"Neomexicanismos": falta de profesionalismo en el MAM (II)

martes, 16 de agosto de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La falta de responsabilidad social y calidad profesional que caracteriza al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) bajo la dirección de Teresa Vicencio, se manifiesta de nuevo con la exposición ¿Neomexicanismos? Ficciones identitarias en el México de los ochenta, que se presenta en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (MAM) Carente, tanto de una reflexión teórica y autoral del término “neomexicanismo”, como también de una propuesta curatorial que sustente la selección, la exposición resulta confusa, imprecisa y arbitraria. Integrada por piezas creadas desde principios de los setenta hasta los primeros años del siglo XXI, la exposición no ofrece explicaciones ni plantea diferencias entre el dinamismo ochentero y la repetición de poéticas que, con base en el éxito institucional y comercial, se desarrolló posteriormente. Estructurada a partir de la seducción retinal que generan tanto la buena pintura como los lenguajes narrativos de apropiación estética urbana y rural, la exposición plantea erróneamente, como antecedentes de los neomexicanismos ochenteros, algunas propuestas noventeras de intervención objetual de Francisco Toledo, una pieza setentera de lenguaje abstracto de Gironella, y varias reproducciones múltiples de estéticas chicanas que provienen de actitudes políticas muy diferentes a los apropiacionismos apolíticos y pastiche (Proceso, 1814) producidos en México. Silenciosa en lo que respecta al intercambio institucional-comercial que se suscitó en México a través de las políticas gubernamentales de apoyo a los jóvenes –Encuentro Nacional de Arte Joven, Sección de Experimentación del Salón Nacional, Foro de Arte Contemporáneo–, la exposición soslaya la relevancia que tuvo el mercado internacional en el posicionamiento de los “neomexicanismos”. En el ámbito nacional, la indiferencia ante el surgimiento de un mercado interesado en los jóvenes anterior al de las Galerías Arte Contemporáneo y OMR –como el de la Galería de Pintura Joven–, y la ausencia de información sobre exposiciones tan relevantes como la que tuvo la pintora Elena Climent en el Palacio de Bellas Artes en 1988 –Flor de asfalto–, confirman la parcialidad de las curadurías del MAM bajo la dirección de Osvaldo Sánchez. En el contexto de esta superficialidad histórica y analítica, no es sorprendente que se ignore el antecedente de los grupos neoconceptuales de reinterpretación de imaginarios populares como Peyote y la Compañía, el Salón de Experimentación 1979. Entre los aciertos de la exposición en el rubro de los antecedentes, se encuentra el autorretrato de Javier Esqueda como El Santo en la montaña de 1971. Entre las repeticiones que requieren “revisión”, queda pendiente la mitología que se ha creado en torno a la obra de Enrique Guzmán. Emplazada museográficamente con base en núcleos temáticos que pueden aplicarse a lenguajes visuales postmodernos que no son exclusivos de la temática “neomexicana”, la exposición no discierne sobre la jerarquía de los protagonismos autorales. Diseñada con demasiadas obras de Javier de la Garza y muy pocas de artistas como Georgina Quintana, Climent, Esteban Azamar, Alejandro Arango y Helio Montiel, la muestra se debilita aún más con la integración de obras no “neomexicanas” como las de Roberto Turnbull, Néstor Quiñones, Mónica Castillo y Carlos Arias. Indiferente ante la coyuntura política que propició, en 1988, las agresiones a exposiciones con obras que recreaban iconografías católicas –Rolando de la Rosa y Gustavo Monroy–, la exposición, curada por Josefa Ortega, confirma la mediocridad profesional que impera en el INBA.

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