Sobre Ángeles Solano y "Me doy de alta"

jueves, 8 de septiembre de 2011
MÉXICO, D.F. (apro).- Haber conocido a Ángeles Solano por más de cuatro décadas y tener su libro en mis manos, me produce una severa conmoción. Lo primero que me impresiona es el título: Me doy de alta, y no por lo que posee de tenue nostalgia, sino porque me empuja a los desoladores precipicios de la incredulidad y la perplejidad, por cuanto tiene de trágica premonición, de visión anticipada de un dejar atrás y para siempre la vida, de un adiós sin regreso, de un tocar irreversiblemente la muerte verdadera, la muerte total, definitiva, libro encuentro y despedida que, paradójicamente, revela el impulso vital que día a día, durante muchos años de fervoroso anhelo, acompañó a la autora en su esfuerzo creativo. Ángeles Solano se da de alta: hoy descubrí que ha embellecido la cicatriz sobre mi frente: no quiere más ser una mujer torturada por la obstinación de sus fantasmas, no quiere ser nunca una mujer triste a causa de las recurrencias enemigas del dolor, no quiere ser una mujer sin bondad debido a los acosos fugaces e insensatos de la ilusión: rompe victoriosamente con sus llagas, abandona la contienda estéril contra el sufrimiento, fruto amargo de la hostilidad que se le incrustó en el cuerpo. Define su esencia disidente y declara: He terminado de parirme Hoy me restablecí Me doy de alta. Mujer real y generosa, está dispuesta a cerrar grietas, soldar abismos, aquietar vientos y fuegos para que las cosas y los afectos salden cuentas y recobren su prestancia y ocupen una vez más su lugar. De ahí que esta obra resulte de una intensidad vertiginosa y rotunda, de una certidumbre poética que nace y se desarrolla en el ojo glorioso de la tormenta donde anidan, múltiples y eternas, las pasiones humanas. Aguda observadora de la memoria de su sangre y de su carne, Ángeles Solano se entrega, un poco ansiosa y otro poco melancólica, a transitar los diferentes azares que le tocaron en suerte y los designios bienaventurados de su amor: amplio amor de incondicionales y floridas vertientes; atento amor en búsqueda perpetua del porqué del ser --de su ser--, tan implacable en la infinitud de su misterio; encarnado amor que ambiciona agotar el infinito de cada instante, la verdad y la voluntad puestas al servicio de cada instante, la minúscula dicha, la efímera ensoñación única e intransferible de cada instante en las espesas noches de gozo interminable y adolorida soledad. Suma de acercamientos y restituciones, la poesía de Ángeles Solano descifra para sí su rostro en la semipenumbra del espejo: soy el pie asentándose en el cuello del pasado, y vive de la garganta a los pies, amorosamente específica, los dolores y las alegrías de su vida, el deslumbrante y poderoso acento poético que impregna de belleza el pormenor cotidiano y expresa, síntesis de prodigios, la dimensión sin límites de su ser mujer. Desde la cima/de su más alta montaña, se sabe y se siente libre lo mismo en la esperanza (vive obcecadamente esperanzada) que en la más honda oscuridad, pues cree que aun en la tiniebla más densa se encuentra la identidad de la luz: Diré al eco que propague Que hay un sitio para mí Y voy a ocuparlo. Así entiende el universo y por eso vive con igual pasión las penosas vigilias del deseo que las exultaciones de la experiencia significativa. Rebasa las fronteras de su propia sensibilidad y dota a cada poema de un sentido mítico y alegórico, de un carácter iniciático, y también de una razón de ser que teje y conjuga la conciencia que habita el horizonte de su existencia: Me acuso hermanos, padres, hijos, amigos, amantes, todos de haberlos amado sólo a la mitad amores míos. Fortaleza y virtud encarnada en palabras; medio y derrotero para acercarse y percibir, en lo profundo de su alma, la perspectiva trascendental de su poesía. Mujer de voz autocrítica y reflexiva, transparente y breve, vértigo y refugio, lamento marginal, levísima a veces, voz de lluvia y de gracia oculta y de soledad luminosa y de irrevocable vocación amorosa, de irrenunciable fe en el amor como el bien supremo en este planeta. Ese amor que es entrega y es salto al vacío y es plenitud y redención de cualquier pétalo vuelto espina. Ese amor que hace de Me doy de alta, un testimonio poético lúcido y congruente, emotivo y pródigo en claves y señales, sin ilusiones ópticas ni opacidades, sin impedimentos ni autoprohibiciones, una obra sencilla y perspicaz, abarcadora, diversa, íntima, resuelta, exigente, audaz y enternecida, austera y piadosa. A ratos encarcelada en la negrura, insolada en arenales vanos, acaso hacen presa de su ánimo el desconcierto, la tristeza, algún quebranto, la sombra de un desposeimiento de sí, algún ataque de soledad sin salida, un sentirse nocturnamente dentro y fuera de la propia piel. Esto no le impide --al contrario-- volverse hacia la luz, hacia la naturaleza de lo posible y lo entrañable: surge entonces con delicada humildad y crea climas benignos para serenar su espíritu. Climas y ámbitos que al igual que Ángeles crean, desde la más versátil y genuina luminosidad, Gabriela de la Vega y Edith Martínez del Campo: acuarelas lúdicas, fascinantes, festivas en su colorido, formas sorpresivas y sugerentes, fantasías hipnóticas, explosión de imágenes inusuales, universo pictórico de profundidades estelares, estallido de originalidad y autenticidad que funda su reino en la portada de Me doy de alta y se prolonga como una caricia innumerable por las espléndidas páginas del libro. Es evidente que sin negar las terribles e ineludibles estancias en el Infierno, Ángeles Solano opta por la claridad emancipadora del Paraíso. Y desde ahí, mujer orgullosa de sus creencias, sus aspiraciones, sus incertidumbres, sus espejismos, mujer mirada y corazón, mujer anhelos y conflictos, testigo y partícipe de sus raíces, mira y se deja mirar, sin límites, labrando un delirio iluminado de esencialidad, de manifiesta dignidad poética. Con Me doy de alta Ángeles Solano le dio a su vida una última y precisa significación, y cumplió así de una manera inapelable y absoluta su destino.

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