Teatro: "Gardenia Club"

jueves, 26 de enero de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Un espacio escénico que representa un salón de baile de los cuarenta es lo que ahora nos ofrece el Foro la Gruta dentro de su ciclo Opera Prima. Desde la entrada, con una copa de vino en la mano, baila la gente que quiera bailar a invitación expresa de los actores. Música en vivo, personajes identificables y música de la época es lo que conforma la obra Gardenia Club de Eloy Hernández bajo la dirección de Lila Avilés, primer montaje de ambos. Gardenia Club se estrenó primero en el Trolebús Escénico de la colonia Roma y procuraron resolverla en un espacio minúsculo que ahora se expande a la italiana. Con la iluminación, a cargo de Rodrigo Salazar, nos sumergimos en una cálida atmósfera. Un sinfín de focos colgantes, amarillos y blancos, nos hacen sentir en otro mundo; un pequeño universo que se reafirma a través de un letrero luminoso en la pared del fondo indicando el nombre del salón de baile. Las gardenias esparcidas, con su olor, colaboran en la atmósfera del lugar. La propuesta resulta agradable a pesar de lo incipiente de la estructura y de su realización. Gardenia Club, señalan, fue pensada en sus orígenes como un performance. Al convertirla en una obra de teatro el proyecto se enfrenta a una serie de problemas que tienen que ver con la estructura dramática, la calidad en la construcción de los personajes y la interpretación actoral. Los personajes prototípicos elegidos por el autor (como un trasvesti, una mujer solitaria, un introvertido o una cantante, entre otros) se manifiestan a partir de monólogos. Más que una estructura dramática la obra consiste en la exposición consecutiva de cada uno de estos personajes. Su personalidad la establece el autor correctamente según el estereotipo al cual responden. Pero los personajes transitan aislados en este panorama escénico; su relación es escasa, y sólo a veces la dirección escénica los vincula creándoles tareas silenciosas o insinuando una que otra historia de amor. El acercamiento a estos personajes por parte de los intérpretes es todavía superficial; el proceso introspectivo de estos jóvenes actores egresados de escuela de teatro de Casa Azul, en su mayoría, apenas empieza. Son once actores los que participan en Gardenia Club alternando funciones; entre ellos se encuentran Natalia Nalino, Arturo Báez, Valeria Maldonado y Eduardo Tanuz. El público, colocado en tres frentes, se entremezcla con los actores. Hay momentos en que algunos bailan como parte de la obra y otros momentos donde, divididos por género, nos cambian de lugar. Tal es el caso de la escena en la que se pretende mostrar dos bandos. Un joven machín provoca a las mujeres minusvaluándolas, usando un lenguaje sexual directo y pretendiendo ser gracioso. El efecto se produce y las mujeres esperan que el otro personaje, el de una joven abierta y liberada, contrapuntee. El personaje femenino es débil en su construcción, en su argumentación y en el universo en el que se mueve por lo que no se logra realmente un duelo de sexos, como pretendía la propuesta. Es difícil el reto que se ha planteado la compañía Doble Vida Teatro, pues la interacción y la cercanía con el espectador exige de los actores una gran concentración. No es fácil mantener vivo al personaje mientras se observa a cada uno de los otros contar su historia sin estarse viendo a sí mismos imaginando cómo los miran los demás. Gardenia Club es una propuesta escénica con aroma de nostalgia; un espacio donde podemos trasladarnos a una época en la que el baile era una excelente manera para encontrarse con el otro, con el cuerpo de la pareja, con la cadencia, el ritmo y la música. Revivir esta posibilidad puede ser posible en esta propuesta escénica que se presenta los miércoles en el Centro Cultural Helénico.

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