de la ciudad. De regreso a Veracruz se presentó otro imprevisto rayano en la tragedia: El carruaje fue amagado por asaltantes. Vieuxtemps temió por sus pertenencias; pensó en su violín en manos indignas y se le obturó la garganta. La alarma fue innecesaria. En lugar de monedas los forajidos prefirieron que tocara algo para ellos. Una intrincada tarantela motivó la despedida: “A los músicos los respetamos porque le hacen bien a la gente…”

([1]) Se sugiere la audición de las mismas que llevan el título de Souvenir d´Amerique Yankee Doodle para violín y piano op. 17. Disponible en la página proceso.com.mx
([2]) Fueron 60 florines desembolsados por holandeses. New Amsterdam se transformó en New York en 1666 a furia de cañonazos lanzados por británicos.
([3]) Se recomienda la escucha de la pieza La Nuit, transcrita, efectivamente, durante la estadía mexicana de Vieuxtemps. Escúchela en la página electrónica del semanario.
 

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