El proyecto económico, atentado cultural: Arizpe

martes, 30 de agosto de 2011
Al denunciar por parte de los últimos gobiernos la destrucción de la sociedad agraria, la antropóloga Lourdes Arizpe encuentra en esa violencia económica, ejercida “de manera tan brutal contra los desempleados, contra las mujeres, contra los informales”, la causa de la violencia criminal. En su nuevo libro hace el alegato de los festejos populares que constituyen el patrimonio cultural cívico de México, en dramático peligro de perderse para siempre. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Completamente ignoradas por los festejos oficiales del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, las fiestas populares de varias comunidades de los estados de Guerrero y Morelos fueron motivo de investigación en el libro El patrimonio cultural cívico. La memoria política como capital social, coordinado por la antropóloga Lourdes Arizpe. El volumen de 177 páginas, coeditado por la Cámara de Diputados y Miguel Ángel Porrúa, da cuenta de los simulacros (representaciones) de la historia nacional que se realizan para recrear hechos como la toma de la Alhóndiga de Granaditas, la vida de Mariano Matamoros, el abrazo de Acatempan, la promulgación del Plan de Ayala, la vida y muerte de Emiliano Zapata y la conmemoración del 10 de abril. Muy similares algunas, en su forma de escenificación, a la famosa Pasión de Cristo, que año con año se realiza en Iztapalapa. Pero todas éstas se hallan relacionadas con fechas cívicas de la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana. Y son, a decir de la investigadora, una forma en la cual las comunidades han preservado y transmitido la historia, así como las celebraciones patrias. Además permiten la cohesión de los pueblos, no sólo de aquellos donde se hace la representación, sino de los aledaños, pues se han puesto de acuerdo para hacer sus simulacros en distintas fechas para que todos puedan ir a las fiestas de todos: “Es un patrón mesoamericano donde se hacía la fiesta del altépetl, que era el gran centro, el pueblo más grande. Alrededor tenía los calpulli y en torno de estos los tlaxicallis que eran los barrios. Todo el calendario ritual estaba dirigido no sólo a enaltecer al altépetl, sino a dar una cohesión regional. Se hacían las fiestas en el altépetl pero también en los calpulli, entonces iban a las fiestas de todos los pueblos, es el sentido de una comunidad regional, microregional.” –¿Qué importancia tiene este patrimonio inmaterial? ¿Contribuye de algún modo a preservar la memoria y la identidad, a reconstituir el tejido social ahora tan dañado? –¡Exactamente! Porque yo creo que gran parte de este desastre social que estamos viviendo es la pérdida de cohesión de las comunidades locales, sean campesinas, indígenas, de pescadores... porque han ignorado totalmente a los ciudadanos mexicanos en la atención política. Se decidió que todo se haría en las ciudades. “Esto es parte de la política económica que hizo bajar la población económicamente activa del 24% al 13%, como lo acaba de demostrar el censo de 2010. La expulsión de campesinos y de indígenas de sus regiones milenarias ha sido gravísima y con ello estas personas desterradas quedan sin los lazos que dan sustentabilidad social.” Explica que por sus estudios en esas comunidades ha podido comprobar que la gente se siente abandonada, siente que no es escuchada y que a nadie le interesa. Y la Secretaría de Agricultura ha puesto su interés en desarrollar a las grandes empresas agroindustriales y no en ayudar a las comunidades: “Se podría haber ayudado a los campesinos a crear sus pequeñas empresas en redes que crearan grandes empresas agrícolas, en vez de eso se les expulsó, y entran las nuevas empresas con una estructura absolutamente jerárquica y la gente de las comunidades queda totalmente suelta, sobre todo los jóvenes.” Durante una época, refiere la antropóloga, ante el abandono del campo, las opciones de muchos jóvenes eran tres: Salir de sus comunidades a estudiar materias como agronomía y veterinaria para volver a trabajar a sus lugares de origen; la migración hacia Estados Unidos; y el narcotráfico. Ahora, lamenta, ya no hay mercado interno en México y no se crearon los empleos para incorporar a los jóvenes que egresan de las escuelas; la migración está prácticamente cerrada, por lo cual sólo queda el narcotráfico. Y es eso lo que explica la situación que vive México y los niveles de violencia. En un trabajo reciente, titulado “Cómo restaurar la sustentabilidad social en México” (dedicado al poeta Javier Sicilia), presentado en febrero pasado en el Seminario Internacional México en los escenarios