"J. Edgar"

viernes, 20 de enero de 2012
Producto de la inopinada colaboración entre dos activistas estadunidenses, Clint Eastwood y Dustin Lance Black, J. Edgar (ídem; E.U. 2011) expone la vida del temido jefe del FBI cuyo dominio prevaleció por casi medio siglo, desde 1924 hasta su muerte en 1972; el señor J. Edgar Hoover sobrevivió al gobierno de una decena de presidentes, entre ellos Eisenhower y Kennedy, e influyó en la política interna estadunidense con su obsesiva persecución anticomunista durante la posguerra. McCarthy anduvo por ahí. Dustin Black es autor del guión sobre la vida del activista de los derechos de la comunidad lésbico gay Harvey Milk, y J. Edgar podría funcionar como su antítesis. En efecto, J. Edgar Hoover (Leonardo di Caprio) acumulaba expedientes sobre la vida sexual y los vicios de cualquier personaje prominente de su tiempo; homófobo declarado, Hoover mantuvo alejado de las oficinas del FBI a cualquier individuo de dudoso comportamiento sexual, peor aun si la raza era negra. El hecho es que J. Edgar nunca se casó, vivió con su madre toda su vida, acudía a fiestas y cenas prácticamente de manita sudada con su colaborador y secretario personal, Clyde Tolson (Armie Hammer) con quien también pasaba las vacaciones compartiendo la misma habitación. A la muerte de Hoover, Tolson heredó sus bienes. Una escena a la que le sigue una elipsis de 30 años resume esta posible historia de amor que se alimentó de rumores; Tolson le advierte a J. Edgar: “Si vuelves a ver a esa mujer (Dorothhy Lamour), jamás volveremos a la carreras de caballos juntos”; corte, ambos envejecidos pero todavía juntos. Clint Eastwood, sin embargo, no va más allá del rumor de la posible orientación sexual de Hoover; la marca de la frustración y la posibilidad de una intimidad reprimida por el miedo a convertirse en lo que hostiga hasta el cansancio, marcan la frente del personaje que encarna Di Caprio. El director de Río místico prefiere concentrarse en la construcción, piedra por piedra, de la tremenda fortificación que significó el FBI contra cualquier posible conspirador del estatus político estadunidense, por lo menos hasta antes del 11 de septiembre. No es fácil seguir la historia de J. Edgar; la sobriedad y la exigencia de mantener una postura equilibrada ante un personaje nada mesurado como fue este policía, cuyo interés, además del histórico, radica en su monstruosidad misma, demandan mucha atención del espectador. Otra dificultad de la cinta es la actuación de Di Caprio, demasiado buena para ser verdad y prefabricada para el Óscar; la lecciones del Método saltan a cada paso en la construcción de Hoover, solo faltan letreros para marcar los saltos de la memoria afectiva de Di Caprio. Por fortuna, la actuación de Hammer, más fresca, contrarrestra los excesos. Fiel a su postura, como lo ha sido durante su extraordinaria carrera, el octogenario director aborda esta biografía con el fin de explicar y explicarse cómo su país llegó a convertirse en lo que es ahora. Su voto por el Partido Republicano no le ha impedido nunca protestar contra la política policíaca, interna y externa de Estados Unidos; dentro del estilo reposado, de narración directa, siempre al grano, Easwood ha desarrollado una forma crítica moral que denuncia, sin aspavientos, las líneas de incoherencia entre el ideal estadunidense, las fantasias de poder y la injusticia. Clint Easwood es, en el mejor sentido de la palabra, un gran moralista; su discurso nunca pesa y siempre invita a reflexionar.

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