Un palimptexto: 1956, 1990, 2011

miércoles, 28 de septiembre de 2011
El gato y la noche Si un palimpsesto es la “tablilla usada antiguamente para escribir, en la que podía borrarse lo escrito para escribir de nuevo”, o el “manuscrito antiguo en que se aprecian huellas de una escritura anterior que fue borrada para escribir lo que parece más perceptible” (María Moliner, Diccionario de uso del español), un palimptexto sería aquella página escrita sobre otra página que cambia una y otra vez sin dejar de ser ella misma. Ejemplos de literatura palimptéxtica serían las Vidas imaginarias de Marcel Schwob y los cuentos que en ese mismo final del siglo XIX escribe Rubén Darío en Buenos Aires. Trasladado a otro campo este concepto, la Ciudad de México es una ciudad palimpséstica. En ella se ha seguido siempre el modelo indígena de construir una pirámide sobre otra pirámide, en vez de edificarla en un lugar aparte y distinto. Lo que llamamos “centro histórico” es la acumulación y superposición de varias ciudades diferentes y enemigas que conviven y se destruyen sobre un mismo espacio. En su mezcla se ahogan y exterminan como en el bosque cerrado (cuando aún quedaban bosques cerrados) los árboles se asfixian y exterminan entre sí. El concepto se aclara al pensar en un edificio emblemático que tiene en sus cimientos lo mucho que sobrevive bajo tierra de las casas imperiales o tlatoánicas de Moctezuma. El Palacio Nacional cambia año tras año. No obstante, sigue siendo la casa de Hernán Cortés, vendida a los virreyes para que allí estuviera durante 700 años la sede del poder. De estos magnos conceptos pasemos a la humildad de un texto literario: el “Triptico del gato” redescubierto, o más bien desenterrado, por Paola Velasco en el volumen Perspectivas críticas, edición de Pol Popovic Karic y Fidel Chávez Pérez. El “Tríptico del gato” fue en 1956 producto de un escritor en cierne de tan sólo 17 años. Apareció en Estaciones, la revista de Elías Nandino que acogió también algunos de los escritos iniciales de Carlos Monsiváis y Sergio Pitol. En 1990 reapareció en La sangre de Medusa. El resultado fue un texto que, en la autorizada opinión de Paola Velasco, no difiere en gran medida del original como ella lo demuestra a lo largo de su estudio. La sangre de Medusa tardó 20 años en agotarse. Cuando Marcelo Uribe me anunció que la editorial Era se disponía a reimprimirlo volví a leerlo. No pude nada contra el impulso suicida de hacerle nuevas correcciones. Vicente Rojo, que en suplementos, revistas y después en libros publicó centenares o más bien miles de páginas nuestras, dijo que Monsiváis y yo no éramos escritores sino reescritores, auténtica pesadilla de las imprentas y las editoriales, universalmente repudiados por nuestra incorregible manía de corregir. Al “Tríptico” que se publica hoy le faltan la segunda parte, el poema en prosa “El gato en la noche” y la tercera, el cuento “Los tres pies del gato”, demasiado extensos para incluirlos aquí. El cuento mereció la atención generosa de Federico Campbell. Como el felino de estas páginas la perversa costumbre de rehacer textos antiquísimos provoca posiciones inconciliables. Hay quienes lo admiten como una cortesía para el lector y una desacralización de la literatura (¿por qué si se actualizan los libros de geografía no va a hacerse lo mismo en este campo?) y un ataque frontal a la figura del “autor” como algo intocable que nunca se equivoca y escribe para siempre (ya no hay “siempre”) páginas que no se pueden ni se deben modificar. Una minoría acepta que no hay falsificación alguna desde el momento en que se hace explícita. Intentarla sería como falsificar un cheque caducado hace muchísimos años. No deja de ser tan arriesgada como interesante la colaboración entre un adolescente poblador de otro mundo y un anciano, habitante de un México atroz que nadie se había imaginado. Desde luego el que ahora escribe ya no es aquel y a pesar de todo sigue siendo el mismo. El “Tríptico del gato” fue el primer texto que publiqué en mi vida. Hoy sólo puedo esperar que no sea el último. 