Adiós a la historia

martes, 20 de marzo de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- En el auge de la danza contemporánea independiente de los años setenta y ochenta, hubo una tajante rebelión contra los estereotipos que la técnica Graham había generado en las llamadas “compañías subsidiadas”. Ballet Nacional de México de Guillermina Bravo, Ballet Teatro del Espacio, de Gladiola Orozco y Michel Descombey, y Ballet Independiente de Raúl Flores Canelo, eran percibidos por las nuevas generaciones como dinosaurios inamovibles que no experimentaban del todo con las nuevas tendencias del arte ni reflejaban a la compleja y diversa multiculturalidad del país. Esto, aunque se entiende como un problema lógico generacional, no estaba del todo fundado puesto que Guillermina Bravo hizo su obra desde una perspectiva intelectual sin parangón, como lo asientan investigadores como Alberto Dallal, quien la señala como poseedora de una visión crítica del arte inigualable y un conocimiento del foro como no se ha repetido hasta ahora. Bravo además había logrado formar un grupo extraordinario de bailarines que estaban capacitados para estar en la primera fila de la danza mundial: Antonia Quiroz, Miguel Ángel Añorve, Orlando Shecker, Eva Pardavé, Jaime Blanc, Luis Arreguín y Victoria Camero fueron en su momento bailarines de gran fuerza y entrenamiento que podrían haber bailado como estrellas en cualquier compañía mundial. Michel Descombey y Gladiola Orozco bordaron detalladamente su trabajo por otros senderos y, sin lugar a duda en los setenta y ochenta, lograron una escalada de éxitos que los encumbraron a nivel internacional. Con un básico conocimiento de la historia de la danza en México, resulta obvio que el nombre de Descombey significó y significa vanguardia y precisión. Cartesiano y crítico de la sociedad, tenía una visión universal del arte que lo llevó del ballet a la danza contemporánea con una facilidad brutal, adelantándose a todos los creadores europeos de su época. Este hecho es tan claro que si se revisan los diarios internacionales se encuentra con que el Ballet Nacional de Cuba, compañía top fundada por Alicia, Fernando y Alberto Alonso, presentó apenas hace unos días La muerte del cisne, de Descombey, en España, recibiendo una espectacular ovación de varios minutos como la que recibía Javier Salazar cuando interpretaba el singular papel. De esa compañía salieron figuras de la talla de Solange Lebourges, Marie Joelle Clemente, paralelamente Descombey le abrió la puerta a bailarines y coreógrafos como Jorge Gale, que con sus obras, particularmente Vientos blancos, levantaba de sus butacas al público. El Ballet Independiente, en sus mejores momentos --ahora parece una nave a la deriva, pero eso sí es una compañía muy correcta para la burocracia cultural--, tuvo una atinada dirección en Raúl Flores Canelo y la encomiable ayuda de Rafael Castanedo y Manuel Hiram. Si bien resultaba un tanto costumbrista y poco interesante en cuanto al sentido estricto de sus propuestas formales de movimiento, tenía un éxito incuestionable por retratar --hasta la ilustración misma o hasta la escena didáctica-- situaciones urbanas, insólitas y próximas. Además, contrariamente a las otras dos compañías anteriores, Canelo supo cómo engolosinar a sus bailarines con la posibilidad de ser creadores. Ballet Independiente es históricamente el mayor semillero de coreógrafos profesionales que hayan surgido de una compañía: Jaime Hinojosa, José Rivera, Teté Lópezllera, Georgina Gutiérrez, Javier Basurto, entre otros, están en la jugada de la danza actual y en circunstancias muy reconocidas por el propio gremio. Pero en ese proceso dialéctico que es la historia, los detractores de estos grupos se empeñaron por un largo rato en mandar al diablo la técnica ---cualquiera que esta fuera--. Incursionaron en otras formas escénicas y experimentaron con los espectáculos de calle de forma notable. Todo lo que se hizo a partir del terremoto de 1985 resultó ejemplar y marcó un precedente del arte social pocas veces visto con compañías como Barro Rojo, Contradanza y Asalto Diario, entre otras. Al paso del tiempo estos grupos demostraron que eran poseedores de una gama de posibilidades técnicas e interpretativas importantísimas. Laura Rocha, Francisco Illescas, Norma Batista, Serafín Aponte, Margarita Tortajada, Cecilia Appleton, Raúl Parrao, Gabriela Medina, y muchos otros más, lograron ser no sólo temerarios sino que buscaban romper con los estereotipos de “lo bonito” para entrar en el terreno de lo ominoso y la denuncia inmediata. A la par, en el interior del país, Monterrey, Nuevo León; Hermosillo, Sonora; y Culiacán, Sinaloa, empezaban a gestar movimientos importantes para entrar al camino de la creación diversa y de investigación temática. El advenimiento de las nuevas tecnologías ha creado ahora una nueva generación hambrienta de romper con todos los moldes de los ahora “viejos grupos independientes”, con ganas de literalmente romper con cualquier estereotipo previo e imponer ideas cercanas a ciertos autores filosóficos, formas novedosas de allegarse al arte de la danza y la cercanía al fenómeno del performance. Pero por desgracia, el desastre del mundo que se vive en la actualidad no tiene cabida para ellos todavía. Por un lado su discurso formal inconexo y un tanto farragoso no se sostiene en la fisicalidad sino en el pensamiento; por el otro, pareciera que para ellos el mundo de las ideas es más interesante que el de las emociones. Esta perspectiva poco holística no conmueve y es más interesante para los que la hacen que para quien los ve. Habrá que esperar un poco más para verlos en un verdadero momento de madurez y fuerza.

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