Adiós a Manuel Stephens

lunes, 6 de febrero de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Manuel Stephens vivió lo suficiente para lograr triunfar en todo lo que se propuso. De la nada, bajo la dirección de Guillermo Maldonado, entró al campo de la danza profesional como bailarín con condiciones pocas veces vistas: pies apuntados, espalda flexible, salto, giro y sobre todo ganas. Hijo del historiador del mismo nombre, Manuel se desarrollo paralelamente como un estudioso de las letras inglesas, en las que hizo su licenciatura, para posteriormente cursar una maestría en literatura comparada, ambas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde hasta su muerte se desenvolvió como maestro y académico. Pero como la danza siempre fue su demonio interior, trabajó ferozmente para integrarse a colaborar con creadores de la talla de Duane Cochran, director del grupo Aksenti; José Rivera, director de La Cebra Danza Gay; Benito González y Evoé Sotelo, directores de Quiatora Monorriel, entre otros. En todos los grupos en los que bailó se destacó. Ambicioso y competitivo optó por experimentar en el campo de la coreografía con el grupo Opus Nigrum, fundado por él. Sin dudarlo compitió en el Premio INBA-UAM, que ganó en 2004. El baile y la investigación se tornaron en un nuevo objetivo y realizó amplios ensayos sobre la danza contemporánea independiente; por ello trabajó en una asombrosa cronología de la danza mexicana para la edición México: su apuesta por la cultura, editado por Proceso, la editorial Random House Mondadori y la UNAM (2003). Posteriormente entró a las filas de La Jornada Semanal, donde marcó un paso seguro e importante. Sus artículos sobre las nuevas tendencias en la danza contemporánea lo convirtieron en un crítico admirado. Los últimos tres años se incorporó a La Danza del Lápiz (LDL), agencia de noticias de danza que auspicia la UNAM, y destacó como reportero feroz, aficionado a los datos difíciles de obtener y a temas relacionados con nuevas formas de entender el cuerpo y el movimiento. Enemigo de los teléfonos celulares, correos electrónicos, facebook y cualquier tipo de red social, era un tanto solitario y prefería pasar los días devorando literatura y poesía. Militó por la causa gay y en defensa de las mujeres. Hace dos años fue asaltado en un taxi que tomó para ir al aeropuerto, iba a impartir un curso a Mazatlán, y nunca llegó. Le robaron todas sus cosas, incluida su preciada computadora con todos sus escritos, y además lo golpearon salvajemente. Como resultado entró en una profunda depresión de la que no salió jamás y su salud se quebrantó. El jueves 2 de febrero murió de neumonía. Tenía 45 años y estaba exhausto de sentir que no pertenecía a este mundo.

Comentarios