La obra de Antoni Tàpies en México

lunes, 13 de febrero de 2012
Los críticos de arte Raquel Tibol y Miguel Ángel Muñoz sitúan el aporte del reconocido pintor catalán, que falleció el pasado lunes 6 en su natal Barcelona, 10 meses antes de cumplir 89 años. Tibol pone el acento en su relación con México (aunque nunca vino), mientras que Muñoz rememora una visita que le hizo en diciembre pasado y lo llama “uno de los artistas más puros y matéricos de la segunda mitad del siglo XX”. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Pintor, escultor, escritor, Antoni Tàpies (Barcelona, 13 de diciembre 1923-6 de febrero 2012) nunca llegó personalmente a México, pero su obra tuvo una fuerte presencia que se inició en 1974. Por última vez se pudo ver aquí su trabajo siempre cambiante en 1991. Estudió Derecho entre 1941 y 1946, mientras se entretenía copiando imágenes de Van Gogh y Picasso. Al decidirse por las artes plásticas practicó con materia espesa un realismo expresionista. En 1948, con Brossa, Cuixart, Joan Ponç, Thárrats y el filósofo Arman Puig, fundaron el grupo Dau al Set, con simpatías por el realismo mágico y el surrealismo, el cual editó una revista del mismo nombre. Su primera exposición tuvo lugar en 1950 en las Galerías Layetanas de Barcelona. En 1953 obtuvo el Gran Premio de Pintura de la Bienal de Sao Paulo. Su prestigio internacional se expande rápidamente. De la amplitud de su proyecto se dio cuenta la respuesta expresada al crítico Juan Eduardo Cirlot cuando éste le preguntó sobre sus preferencias y sus ascendientes. Dijo Tàpies que sus maestros habían sido los surrealistas en general Klee y Miró, y que sus preferencias iban desde el arte de África, Oceanía, las civilizaciones mesopotámicas y egipcias, las caligrafías orientales, a las artes populares, los frescos romanos, los primitivos españoles e italianos, el tenebrismo español del siglo XVII, las pinturas negras de Goya, Monet, Van Gogh y Picasso. Y a otra de las preguntas del crítico contestó que él experimentaba con diversas técnicas para poder expresar de una manera adecuada ciertas ideas. Por primera vez se vio obra de Tàpies en México en 1974. Entonces la Galería Juan Martín presentó la colectiva Gráfica Española de Hoy. En el conjunto destacaba Bandera catalana de Tàpies, de gran fuerza significante, una bandera libertaria que parecía haber salido tremolando del tórculo para reafirmar su convicción antifranquista. También en 1974 el Museo de Arte Moderno de Chapultepec presentó Maestros de la Pintura Española Actual. Abría la muestra una gran pintura de Tàpies: Bandera roja colgante, de 1971, que poco después fue adquirida por Rufino Tamayo. Al organizarse en los años ochenta el museo que lleva su nombre, la Bandera pasó a formar parte de la selección española, seguramente la más completa y, por lo mismo, de muy alto valor estético. Tàpies se mostraba en esa pintura no sólo como el metafísico de una tectónica, sino como el creador de un lenguaje capaz de escurrir su elocuencia por las delgadas fisuras que había dejado el muy reaccionario y anacrónico censor franquista, quien creyó estar vigilando una estructura monolítica. Tàpies había superado la etapa de las texturas como una finalidad en sí misma, y de los esgrafiados como un juego de formas puras. Seguramente las etapas primeras, que lo convirtieron en el líder de la corriente aformalista, fueron necesarias para conquistar otro lenguaje plástico. A fines de 1975 en la Galería Ponce (dirigida por Carlos García Ponce, hermano de Juan y de Fernando) se exhibieron 53 gráficas de Antoni Tàpies, las cuales se desarrollaban en dos vectores preponderantes: 1) la negación del objeto artístico atenido a conceptos establecidos, y 2) gestos emocionales de sentido protestatario. El catalán privilegiaba lo gestual sobre el exceso de manualidad artesanal. Francisco Calvo Serraller y sus colaboradores en el seminario sobre arte español del siglo XX consideraban que con el paso del tiempo la dimensión iconográfica fue adquiriendo, más y más, una gran importancia. “En sus pinturas –señalaban– suelen aparecer signos como cruces, líneas, números, letras como la A y la T, iniciales de su nombre, así como una fuerte presencia de la figura humana, aparentemente velada por la abstracción.” En la Galería Ponce de la Zona Rosa se pudo apreciar que Tàpies pretendía revitalizar el sentido crítico del receptor, al que rechazaba como espectador pasivo. El suyo era un llamado al juicio crítico del que mira. Su plataforma artística quedó ampliamente refrendada en 1981, en su exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec. En 1991 el Museo Rufino Tamayo presentó Constantes del Arte Catalán Actual. La figura estelar fue Antoni Tàpies, con siete piezas producidas entre 1960 y 1990, cuya energía simbólica había ido cambiando con el paso del tiempo. Las cruces, las figuras desmembradas, los rayados se habían vuelto signos con menos carga histórica. Sobresalían en las piezas recientes los impulsos caligráficos. En 2008 la Universidad Autónoma de Nuevo León llevaba muy adelantados los tratos con la Fundación Tàpies para exponer 14 libros del artista. Por el gran formato de las piezas debían construirse vitrinas especiales, cuyo costo esa universidad no pudo asumir y el contrato quedó cancelado. La Fundación Tàpies se instauró en 1990. Ella resguarda una colección muy completa de su trabajo, sus archivos, a la vez que se ocupa de los trámites tanto para las exhibiciones individuales como para la participación en muestras colectivas. En 1990 Tàpies ingresó como Académico de Honor en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. De los numerosos premios recibidos mencionaremos unos cuantos: El Carnegie de Pittsburg (1958), el Gran Premio de Grabado de la Bienal de Liubliana (1967), el Rubens de Siegen (1972), la Medalla de Oro del Ministerio de Cultura de España (1981), la Medalla de Oro de la Generalitat de Cataluña (1983), el Officer des Arts et des Lettres del Ministerio de Cultura Francés (1984), el Príncipe de Asturias de las Artes (1990), el jápones Praemium Imperiale de pintura (1990). Sus exposiciones individuales sobrepasan el centenar. Los libros de su autoría se han editado casi siempre en Barcelona: La práctica de l’Art (1970), L’Art contra L’estética (1974), Memoria personal. Fragment per una autobiografía (1977), La realitat com Art (1982), Per un Art modern i progresista (1985)…

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