Teatro: "Tomar partido" con Zurita y Sánchez Navarro

miércoles, 19 de diciembre de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El dramaturgo sudafricano Ronald Harwood, radicado en Londres desde 1951, tiene un interés particular sobre el papel del artista en la sociedad en que vive. En sus obras de teatro, que él mismo adapta a la pantalla grande –El pianista dirigida por Roman Polanski y Requiem por un imperio (Tomar partido) dirigida por el cineasta húngaro István Szabó– deja que el espectador haga sus propias conclusiones. Su éxito radica en mostrar las dos caras de la misma moneda, en profundizar en la polémica, dar el contexto de la situación y mostrar a sus personajes vulnerables y al mismo tiempo soberbios. Tomar partido, que ahora se presenta en el Foro Cultural Chapultepec, protagonizada por Humberto Zurita y Rafael Sánchez Navarro, cuestiona la pasividad o el involucramiento del artista en acontecimientos políticos y sociales. Elige una situación extrema: el fin de la Segunda Guerra Mundial, donde los triunfadores y los traidores apenas se estaban decantando. Harwood nos sitúa en el destruido Berlín de 1946, recién terminado el conflicto. El comandante norteamericano Steve Arnold recibe el encargo de investigar el comportamiento del prestigioso director de orquesta Wilheim Furtwängler durante la época nazi y encontrarlo culpable. Sin ningún interés en el arte, aplica los sistemas intimidatorios de la Gestapo. Humilla, critica y se burla de los principios éticos que sostiene el director de la mítica Orquesta Filarmónica de Berlín y no entiende su razonamiento. Le parece imposible que mientras otros artistas partieron al exilio y se rebelaron contra el régimen de Hitler, el músico vivió centrado en su obra y trató de mantenerse al margen de la situación política del país. Por ello, con una actitud un tanto radical, Arnold trata de culparlo de colaboracionismo con el Estado nazi. A través de tal argumento, Harwood nos propone un dilema donde el espectador tiene que dar su propia respuesta: ¿Es aceptable que en esa situación extrema el artista se encasille en su obra sin intervenir o, por el contrario, debe exigírsele que se subleve contra el sistema? El director de orquesta, al cual el dramaturgo investigó exhaustivamente, se explica, pero quedan huecos en sus argumentos. Con la interpretación de Rafael Sánchez Navarro, el personaje se mantiene sólido en su comportamiento, sin grandes aspavientos; su presencia es convincente, templada y con explosiones fugaces. El mayor estadunidense que interpreta Humberto Zurita también mantiene la presencia escénica requerida, y hasta cuando muestra sus porqués y su odio profundo a lo ocasionado por los nazis, llegamos a entenderlo un poco más. Afortunadamente, el director Antonio Crestani no recurre al constante movimiento ni a un retorcido trazo escénico. Confía en un estilo naturalista, con lo que la puesta en escena es limpia y precisa. Deja que los personajes se muestren, a través de estos grandes actores, sin necesidad de más. El mismo autor propone un sencillo espacio de una oficina, donde suceden las vibrantes confrontaciones tanto a nivel intelectual como emocional. Los actores que acompañan a los protagonistas tienen un desempeño acertado en sus particularidades: Marina de Tavira, la secretaria del mayor, con un padre ejemplar pero con un secreto que empaña su alma; Martín Altomaro, un músico dispuesto a todo por mantener un status; Stefanie Weiss, mujer desesperada por el destino de su marido, y Sergio Bonilla, un soldado queriendo hacer bien su trabajo. La estructura dramatúrgica de Tomar partido tiene la cualidad de mantenernos en tensión progresiva y es reforzada por la dirección escénica. Las verdades que se van descubriendo y los argumentos de cada contrincante están armados sabiamente, y con paciencia nos van mostrando la infinidad de lados que tiene la realidad. No se toma partido; sólo dejan que nosotros lo hagamos o simplemente nos quedemos con muchas interrogantes difíciles de responder.

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