"Shame: deseos culpables"

lunes, 26 de marzo de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Brandon (Michael Fassbender) es un adicto al sexo, busca encuentros casuales, tiene relaciones carnales con prostitutas o pasa el tiempo mirando pornografía en computadora; por lo demás, parece un tipo bien ajustado, trabaja en una corporación en Nueva York y vive en un buen departamento. Un día, Sissy (Carey Mulligan), su única hermana, llega a instalarse con él por unos días. Incapaz de responder a la demanda de relación y afecto, este inmigrante irlandés, que vive en Estados Unidos desde la adolescencia, queda expuesto ante la magnitud de su vicio. En su primer largometraje, Hunger, el videasta y artista plástico Steeve McQueen (Londres, 1969) abordó un asunto político que lo obsesionaba desde la infancia, las huelgas de hambre de los prisioneros del IRA. Se trataba de explorar el efecto de la tensión entre hambre y dignidad en el cuerpo de los presos. En Shame: deseos culpables (Shame; Reino Unido, 2011) McQueen ausculta el efecto en el cuerpo y en el alma de un hombre presa de un vicio que hasta hace poco se reconoce como adicción sexual. La reticencia de los adictos sexuales en Inglaterra a hablar abiertamente del tema durante la investigación del realizador y de su coguionista Abi Morgan, los llevó a situar su historia en Nueva York; Shame, aclara McQueen, no es una película americana. Antitética al sistema de Hollywood, la dramatización de la sexualidad está completamente desprovista de erotismo y de glamour; Brando no disfruta el sexo, se masturba compulsivamente aun en los baños de la oficina, los encuentros sexuales son apresurados e incómodos, y fracasa estrepitosamente en la intimidad con una mujer por la que se siente atraído. Cualquier vínculo emotivo le parece demasiado amenazante. Los comentarios insisten en mencionar Un psicópata americano como referente; la vacuidad y el desasosiego del neoyorquino moderno atraen la comparación, pero a diferencia del psicópata de Bret Easton Ellis, Brandon mueve a la compasión, es básicamente un buen tipo atormentado por el mal que lo aqueja. Nueva York funciona como refugio y como trampa mortal. McQueen expone el dolor y la afrenta de este hombre que viaja en Metro, toma elevadores o corre por las calles para sudar su angustia. Como comenta Michael Fassbender de su personaje (interpretado magistralmente), se podrían escribir volúmenes de todo lo que no dice Brando, o de lo que no dicen él y su hermana. Un implacable acercamiento de cámara atrapa la interpretación de Sissy cantando New York, New York a manera de blues; Carey Mulligan convierte este casi himno neoyorquino en una carta de amor al hermano, en una historia de fracaso y desolación. Clave para entender la estética de McQueen es el concepto instalación; ejemplo, la secuencia del enfrentamiento entre los hermanos, sentados en el sofá y tomados de espaldas viendo las caricaturas en la televisión. El déjà vu los atrapa en un presente sin salida. En la exploración de la adicción sexual que realiza Steeve McQueen, la vergüenza es la plataforma de expresión y la única posibilidad de conciencia. En un brillante estudio, Ewan Fernie (Shame in Shakespeare) demuestra que la vergüenza no es un sentimiento, sino una forma de percepción del individuo frente a sí mismo.

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