1. Biografía del gato El Génesis lo calla pero el gato debe de haber sido el primer animal sobre la Tierra. A partir de él se generaron todas las especies. En una de sus andanzas por el planeta humeante el gato inventó a los seres humanos. Su intención fue crearnos a su imagen y semejanza. Un error ignorado lo llevó a formar gatos imperfectos. Si pudiera comprobarse que descendemos del gato sería indispensable una reestructuración de las ciencias. Es demasiado incómoda para los sabios; por ello prefieren no investigar nuestros orígenes. En el fluir de los siglos, para compensarnos de tantas desventajas aprendimos a hablar. El gato, en cambio, quedó aprisionado en la cárcel de sus sentidos. No obstante, limó su astucia y su sabiduría. Algunas religiones primitivas lo divinizaron. En la Edad Media se le atribuyeron poderes malignos y pactos con el diablo. Fue perseguido bajo el cargo de participar en aquelarres con hechiceras y demonios. Hoy ha proliferado en todo el mundo como habitante de las calles y como animal doméstico. Para quienes lo aceptan es parte integrante de la galería familiar. Se le tiene el respeto y el recelo que inspira todo ser superior. Quienes lo aman y quienes lo detestan coinciden en asignarle atributos espectrales: ser dueño de siete vidas, anunciar desgracias si es de color negro, y un sinfin de cosas que no le hacen mella: su personalidad resulta insobornable a la opinión ajena. Sigue tan gato como cuando era adorado por los egipcios o lo acosaban la ignorancia y el salvajismo de épocas tan oscuras como la nuestra. Ahora como entonces resiste la seducción o el desafío de las miradas: el gato no pestañea ante nadie. Lo calumniamos al suponerlo miembro de una familia coronada por el tigre. El tigre es un gato al que la ferocidad ha embrutecido, una ampliación superflua, inferior a la síntesis y armonía de su modelo. Creemos haberlo derrotado porque está a nuestros pies. Como este mundo es un espejo en donde todo lo vemos invertido, en la dimensión de la verdad el gato se encuentra muy por encima de nosotros. Compartimos algunas semejanzas. Por ejemplo, el cortesano plagia los ardides del gato y todos sin excepción imitamos su egocentrismo y su ingratitud. Nunca pedimos por favor, jamás damos las gracias y siempre dejamos de ronronear a nuestro prójimo cuando hemos obtenido de él lo que esperábamos. Ya cace pájaros en la Alameda de México o pulule en número infinito por las ruinas del Coliseo romano, el gato es un parásito durante el día y un verdugo implacable por la noche. Para él, como para ningún otro animal, la vida es sueño. Pasa dormido las dos terceras partes de su existencia y, a juzgar por sus movimientos, sueña, lo mismo que nosotros, con historias realistas y fantásticas. Le gusta ser acariciado y sin embargo en pleno idilio clava las uñas en quien lo mima. Vive lamiéndose para adorarse a sí mismo, conservar una apariencia pulcra y protegerse contra el calor y el frío. Detesta su excremento y hace hasta lo imposible por ocultarlo. Venera el sitio en donde nace o adonde llega de pequeño. En cambio, las personas que lo atienden y lo consienten en todos sus caprichos no logran inspirarle sino una tolerancia despectiva. Señor de horca y cuchillo del mundo que alcanza a percibir con sus ojos fosforescentes y sus sensitivos bigotes, aterra verlo cuando tortura a un ratón. Esta voluptuosidad de hacer el mal y este afán de sentirse superior constituyen la parte oscura y abominable del gato así como el rasgo más humano que pueda hallarse en él. Solitario, introvertido, por lo común hipocondríaco, nada le importa excepto su persona. Odia a los demás gatos y a cuantos animales lo rodean, sobre todo al perro, su verdugo. (El perro es todo lo contrario del gato y siente hacia él un rencor que nada saciará.) No reprime sus deseos pero tampoco vive atrapado en ellos. Deja para nosotros la esclavitud de la obsesión. Macho, es el padre ausente por excelencia. Hembra, toma siempre la iniciativa y elige entre los rivales al único digno de fecundarla. Su placer dura unos cuantos segundos y está cercado por la ferocidad y el dolor. Su discreción lleva a la gata a ocultarse para dar a luz. Atiende el propio parto como si hubiera hecho estudios de obstetricia. En las semanas que siguen al alumbramiento se porta como madre ejemplar. Adiestra en todas las artes de la supervivencia a los gatitos ciegos y sordos. Por último los enseña a cazar. Cuando pueden valerse por sí mismas no vuelve a ocuparse de sus crías. El gato inventó el existencialismo: cada momento representa para él una elección. A fuerza de meditar veinticuatro horas al día en el absurdo y la vacuidad de todo, sólo se aferra al instante en que vive. Nunca sabremos qué piensa el gato acerca de este mundo tan mal hecho y de los seres con quienes comparte de mala gana el tiempo. Vana tarea estudiar el misterio del gato, enigma irresoluble, máscara a través de la cual nos observa y nos juzga algo que ni siquiera sospechamos. (JEP)

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