Arte: pensar la pintura

miércoles, 7 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Aún cuando en México existen numerosos pintores, el interés por pensar la pintura es reducido o casi imperceptible. Al margen de la narrativa –ya sea abstracta o figurativa– y la emotividad expresada, el cuestionamiento sobre los retos creativos y teóricos de la identidad-pintura debería ser un detonante de reflexión y discusión. Los pintores mexicanos contemporáneos, ¿tienen la capacidad de construir nuevos e inesperados sistemas de representación pictórica? El buen oficio, la habilidad mimética y expresividad, no son habilidades suficientes para rasgar las limitaciones de pensamiento y percepción impuestas por los estereotipos institucionales –mercantiles, gubernamentales, posconceptuales, tecnológicos, revisionistas– del arte. En este contexto, ¿qué puede hacer la pintura para construirse un territorio artístico propio que seduzca el intelecto, impacte en sensaciones, satisfaga la emotividad y rebase la simplicidad de lo visible? Para asumir el reto de reinventar la identidad pictórica se necesita experimentar y, por lo mismo, la exposición que presenta Alberto Castro Leñero en el Centro de las Artes de la Ciudad de México es atractiva y relevante. Perteneciente a la talentosa generación de pintores nacidos en los años cincuenta del siglo XX y notoriamente reconocido como creador de trayectoria media, Alberto Castro ha desarrollado una poética personal basada en registros matéricos y cromáticos que oscilan entre la figuración, la abstracción y el gesto dibujístico. En 2010 y a raíz de una invitación del Centro de las Artes de San Luis Potosí, el artista inició la exploración de distintas intersecciones entre la pictoricidad y la imagen digital. Configurada a partir de elementos visuales relacionados con la fragmentación, la espacialidad y el encubrimiento matérico, la propuesta derivó en un proyecto de intervención mural que ahora se exhibe bajo el título Dominio-Dominó. Integrada por numerosas piezas de formato bidimensional y rectangular (160x80cms) que se expanden por las paredes en conjuntos que recuerdan a las fichas de dominó durante un juego, la exposición sintetiza en cada obra un diálogo particular entre la reproducción fotográfica y diferentes signos pictóricos. Realizadas con materiales diversos tanto en el soporte –madera, lino, tapiz– como en la resolución formal –laca automotiva, óleo, acrílico–, las pinturas trascienden la representación tecnológica de objetos, plantas, ciudades, personas y animales, transmutándose en atractivos entes con evidentes protagonismos matéricos y sígnicos. Intervenidas con abstracciones orgánicas, retículas, manchas, círculos, chorreados, líneas, veladuras, colores estridentes y tonalidades monocromáticas, las superficies, con todo y su expansión a muro, se perciben como un extraño cuerpo pictórico que evidencia la existencia, forma y movimiento de la materia. Un ente que, sin embargo, se debilita por las referencias a corporeidades humanas. Interesante también por la conversión escultórica y lumínica de las pinturas, la muestra problematiza varios modelos de percepción visual generando una espontánea reflexión sobre la identidad de la imagen pictórica.

Comentarios