Un desafiante Decouflé en su homenaje a Bausch y Cunningham en el FIC

lunes, 29 de octubre de 2012
GUANAJUATO., GTO. (Proceso).- Con el público de pie aplaudiendo a rabiar, gritando y algunas caras largas, en su mayoría de adultos, Philippe Decouflé logró una vez más dividir la opinión de los asistentes que atiborraron el Auditorio del Estado de esta ciudad para ver su espectáculo Octopus. El director de la compañía DCA que tiene como sede la ciudad de París, de origen francés, ha sido considerado como una de las figuras de mayor resonancia mundial, no sólo por su innovadora e indócil propuesta escénica, sino fundamentalmente por su insaciable apetito por experimentar con humor, originalidad y un cierto toque de desfachatez. A sus cincuenta años no ha perdido la elocuencia, imaginación y desempacho de sus primeros años como creador veinteañero que algunos consideraban un tanto frívolo, y los más con la nueva promesa de un arte escénico mucho más gráfico y humorístico. Porque según él la primera premisa es que la gente no se aburra y aún más, recupere la sorpresa de avistar lo que se pensaría imposible de hacerse o de existir. Para ello, el artista transita entre el conocimiento ortodoxo del foro y la posibilidad de trabajar con un equipo que le permita dar rienda suelta a su desbordada hambre de acercarse al espectador. Con fama de confrontar a los grupos intelectuales y burlarse de ellos de alguna forma, Decouflé es un artista formado dentro del rigor de la danza contemporánea bajo la tutela de Alwin Nikolais y Merce Cunningham, pero no esconde que el artista que lo marcó en definitiva fue Charles Chaplin. Sus deseos infantiles y juveniles de trabajar en un circo, ser un payaso y un rock star, no terminó sus estudios de preparatoria. No obstante en 1983 ganó el Concurso de Danza de Bagnolet, y en 1992 fue el coreógrafo de la ceremonia y clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno en Albertvielle. Hacia 1997 llevó a cabo la puesta en escena de la apertura del Festival de Cannes, y en 2011 dirigió Iris, puesta en escena para el Circo del Sol que se presenta de manera permanente en la ciudad de Los Angeles, California, Estados Unidos.   Lo que no existe   Mientras da las correcciones a sus bailarines, Philippe Decouflé no deja de bailar. Vestido con unas sencillas bermudas, camiseta azul rey que resalta aún más el color de sus ojos, despeinado, acepta hablar en exclusiva con Proceso. De mirada frontal e inquisitiva, es desparpajado, y afirma que le cansan las entrevistas pero que es parte de su trabajo. Mediante un cuestionario al azar, selecciona a ciegas las preguntas y arranca con espíritu brioso a explicar quién es y por qué hace lo que hace. –Usted es poco convencional con sus propuestas escénicas. ¿También en su vida privada? –No. Soy una persona aburridísima, no hago nada interesante, voy al supermercado, compró comida, cocino. Veo televisión, muchas veces sólo voy de canal en canal y no veo nada. Me gusta estar solo, cuando salgo o voy a eventos es porque mi novia me lleva prácticamente arrastrando. “De seguro es porque trabajo demasiado. Trabajo todo el tiempo. Entonces, cuando paro, estoy agotado. Llevo en tour no sé cuánto tiempo y tengo además de Octopus otro espectáculo, Panorama, que estuvo en la Bienal de la Danza en Lyon, y otro permanente con el Circo del Sol. Y necesito revisarlos porque no me gusta que tengan errores o que fallen ciertos aspectos. En fin, soy una persona aburridísima. –¿Se inspira usted en la literatura para sus obras? –No. Para nada. En Octopus tenemos un poema (Hermenéuticamente abierta) de Gherasim Luca, que en la función de estreno sentí que aburría un poco a la gente y estoy viendo que la bailarina lo diga de otra forma. Puedo decir que me he inspirado en la literatura para otras obras, pero no es exactamente cierto. Trabajé en tres piezas a partir del