Cine: "Amour" en la Muestra de la Cineteca

martes, 20 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Si a Michael Haneke se le ocurrió titular una película con la palabra más trillada y explotada en la historia del cine, agravada por su resonancia en francés, era porque la cosa iba en serio; el maestro de mirada clínica, que en cada una de sus cintas ofrece una lección de anatomía de las emociones y del claroscuro del corazón humano, órgano que hasta ahora sólo tocaba con bisturí, escribe y dirige un drama de puro amor. Pero, cuidado, en Amour (Francia-Alemania-Austria, 2012) nadie canta o baila bajo la lluvia; para Haneke la naturaleza del amor es complicada, una fuerza capaz de revolcarnos en el lodo, un sentimiento que confronta la dignidad y el respeto del objeto amado, y del sujeto. La palabra amor nunca se pronuncia a lo largo de la historia de esta pareja de octogenarios, todo es responsabilidad y pacto secreto. Georges (Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuel Riva) son dos maestros de música retirados que viven en un espacioso departamento parisino, tienen una hija (Isabelle Huppert) que vive en el extranjero; Anne sufre un infarto cerebral y el resto es deterioro, angustia, la lucha empecinada de Georges por no permitir que su mujer acabe en un asilo u hospital, entubada y humillada. El germano Michael Haneke eligió a dos íconos del cine francés para interpretar a esta pareja de ancianos que camina por el filo del dolor y la muerte sin dejar de evocar la grandeza moral y artística que vivieron. Se trata de la inmortal Emmanuelle Riva (85 años) de Hiroshima, mon amour de Alain Resnais; y de Jean-Louis Trintignant (81), actor de Erich Rohmer (Mi noche con Maud). El pedigreé importa en este caso porque, además de resonar en la conciencia del cinéfilo con notas de Melville, Franju o Bertolucci, la cinta de Resnais, que lleva la palabra “amour” en el título, marcó, en su momento, al joven Haneke. Tampoco puede dejar de admirarse la generosidad y la entrega de estos dos grandes actores, frágiles por la edad y poderosos por la experiencia, a una historia tan arriesgada. En todo caso, la intertextualidad alimenta la paráfrasis; para una pareja que ha aprendido a amarse, la edad, la enfermedad y el enfrentamiento a la muerte son fuerzas tan devastadoras como la bomba de Hiroshima. Sesudo y siempre oscuro como realizador y guionista, Haneke parecía incapaz de tocar esos sentimientos que exponía siempre desde lejos (La maestra de piano), que jugaba (Funny Games), al grado de burlarse, con las emociones de su público; ahora habrá mucho que especular, empezando porque todas las parejas de sus cintas se llaman Georges y Anne. Amour es la revelación. Contados directores han logrado dos Palmas de Oro del Festival de Cannes; en los últimos tres años Haneke se agrega a la lista, una por El listón blanco, inquietante historia que prefigura la ascensión del nazismo; y otra por Amour. Lo relevante del asunto no es el récord, sino el desarrollo de una visión artística que lleva la marca, o las cicatrices, del siglo XX; mirada que se ofrece como posibilidad en el arte cinematográfico para lo que sigue, sin complacencias y fuera del circuito del mero entretenimiento.

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