Glass y Wilson: "Einstein on the beach"

lunes, 12 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- La historia del teatro nos cuenta que los antiguos griegos se preparaban con bastimento y todo para asistir al teatro, puesto que esa actividad les llevaba todo el día. No era para menos ya que se tenían que enchufar la trilogía ofrecida por el autor de turno, que en realidad era tetralogía, porque además de las tres tragedias consabidas se presentaba una comedia. Aquello pues, para decirlo en términos llanos, era un relajo ya que comían, bebían, salían, entraban, se peleaban, insultaban, apostaban, etc. Aaahhh, también veían las obras, y a algunos hasta les prestaban atención. Muchos siglos después, Richard Wagner se arriesgó a efectuar su tetralogía que dura unas 16 horas, es decir, un promedio de cuatro horas por ópera pero, eso sí, la libertad para presenciarlas ya no era tan de manga ancha. Después de él, pocos autores se han animado a escribir y presentar obras de tanta duración, y uno de estos “aventados” es el ahora reconocido como genio musical, Philip Glass, quien en 1976 estrenó su ópera Einstein on the beach (Einstein en la playa), en abierta complicidad con otro creador igualmente considerado genial, Robert Wilson, encargado de la puesta en escena. Esta ópera tiene cinco horas de duración, sin intermedios, y como en los tiempos griegos, el público puede entrar y salir cuando se le dé la gana sólo bajo un tímido pedido de discreción. Treinta y seis años después de su estreno, ocurrido en el Festival de Avignon, Francia, Einstein on the beach llega a México y no sólo aquí, esto hay que recalcarlo, sino a América Latina; con excepción de Estados Unidos, es un estreno continental. Cuando Glass y Wilson se reunieron para esta su primera colaboración, acordaron crear una ópera extensa de no menos de cuatro horas y que tendría como motivo a un personaje histórico que, sin embargo, aparecería casi únicamente como pretexto para utilizar su nombre, ya que la ópera no relataría ni su vida ni sus hechos, y ni siquiera una línea argumental que enmarcara, destacara o, por lo menos, describiera al personaje en cuestión. En principio Wilson propuso a Hitler y/o Chaplin pero Glass se negó rotundamente, y a cambio sugirió a Ghandi, que Wilson no aceptó. El tercero en discordia, que en este caso fue de concordia, resultó ser Albert Einstein, sin relevancia argumental. En 1984 la ópera sufrió una revisión por parte de su autor, y otra en 1992 que, con ligeras modificaciones (la música permanece inalterada), debido a los avances tecnológicos que bien se aprovechan para la puesta en escena, es la que actualmente recorre el mundo y nos llegó, con el propio Glass al frente, y se presentó únicamente por tres ocasiones, los recién pasados viernes 9, sábado 10 y domingo 11 en Bellas Artes. Estructurada en cuatro actos, 9 escenas de veinte minutos cada una, y cinco knees (“rodilla” en inglés), que no son otra cosa sino intervalos entre las escenas y también sirven como obertura y postludio, Einstein on the beach no tiene absolutamente nada que ver con las óperas tradicionales que todos conocemos como las de Verdi, Pucinni y Mozart, por ejemplo. Es más, rompe de manera contundente con esa tradición y de hecho su estreno en Avignon provocó un pequeño escándalo, una verdadera revolución en la ópera. Se considera que a partir de su presentación, la ópera es, puede, y para algunos debe, ser otra cosa. La apreciación no es desencaminada, aunque sí polémica, ya que sin los componentes acostumbrados de la ópera: Argumento, arias, dúos, concertantes, etc., esta obra (obra es ópera en italiano) en tanto teatro musicalizado o teatro en música si se prefiere, es una ópera aunque, repito, no en sentido tradicional. Tal vez por eso, porque Einstein on the beach fue anunciada como ópera, por el prestigio del compositor, y entre la gente de teatro --o que acostumbra ir al teatro-- el renombre del responsable del montaje, tal vez por eso la noche del sábado Bellas Artes se vio repleto al inicio de la función, pero a la mitad al finalizar. Y es que bien a bien, hay que decirlo con toda claridad, la gente no sabía a qué iba, qué era lo que iba a encontrar. Si bien es cierto que la música de Philip Glass es bastante conocida y tiene un buen número de seguidores, tan bien lo es que, en México, pocos conocen sus óperas y muy, muy pocos han escuchado su música cinco horas seguidas sin interrupción. La música de esta ópera tiene momentos hipnóticos y otros de gran belleza integral como el solo de sax o la voz de la soprano en la cama y de enorme creatividad como los coros, en que lo único que se canta son las notas musicales; pero en otros momentos se hace repetitiva, o a muchos eso les parece, y no acaban allí sino consideran que es repetitiva y repetitiva y repetitiva y, claro, después de, digamos, una hora o dos, se impone la graciosa huida. Por otra parte, el montaje lleva a escenas realmente hermosas y otras hasta sorprendentes, como las de la pareja en el tren del segundo acto, o la del Edificio (en el tercero), de una enorme simplicidad y sencillez y precisamente por eso, bella, o la impactante de la barra de luz que, horizontal, va alzándose hasta ser completamente vertical y quedar sola, sin ninguna otra cosa más, luminosa, brillante, impactante, flotando al centro del escenario totalmente a oscuras (en el cuarto acto final). Experiencia, pues, extraordinaria, polémica por lo tanto pero, sin duda, enriquecedora en más de un sentido. Qué bueno que hayamos tenido a México como sede del estreno latinoamericano, con presencia de su autor, Einstein on the beach.

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