"Camino a la libertad"

jueves, 4 de agosto de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En 1940 un puñado de prisioneros escapa de un campo de trabajos forzados en Siberia; la evasión del infierno del Gulag resulta simple comparada con las calamidades que encontrarán en su larga marcha a pie en dirección a la India a través de los hielos de la tundra siberiana, las planicies de Mongolia, las ardientes arenas del Gobi, la gran Muralla y los Himalayas. Camino a la libertad (The Way Back; E.U. 2010) se inspira en un libro publicado en 1956 por Slawomir Rawicz, un oficial polaco que pretendió haber participado en esa aventura que supuso un recorrido de casi 7 mil kilómetros; ahora se sabe que él sólo narra el relato que escuchó por boca de otros. En todo caso, el material era irresistible para el australiano Peter Weir, director difícil de ubicar entre el cine independiente y el de gran espectáculo, cuya obra incluye cosas tan disímiles como La última ola o El show de Truman. Quizá el único tema común en las películas de Peter Weir sea el de la soledad del hombre frente a la adversidad (El año que vivimos en peligro o la épica filibustera de Master and Commander); la novedad ahora consiste en observar cómo ese grupo de condenados, que de entrada no sabe nada el uno del otro por temor a las delaciones, poco a poco va aprendiendo a conocerse y a solidarizarse uno con otro. Claro, el elemento femenino, la chica prófuga (Saoirse Ronan) que encuentran durante el viaje, sirve de vehículo al corazón de esos tipos que nunca se cansan de aclarar que no son presos del orden común. Si en la primera etapa la necesidad matar para comer, como la escena donde hombres y lobos pelean por la presa y la sangre, sugiere la amenaza del crimen y el canibalismo latente, en esta épica de supervivencia el mal termina siendo una abstracción representada por el régimen carcelario; el bien absoluto, la libertad por la cual no importan las penurias o la muerte. De esta suerte, cada uno de los personajes, el joven polaco Januzs (Jim Sturgess), líder del grupo, el escéptico americano (Ed Harris) o incluso el mafioso Valka (Collin Farrell) poseen madera de santo que va revelándose gracias al enfrentamiento con la naturaleza. Así, el contexto stalinista es puro contexto anecdótico, la universalidad a la que aspira Peter Weir podría plantearse desde cualquier otro frente de injusticia, en la Patagonia, los pantanos de la Florida o el Mar de Aral. Camino a la libertad cojea por la banalidad de su discurso político. Habrá que esperar un par de años más para la exhibición de la cinta basada en la espléndida biografía del joven Stalin escrita por el británico Simon Sebag Montefiore, una concienzuda investigación a partir de los archivos abiertos en Georgia y en las memorias de los amigos y víctimas de Stalin prohibidas por décadas. La fuerza de Camino a la libertad se halla en la imagen de una naturaleza de hielo y fuego, de vocación saturniana, que amenaza constantemente en devorar a sus criaturas. Además, fuera del los clichés, el relato fluye por su propio encanto, el de la marcha imposible.