Renán exige en Bellas Artes que asesinos de Fernández sean castigados con el rigor de la ley

domingo, 15 de abril de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- El escritor Raúl Renán exigió en el homenaje póstumo al poeta Guillermo Fernández (quién el 31 de marzo fue encontrado sin vida en su casa de Toluca tras un golpe en la cabeza, maniatado y amordazado) “que los culpables sean castigados con rigor por la justicia”. Ante todo, dijo con quien Guillermo Fernández, Francisco Hernández y Carlos Isla crearon La Máquina Eléctrica Editorial, “de poetas y para poetas”,  “es pertinente sin duda expresar que está reunión celebrada para Fernández “sea a su vez un acto de protesta por el horrendo crimen del que fue víctima, no puede ser que una persona que estaba en el mundo cultivando el bien espiritual haya sido objeto de un atentado de tal naturaleza”. La cita fue en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, donde Hernán Bravo Varela, Jorge Esquinca, Vicente Quirarte, Enzia Verduchi y Guillermo Zapata con Héctor Orestes Águilar como moderador, recordaron a Fernández como poeta, traductor, publicista, apasionado del futbol, las pastas y el tequila, maestro y gran conversador. Quirarte a su vez propuso el rescate de los libros y documentos de Fernández para que ingresen a una institución que los custodie y puedan ser consultados por el público. El también miembro de la Academia Mexicana  de la Lengua se refirió a Fernández como el traductor mexicano más importante del italiano al español: "Nunca quiso ser un ciudadano útil a la sociedad, pero fue un incansable trabajador. Si, como dijo al poeta Víctor Ortiz en una entrevista, en la traducción (Fernández) encontró una tabla de salvación, en su personal naufragio, en el silencio que parecía querer oprimirlo y ahogarlo, trabajaba con disciplina y eficacia de obrero y no permitía que nada ni nadie lo interrumpiera". Luego se refirió a la obra poética del autor de Visitaciones (1964), La palabra a solas (1965), La hora y el sitio (1973) y Bajo llave (1983): “En sus últimos años (Fernández) regresó a la poesía personal; cada vez más breve, antirretórica y seca; cada vez más alta y diferente a lo que había escrito antes”. Otro amigo de Fernández y poeta, Jorge Esquinca, escribió el prólogo de Arca, libro que reúne la obra poética de Fernández y que fue publicado por el gobierno del estado de Jalisco a mediados de 2011. Rememoró que era ardua la disciplina del traductor tapatío, quien se mostraba cortante con sus amigos cuando éstos le llamaban por teléfono de día, que era cuando trabajaba en la traducción. “Yo le llamaba en las noches para conversar largo tiempo. Porque en el día trabajaba. Sólo interrumpíamos cuando mi teléfono electrónico ya no tenía pila y él se molestaba. Me regaló un teléfono normal para conversar el tiempo necesario, hasta la madrugada”. Señaló que la lengua italiana fue un refugio para él, “la lengua de Eros Alesi y Dante Alighieri, entre otros grandes italianos, fue su brújula”, resaltó. El joven poeta Hernán Bravo habló del gusto de Fernández por la música, quien era amante de la obra de Mahler, The Doors y Leo Dan, y se refirió a la breve obra del traductor jalisciense, quien “escribió 350 páginas de poesía en medio siglo, pero su trabajo como traductor de literatura italiana, sin paralelo alguno en nuestra lengua, lo llevó a publicar a miles”. Argumentó: “No es que Guillermo tuviera cada vez menos que decir como poeta, sino que lo hizo, preferentemente, a través de sus traducciones… La traducción era otra cosa: le permitió, no sin alivio, cerrarle el paso a sus quimeras y darle voz a incontables otros, desde Dante Alighieri hasta Valerio Magrelli. Reanimó a vivos y muertos, los hizo hablar en perfecto español y los despojó de su extranjería”. Por su parte, Verduchi expresó que cuando perdía el equipo de futbol de Fernández, las Chivas, éste se ponía de muy mal humor, pero él aprendió a degustar el tequila. Además, “siempre se le olvidaban sus presentaciones del libros, tenía que ir por él”. Enseguida confesó que fue para ella un choque muy fuerte que después de cada fiesta, Fernández cantara a Leo Dan. Al final, el músico y compositor Zapata presentó una canción en honor al poeta. Así, su homenaje, que se preparaba para el 2 de octubre de este año, cuando llegaría a los 80 años de edad, tuvo que ser adelantado por su abrupta muerte. La última presentación del libro de Fernández fue  Arca: obra reunida, llevada a cabo a mediados del año pasado en Guadalajara, su ciudad natal, donde también recibió el Premio Juan de Mairena. Entonces, el poeta comentó, emocionado: “Hay algo que me llevo muy dentro: [el cenzontle] estuvo cantando y todo ha sido inolvidable”. Se inclinó por la traducción de escritores italianos desde los 45 años, nació desde niño cuando conoció la musicalidad del italiano por el Cántico de las criaturas, de San Francisco de Asís. Traducir fue como una tabla de salvación, según dijo, pues al no saber qué rumbo tomaría en su vida, ese fue el cauce que le dio y que le hacía falta. Fue así como “bajo este mal necesario” -como le gustaba a Fernández llamar a su labor-, tradujo por más de 30 años una gran lista de autores como Dino Campana, Umberto Saba y Andrea Zanzotto, así como a los narradores Cesare Pavese, Italo Calvino y Antonio Tabucchi, sólo por mencionar algunos.

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