globales, la investigadora dijo en este sentido: “En los países en los que las estructuras políticas favorecieron el aumento de la desigualdad económica, como en México, creció la concentración de riqueza, la generación de monopolios, duopolios y oligopolios, el desempleo y la precarización del empleo. Esta es la explicación necesaria de la violencia pero no suficiente. La explicación suficiente tiene que ver con la destrucción de la sociedad agraria, la imposición de nuevas vulnerabilidades a las mujeres, el abandono de la educación pública y la lealtad cívica, la pérdida de las identidades políticas y nacionales, y la debilidad del Estado para enfrentar una criminalidad organizada a nivel internacional.” Cohesión social Dice en la entrevista con Proceso que en las poblaciones que se incluyen en el libro (Chilacachapa y Acatempan, en Guerrero; Jantetelco, El Quebrantadero, Tetelpa, Villa de Ayala, Chinameca e Ixtlilco el Grande, en Morelos; y Tonatico, Estado de México), hacen un gran esfuerzo por mantener la tradición de estas representaciones, algunas de las cuales tienen más de cien años. Es el caso de Jantetelco, donde se monta la obra de teatro sobre el cura Mariano Matamoros desde 1867. Todos estos simulacros son –explica en la introducción del libro– prácticas cívicas pues conmemoran acontecimientos de la historia nacional, pero también políticas: “Renuevan cada año un capital social importantísimo para evitar conflictos y violencia en los pueblos y en las regiones. No los evitan como por arte de magia, pero crean los espacios comunicativos, los eslabones de intercambios y el entramado de relaciones que permiten manejarlos y negociarlos. Cuando éstos se pierden, el vacío de autoridad y legitimidad que se provoca lo llenan de inmediato la imposición violenta, la corrupción y el narcotráfico.” Agrega que las formas de las representaciones son también culturales. Se le pregunta si al desterrar a la gente de sus comunidades y alejarlos de la reproducción de sus tradiciones se atenta contra la cultura: “¡Es un atentado cultural! Es un desprecio por las culturas populares, entendiendo por ellas las indígenas y las campesinas. Con ese desprecio entró el gobierno de Vicente Fox para ‘llevar la cultura a los ciudadanos’. ¿Llevar cuál cultura? Si la cultura estaba en las comunidades, pero en los planes económicos ni siquiera tomaron en cuenta que se iba a desenraizar esta cultura milenaria que daba tanta cohesión social a las comunidades. Eso no se reconstruye con una política social... Además de que no la hay.” Coincide con otros especialistas en el sentido de lo lamentable que es que el gobierno, en lugar de establecer una política social, esté empeñado en la lucha armada: “Compare usted lo que le está costando a México la lucha contra el narcotráfico con lo que habría costado hacer una política social efectiva para ayudar a la gente de las comunidades a crear algún tipo de empleo. ¡Es absurdo! Estamos gastando en acciones punitivas lo que podría haberse gastado en acciones de desarrollo económico y social.” Recuerda su artículo en el cual comienza argumentando que 35 mil muertos “son demasiados asesinatos como para atribuirlos sólo al narcotráfico”, pues considera que es resultado también de un desplome social. Hay, resume, un desastre social en el campo que le cuesta mucho a la sociedad mexicana; un desplome social en las ciudades donde las personas de clase media tienen empleos cada vez más precarios o de plano no los tienen, lo cual lleva a muchos a actividades criminales: “No se ha creado un mercado interno en donde puedan participar estas personas de manera formal. Es escandaloso el grado al cual la economía de México se ha vuelto una economía de servicios, el censo lo muestra, son servicios formales. Y está la enorme masa de informalidad que ni siquiera han reflejado bien en el censo de 2010. Dicen que van a sacar otra medición de la informalidad en donde se consideren todas las actividades de este rubro.” Para la antropóloga, la política económica de México ha creado desde hace más de una década, terribles desigualdades, pocos se han enriquecido, es una política que no desarrolla y por el contrario polariza, crea desempleo: “Es la violencia económica –que se ha ejercido de manera tan brutal contra los desempleados, contra las mujeres, contra los informales– la que ha creado la violencia criminal.” –¿Es una política criminal entonces? –Sí, pero la gente no lo vincula. Y la mentalidad moralista sólo ve una falta de moral. No entiende el contexto económico y local que dispara esa violencia, que empuja a jóvenes –que podrían haber estudiado si las escuelas públicas y las universidades