Codex Seraphinianus, de Luigui Serafini –artista italiano, arquitecto y diseñador– que hizo esta enciclopedia de cosas imaginarias y en un idioma inventado por él. Muy interesante porte tiene un corte evolutivo. –¿Cuál es su obsesión con los pulpos? ¿Por qué su obra se llama Octopus? –Ninguna. Es un juego de palabras. Es una obra opus, para ocho (octo) bailarines. Es muy fácil, era simplemente mostrar el trabajo con ocho bailarines. Entre ellos hago un homenaje a dos de mis coreógrafos favoritos que murieron de forma reciente: Pina Bausch y Merce Cunningham. En su honor hay dos bailarines de Pina y dos de Merce bailando conmigo. Hay otro más, el bellísimo negro que bailaba en espectáculos nocturnos y que empezó a bailar conmigo y se quedó. Los demás llevan años conmigo. –Sus bailarines tienen un físico muy peculiar, algunos miden más del 1.80, son deslumbrantes. Además pareciera que usted está enamorado de ciertas partes del cuerpo de la mujer. –Sí, mis bailarines no son comunes en su físico, no ha sido fácil encontrarlos y hacerlos armonizar, me gusta el contraste entre mi novia, que es la chica blanquísima vestida de blanco, y el hombre negro estilizado, bellísimo y vestido de negro. Cuando bailan juntos uno siente que son algo fuera de este mundo. Y eso de que me obsesionan ciertas partes de la mujer, pues sí, soy un hombre al que le gustan las mujeres, sus piernas, sus pechos, sus brazos, no es que las vea desfragmentadas, es sólo que me parecen enloquecedoramente bellas, en el todo y en sus partes. “No es la primera vez que utilizo ciertas partes del cuerpo para hacer danzas, lo he hecho en videos, con los dedos de las manos. Cuando vivía en Nueva York en una ocasión le tuvieron que cortar una pierna a un compañero, yo estaba horrorizado. No imaginaba qué haría con su vida, y en cuanto pudo, saltaba y saltaba. Así que hice con él un dueto con tres piernas, algo extraño para la gente pero muy interesante de verse.” –¿Usted pone todo el vocabulario o utiliza la improvisación para crear las coreografías? –Hago las dos cosas. Hay bailarines que no les gusta que los pongas a improvisar y desean que trabajes con ellos muy precisamente lo que tienen que hacer. Tengo una bailarina que es así y con ella es muy claro cómo le indico las cosas, hay otros que les interesa que les digas la ida y les encanta poner de su parte una serie de propuestas. Trabajo en los dos aspectos. Soy bastante libre en ello. –Debe usted tratarlos muy bien para que aguanten el ritmo de trabajo que les impone la compañía. –No. Soy terrible, les grito y los maltrato y regaño todo el tiempo. Soy muy exigente y siempre pido más y más. No sé cómo me toleran tanto. –Se dice que su trabajo es un tanto comercial, popular y que por lo mismo el Circo del Sol lo contrató para sus espectáculos. –Jaa. Soy exitoso, que es diferente. Y no debo de ser tan comercial como dicen porque los del Circo del Sol tardaron veinte años en convencerme en que hiciera un montaje para ellos. No fue tan fácil. A mí me interesaba hacer algo circense pero poco convencional. En el circo los números van uno después del otro, mi idea era que todo sucediera al mismo tiempo, en el más profundo caos. “Y de la experiencia lo más interesante fue trabajar con los payasos, que son absolutamente como se dicen que son los payasos, los arquetipos de los payasos: malhumorados, solos, depresivos, intolerantes. Ensayan sus gags una y otra vez hasta que sean perfectos para hacer reír a la gente, pero ellos en su vida no se permiten el buen humor.” –¿Qué sigue para usted? –No lo sé. Quisiera hacer un gran musical en cine. Me gustaría tener artistas cantando, bailando, un gran vestuario, hacer una gran comedia musical. Pero por ahora tengo una agenda muy apretada y tengo que revisar todo lo que está en gira. Ya lo haré, claro que lo haré.

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