Actualidades Escénicas: La melancolía de "Tío Vania"

jueves, 8 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Bajo la amenaza de una obra con duración de dos horas diez minutos sin intermedios, el espectador, mientras toma su lugar, se adentra a un espacio escenográfico compuesto por un hombre dormido en una silla, otro sentado de frente y un frío muro de espaldas. Tío Vania es una obra ya clásica de Antón Chéjov que gira en torno a la decadencia de la burguesía rusa. La ociosidad, el aburrimiento y la despreocupación reinante de esta clase social es narrada por medio de una disputa familiar. La cotidianidad arrasa con los personajes. La vida del campo es llevada de buena manera hasta el día que regresa a vivir a la finca, un anciano profesor erudito, y su joven esposa Elena. Vania es el administrador junto con su sobrina Sonia de esta propiedad heredada a su difunta hermana. La obra habla del deber y la obligación aunados con el miedo, la frustración y el fracaso. Los personajes son complejos y nos presentan distintas etapas de la vida. El director David Olguín toma la traducción del ya desaparecido y célebre director escénico Ludwik Margules, haciéndole mínimas adaptaciones de texto y espacio. La vigencia del texto está en lo cercano que nos queda la puesta de Olguín. El espacio es simbólico. De principio se tiene de fondo un enorme muro que parece acero. El muro se va a levantar semejando abrir la ventana de una casa para conocer el interior de ella. El estudio está en lo profundo del escenario, pareciera que alguna vez estuvo ricamente adornado pero ahora sólo da tintes de empobrecimiento y crisis. La decoración de las paredes crean un espacio que va entre lo moderno y lo abstracto. A lo largo de la obra se utilizan sillas y varias mesas que cambian conforme a la escena. Existen dos entradas, ambas a los lados con un pasillo que rodea el espacio del espectador. Este método hace que el público escuche y sienta lo que pasa fuera de escena sin necesidad de verlo. La iluminación nos crea una espacio parecido a una fotografía en sepia. Aquella y la escenografía, ambas muy logradas, son obra de Gabriel Pascal. El sonido, creado por Rodrigo Espinosa, permite que el espectador vibre con la tormenta y se asuste con los truenos. El vestuario nos deja sentir el otoño ruso y el trabajo de campo. Estela Fagoaga logra un estilo sencillo y acorde a la época de tonalidades opacas. Nos separa a Elena, la mujer de ciudad, del resto del grupo con sólo utilizar una gama distinta colores. Las actuaciones desde un principio están contenidas pero con una energía que va en aumento hasta el instante en que parece harán explosión. El texto de Chejov cobra vida con éstos ocho actores en escena. Las interpretaciones son complejas. Los personajes están trabajados y unidos actoralmente por el mismo tono. Me permito destacar a Arturo Ríos como Tío Vania, personaje principal, quien logra una magnífica interpretación del interior y exterior del polémico personaje. El elenco completo incluye a Arturo Ríos, David Hevia, Mauricio Davinson, Laura Almela, Raúl Espinosa, Esmirna Barrios, Rubén Cristiany y Tina French. Todos con un excelente trabajo. La obra nos cuestiona como sociedad y como seres humanos. Y deja en el espectador el melancólico temor de convertirse en un mueble más. Se presenta en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz en el Centro Cultural Universitario con funciones: Jueves y viernes a las 20:00 horas, sábados a las 19:00 horas y domingos a las 18:00 horas. ---------------- (*) Alumna de Literatura y Arte Dramático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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