públicas hubieran recibido apoyo o que podrían haberse insertado en el mercado laboral o en pequeñas empresas– hacia la criminalidad. El problema, añade, es que cuando pasan varias generaciones y se va acumulando la falta de inserción social, la criminalidad es cada vez peor, pues va aumentando el resentimiento contra la sociedad, y va transformándose en rabia que se vierte “en una violencia brutal”. Y así es como se explica ella lo que ahora ocurre en Ciudad Juárez. Memoria El libro en el cual colaboran Cristina Amescua, Edith Pérez, Erika Pérez y Alejandro Hernández, documenta también con fotografías las representaciones. El prólogo es de Raúl Béjar Navarro, quien destaca: “Las festividades descritas en el libro representan escenificaciones de lo ocurrido en las guerras de Independencia y Revolución. Tienen, como es natural, referentes a la historia oficial –que, en el transcurso de las décadas, ha variado–, pero de diferentes maneras significan la identidad, tanto personal como colectiva como una representación intersubjetiva...” Cuenta Arizpe que asistían como antropólogos a las fiestas de algunas comunidades, como las celebraciones de carnavales o mayordomías y ahí comenzaron a invitarlos: “¿Por qué no vienen a la fiesta del simulacro?”. Les preguntaron “¿Simulacro de qué?” Y así supieron de las representaciones de la toma de la Alhóndiga y otros hechos. “Es una belleza”, dice. Y describe que en un enorme campo deportivo se construye con palma y madera un “edificio” de dos pisos, que alberga a los españoles. Un locutor va narrando la llegada del padre Hidalgo y otros insurgentes, hechos prisioneros por los realistas. Se escenifica una batalla campal: “Lo más increíble es que se pelean con tamales de ceniza. Eso sólo a los mexicanos, que somos tan creativos, se nos podía ocurrir. Las muchachas durante mucho tiempo echan cenizas en bolsitas de papel estraza y se los dan a los muchachos, ellas también traen algunos en sus bolsitas y se los lanzan a los realistas, y acaban todos bañados en ceniza.” En el caso de Chilacachapa es una ceremonia más seria que dura tres días y se hace un simulacro del inicio de la Independencia, desde que las fuerzas reales van a arrestar a doña Josefa Ortiz de Domínguez. Llegan a una casa del pueblo diciendo que llevan la orden de aprensión. Ella les responde gritando, mientras le pegan en el pecho con los machetes: “Nosotros queremos la independencia, ¡Viva México! Nosotros los indios nos defendemos de ustedes.” También se hace una pequeña construcción a manera de Alhóndiga, participan los niños y se toca música con bules, que son muy típicos en la región y hay escaramuzas. Al día siguiente se realiza un desfile en el cual participan contingentes de otros pueblos, y grupos de “pilates”, “apaches”, y “negros”. Arizpe relata que cuando lo presenciaron le preguntaron a un muchachito de once años por qué se hacían llamar los negros, y les dijo: “¡Ah! Porque son los que venían de África y estaban en las haciendas de la Costa Chica, tenían un capitán que se llamaba Irineo y se juntaron a las fuerzas de Vicente Guerrero.” Añade la antropóloga que pensó en ese momento: “Este muchachito sabe más de historia que nosotros.” –¿Y todos ellos fueron olvidados por las celebraciones oficiales del Bicentenario? –¡Totalmente ignorados! Y nosotros nada más en el pequeño recorrido que hicimos durante un año a quince pueblos, encontramos un montón de representaciones y cada día nos dicen de más porque también está Tonatico, donde también lo celebran; Teloloapan, donde hacen el abrazo de Acatempan; en el Estado de México hay una de los hermanos Rayón, y en Puebla una de los hermanos Serdán. “Son cosas que no sabemos los mexicanos, ¿cómo es posible? Y la razón es muy curiosa: los antropólogos trabajamos sobre patrimonio indígena, entonces registramos las fiestas indígenas, estas no son fiestas indígenas. Y las escuelas y el gobierno celebran los actos oficiales y esto pues tampoco es un acto oficial, es un acto de la comunidad. “Por eso le pusimos La memoria política como capital social, es una razón para cohesionar a los pueblos, es el inicio de un análisis, esto nunca se había hecho, es nuevo. Ni siquiera sabíamos cómo agarrarlo, este es un primer intento de decir: ‘Miren existe y aquí están quince ejemplos’.” El libro es acompañado con un video y será presentado el próximo 7 de septiembre en la sede del programa México Nación Multicultural de la UNAM, que dirige el etnólogo José del Val; y el 21 en la librería de la editorial Miguel Ángel Porrúa, en el Centro Cultural Tenanitla, calle de la Amargura 4, en San Ángel.

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