"Pez mortal"

viernes, 3 de febrero de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Dentro de la tendencia ultra-nihilista del cine japonés de las dos últimas décadas, en cuyas filas se cuentan directores como Takashi Miike, Shusuke Kaneto o el gran Shinya Tsukamoto (Ichi, el asesino), el poeta y realizador Shion Sono es, seguramente, el más importante pero el menos conocido fuera de Japón. Entre los primeros predomina el placer culpable del culto al gore y al sadomasquismo; en la obra de Sono, cercana a la obra de Kiyoshi Kurosawa (Tokyo Sonata), el juego de horror y erotismo busca denunciar a los demonios ocultos tras los tabúes de una sociedad desencantada. Pez mortal (Tsumetai nettaigyo; Japón, 2010), parte de la trilogía del odio, reelabora la historia verídica de un crimen de nota roja; Shamoto (Mitsuru Fukikoshi), tímido y amable vendedor de peces de acuario, vive con su segunda esposa y con una hija a la que sorprenden robando en otra tienda; el carismático dueño de esa gran tienda de peces, Murata (Denden), tipo extrovertido que maneja su propio Ferrari, pasa por alto el delito de la muchacha y le ofrece trabajo. Posteriormente, el señor Shamoto descubre que Murata y su mujer son un par de asesinos psicópatas; con ellos termina envuelto, demasiado tarde para dar la vuelta. El descenso en la espiral de locura parece inevitable; con su excéntrico comportamiento, Murata seduce a sus nuevos amigos y con una telaraña de extraños rituales religiosos los compromete sin salida; hasta aquí, la lógica es típica al género de asesinos seriales y sus víctimas, delirio de grandeza de una mente criminal que se postula para la medalla de oro del crimen; terror y excesiva crueldad, especialmente con las mujeres, toda una tradición heredada, en parte del género del Roman Porno, el cine erótico y sádico que la Nikkatsu promovió en los años setenta, misma compañía productora de Pez mortal. Pero Sono junto con su coguionista, el artista visual y filósofo Takahashi Yoshiki, a cargo también del diseño de arte, se valen de los códigos sociales para construir un laberinto de contradicciones y chantajes. Aunque cada vez más elaborado y dramático, el cine de Sono se ciñe al formato de la composición y la instalación de su etapa de guerrillero del arte urbano; se vale del humor y la sátira para componer sus cuadros y salpicarlos de sangre, como el de un crimen cometido con la cabeza de la virgen católica. La influencia del manga, la caricatura japonesa, es constante; casi cualquier reseña sobre la película lo hace notar; pero hay que aclarar que el diálogo con el manga de un artista como Sono en Japón, es tan serio como el de cualquier artista con otro arte visual. La lista de normas sociales que Pez mortal (el título en japonés “Sería pez tropical helado”) desgrana y descompone una por una, es evidente; pero Sono convierte las reglas sociales en mera estricnina, como el veneno que utiliza Murata para acabar con sus víctimas: excesiva urbanidad que se espera de un tipo como Shamoto, perfil del respetuoso “salariman” del Japón desencantado de hoy en día, que sabe disculparse pero no es capaz de protestar inmediatamente ante el abuso de los jefes o de la autoridad en general; vergüenza y culpa ante el mal comportamiento de la hija; por encima de todo, la obligación que encierra el agradecimiento por un favor como el de no acusar a la chica. Pez mortal se exhibe en el circuito temporal de la Cineteca Nacional.