El "show" del Royal Tour México

lunes, 26 de septiembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El próximo 3 de octubre se clausura una exposición que, por la pertinencia del tema, debería tener una segunda parte. Organizada para integrarse en los festejos del Bicentenario y Centenario en 2010, la muestra México en los pabellones y las exposiciones internacionales (1889-1929), esboza circunstancias que inciden en la construcción gubernamental de la imagen de México hacia el exterior. Centrada en la participación que tuvo nuestro país en estos eventos durante el porfiriato y los primeros años del gobierno post-revolucionario, la muestra no logra transmitir, museográficamente, las amplias posibilidades de la investigación curatorial. Inaugurada en el Museo Nacional de San Carlos el pasado mes de agosto, la exhibición aborda cuatro eventos: las Exposiciones Universales de 1989 y 1900 en París –la primera es emblemática porque tuvo como arco de entrada la Torre Eiffel–, la Exposición Internacional del Centenario de Río de Janeiro en 1922, y la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929. Interpretadas a partir del lenguaje simbólico de la arquitectura de los pabellones, las exposiciones delatan una autoimagen de México basada en el exotismo de sus culturas étnicas, la bondad de su naturaleza y la imponente singularidad de su patrimonio prehispánico. Con respecto al presente que les correspondía, la complejidad de la definición de una identidad como Nación es evidente: la imagen-nación osciló entre estéticas neo-aztecas en 1889, neogriegas en 1900, neocoloniales en 1922 y neotoltecas en 1929. Diseñadas como vitrinas de posicionamiento comercial, ideológico y político, las ferias y exposiciones internacionales se iniciaron desde la primera mitad del siglo XIX. A través de la arquitectura y contenido de sus pabellones, las naciones imponían su predominio o rogaban por su aceptación. Ubicado entre estas últimas, el gobierno mexicano le apostó a la exposición internacional como un medio para atraer capital extranjero a través de la transmutación de la realidad del país en una exuberante riqueza natural y cultural: igual que la visita guiada que, bajo el título de The Royal Tour Mexico, protagonizó el presidente Felipe Calderón (Proceso, 1817) para la cadena televisiva estadunidense PBS (Public Broadcasting Service). Emparentados en la imagen simbólica del país, las exposiciones internacionales decimonónicas y la grabación de PBS, muestran un México idílico, carente de pobreza, ajeno a la violencia y sin discriminación racial. Sustentada en un catálogo que indirectamente delata información tan relevante como el desinterés europeo por el arte mexicano, el abuso del pintor y funcionario José María Velasco, y la mediocridad de nuestra gestión gubernamental de la cultura –el arte mexicano no aparece en el catálogo oficial de la exposición de 1989 porque el pabellón se inauguró a destiempo: igual que la actual participación de México en la Bienal de Venecia–, la exposición del Museo de San Carlos merece una continuación que, lejos de la complacencia que caracterizó a la gestión de Fernanda Matos, se atreva a delatar datos y circunstancias que podrían transformar la historia del arte mexicano. Como conclusión, no queda más que plantear una pregunta: ¿Por qué en los promocionales del programa del presidente Calderón no se hace referencia a la creación contemporánea? ¿De qué sirve tanta erogación en becas si su resultado no incide en la identificación del país?

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