"Todo es un retrato, aunque sea una silla": Lucian Freud

martes, 2 de agosto de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La resonancia mediática que tuvo, a nivel nacional e internacional, la muerte del extraordinario artista británico de 88 años Lucian Freud –acaecida el miércoles 20– provoca diversas reflexiones sobre la creación, consumo y valoración que tiene la pintura contemporánea fuera y dentro de nuestro país. Considerado en 1988 por el crítico neoyorquino Robert Hughes como el más grande pintor realista vivo, Lucian Freud se convirtió, en 2008, en el artista de mayor cotización en vida, al subastarse su obra Inspectora de la seguridad social durmiendo en 33.6 millones de dólares. Un precio sólo superado, posiblemente, por la controvertida calavera de platino cubierta con 8 mil 601 diamantes –En el nombre de Dios, 2007– del también británico Demian Hirst, quien involucrado en la compra y sin comprobación pública reportó el mismo año de su realización un precio de venta de 50 millones de libras esterlinas (aproximadamente 81 millones de dólares). Nacido en Berlín y nieto del famoso padre del psicoanálisis, el pintor emigró con su familia a Inglaterra en 1933 a raíz del triunfo del nazismo en Alemania. Transgresor de las convenciones, observador agudo y apasionado de los animales –especialmente de los caballos y los perros–, Freud desarrolló diversas poéticas realistas a partir de un concepto expandido del retrato. Basado en la idea de que un retrato debe revelar una verdad que no se ve a simple vista, el artista encontró en el entorno íntimo y la esencia animal del ser una vía para captar la especificidad de cada persona. Magistral para transmitir la relación que existe entre la emotividad y la tensión corpórea y facial, el artista transitó de una poética de volúmenes dibujísticos y lumínicos de suaves superficies en los cuarenta, a un lenguaje de expresivos efectos pictóricos realizados con pinceladas amplias y matéricas que, sin disimular el gesto creativo –control, premura, fuerza–, sobresalían por su protagonismo visual. Iniciada a finales de los cincuentas, esta poética se enfatizó hasta el final de su vida generando una estética perturbadora, en la que el ser humano y el animal se emparentan en una esencia corpórea, que incomoda por la mezcla entre la sobreexposición del cuerpo desnudo y la carencia de erotismo. Interesado en revelar una verdad que se cubre con poses y máscaras, Freud encontró en el reposo y languidez el estado más veraz. Congruente con su idea de que “el secreto de un gran retrato reside en la forma de enfocarlo”, el pintor se especializó en actitudes corpóreas similares a las que tienen los animales cuando están en reposo. Agresivas por la franqueza impúdica de la exposición de sexos, gorduras, deterioros y fealdades convencionales que generalmente se esconden, estas inquietantes carnalidades oscilan entre el morbo y el placer de una extremadamente sensual pictoricidad. Construida al margen de las modas imperantes durante las pasadas décadas de los años sesenta y noventa –abstracciones, conceptualismos y neconceptualismos–, la propuesta de Freud genera preguntas que inciden en la actitud artística, la promoción institucional, el mercado y el coleccionismo. ¿Cuáles son los factores que determinan el éxito tan rotundo de un pintor: su insolencia, la innovación de su obra, la contundencia de su poética, el interés comercial de sus promotores, el apoyo de una red museística gubernamental, su pertenencia a algún clan artístico o al mundo desarrollado? En este contexto, ¿por qué México no tiene ningún pintor, vivo o muerto, con un posicionamiento y una cotización como la de Freud?

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