"Rojo"

jueves, 1 de septiembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Rojo es una obra de teatro que se estrenó el viernes 19 en el Teatro del Centro Cultural Helénico y que nos coloca en medio del arte, la creación y el egocentrismo de un pintor cuya necesidad de reconocimiento lo destruye. Escrita por John Logan, y con Víctor Trujillo en el papel de Rothko, nos abre un mundo donde se confronta el arte con la complejidad humana. La obra ubica a Mark Rothko en la cúspide del éxito, pero paradójicamente ocupando su mente en competencias triviales con sus contemporáneos o con los nuevos jóvenes de la pintura que teme lo expulsen de la cima. Mark Rothko, de origen lituano y radicado desde niño en Nueva York, es el gran pintor del expresionismo abstracto. Pretendía que el espectador tuviera, a través de sus cuadros, una experiencia mística total. Rothko no fue vencido por su ambición sino por las limitaciones físicas de la pintura y el pincel, escribe su galerista y amiga Katherine Kuh en su libro Mis historias de amor con el arte moderno. Rojo es una obra de teatro escrita con inteligencia, que muestra dos años de la vida del pintor, mientras elaboraba tres series de cuadros para inaugurar el restaurante Four Seasons. Entabla una relación multifacética con su joven asistente, egresado de la escuela de arte. La relación de jefe, amo y dios sobre su alumno se va complejizando cuando el pintor se llena de dudas, pierde el rumbo y está porque lo derrote el negro sobre el rojo. Alfonso Dosal, interpretando al discípulo, se mueve con naturalidad y relajamiento; logra momentos emotivos, pero requiere potencia interior al momento de tomar las riendas sobre el asunto. Víctor Trujillo consigue un salto cualitativo de su trabajo anterior en la obra teatral Lobos. En Rojo muestra una gama diversa de sentimientos, con aplomo, sinceridad y semejanza del personaje histórico que interpreta. Si bien en un principio se excede en intensidad al sostener sus ideas, el proceso interior de desasosiego lo va minando hasta transmitirnos la experiencia de un hombre con complejas motivaciones. Lorena Maza, la directora, conduce con tino el trabajo actoral y guía a los actores por su mundo interior para que exploren y encuentren a su personaje. Sus capacidades de composición permiten que el espacio escénico ideado por Jorge Ballina y los cuadros de Mark Rothko jueguen visualmente y puedan disfrutarse. Los paneles con cuadros gigantes son movidos por los personajes, como lo haría un pintor en su estudio, y van apareciendo uno tras otro hasta deslumbrarnos con la imagen final. En la puesta en escena de Rojo, los personajes no pintan y pintan por el simple hecho de estar en un estudio. Rothko habla y habla, deambula, piensa, repite frases, discute con su asistente y solo en un momento prepara el lienzo con fondo rojo. Porque como dice el maestro, el estado natural del pintor, del escritor, del compositor, no es tecleando o lanzando pinceladas, sino un estatismo donde observa, piensa o mira a la nada esperando ser habitado. Los productores Guillermo Wiechers y Juan Torres consiguieron, después de doce años, los derechos de Rojo de John Logan –autor de las películas El último Samurai y El gladiador–. Y valió la pena porque podemos apreciar a través de la experiencia escénica el trabajo de un innovador pictórico y su proceso creativo y personal. Conocer a un Rothko atormentado por sus fantasmas y finalmente, vencido por el negro.

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