El general Prim después del 5 de mayo

martes, 15 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Tal vez no exista ciudad mexicana que no tenga una calle con su nombre. Los libros de texto lo mencionan con gratitud porque en 1862 retiró los ocho mil hombres del ejército expedicionario español a su mando y logró convencer a los británicos de que zarparan también de Veracruz. Los franceses y los imperialistas mexicanos se quedaron sin apoyo en la aventura imperial. Sin embargo, fuera de nuestros historiadores casi nadie en México sabe nada de Prim. Vale la pena aprovechar la oportunidad única del sesquicentenario de La Batalla de Puebla para conocer un poco de esta gran figura histórica.El desembarco en la fiebre En octubre de 1861 España, Francia e Inglaterra, reunidas en la Convención de Londres, decidieron la intervención militar en México para exigir al gobierno de Benito Juárez el pago inmediato de la deuda. Era imposible. Sólo las exigencias del representante francés Pierre Dubois de Saligny significaban los ingresos totales de México en muchos años por venir. Pero todos sabían que el objetivo de Napoleón III, a quien impulsó a la aventura su esposa española Eugenia de Montijo, era establecer un protectorado que explotara las riquezas mexicanas y al mismo tiempo detuviera la expansión de los Estados Unidos. Saligny acusó al general Prim de que su intención era coronarse como Juan I rey de México, pero que ellos no lo dejarían. De todos modos lo urgente era salir de Veracruz donde los invasores morían por decenas aniquilados por la fiebre amarilla. La esposa de Prim, Francisca Agüero Echeverría, era mexicana y sobrina de un ministro juarista. Esto facilitó los Convenios de La Soledad que permitieron a los europeos moverse hacia tierras menos insalubres. Fue evidente para todos que los franceses dejaban atrás las reclamaciones por la deuda y se disponían a una segunda conquista de México. Una horda de salvajes mal armados Prim embarcó las tropas españolas y no tardaron en seguirlo los ingleses. Antes de irse Prim advirtió al general Lorencez que estaban a punto de involucrarse en una empresa de consecuencias impredecibles. El comandante francés se rió y le dijo que la expedición iba a ser un simple paseo: los mexicanos nunca pelearían y si lo hicieran en un par de horas estarían completamente derrotados. Desde 1815 nadie había vencido al ejército francés. ¿Cómo iba a poder con él una horda de salvajes mal armados? Sin embargo Zaragoza, sus generales y sus soldados derrotaron a los vencedores de Sebastopol, Magenta y Solferino. Por primera vez en cincuenta años el clarín tocó la retirada al que era en ese momento el mejor ejército europeo. La sorpresa ante la humillación no tuvo límites. No era posible esa victoria de las que llamaban castas bastardas, inmorales, sedientas de sangre que combinaban los vicios del blanco con el salvajismo del indio. El precio de la venganza La voluntad de castigar la insólita derrota provocó que Francia comprometiera sus recursos y sus mejores tropas en México, primero para someter a Puebla y ocupar la capital y luego para apuntalar el imperio-ficción de Maximiliano. En Francia hubo muchos opositores, como Víctor Hugo y Jules Favre, que se enfrentaron sin cortapisas a Luis Bonaparte. Lo que había comenzado en Puebla terminó mal para todos, excepto para los mexicanos. Cuando en 1866 en la disputa por la supremacía en el mundo de habla alemana Prusia derrotó a Austria, Napoleón III vio la inminencia de la guerra y ordenó al mariscal Bazaine el retiro de sus tropas debilitadas en la extenuante lucha contra los ubicuos guerrilleros chinacos. Francia se desangraba y empobrecía en sostener un sueño imperial disuelto en lo que Carlota llamó con agudeza “la Nada mexicana”. El enfrentamiento con Prusia era inevitable. Maximiliano acabó fusilado en Querétaro, Carlota demente en los sesenta años que le quedaban por vivir, Bazaine y el emperador de los franceses derrotados y humillados por los prusianos en la guerra de 1870, y el todopoderoso general Prim, asesinado en el trayecto del Congreso al Palacio de Buenavista frente a La Cibeles. ¿Por qué mataron a Prim? Por muchas razones, pero sobre todo porque contribuyó a desatar la guerra franco-prusiana al imponer como rey de España a Amadeo de Saboya. Todo hubiera sido muy distinto si Lorencez, ocho años atrás, le hubiera hecho caso a Prim y no se hubiese aventurado en Puebla. La sed de venganza que desató su derrota fue, quién se lo hubiera imaginado, el principio del fin de Napoleón III y el comienzo de la Alemania unificada bajo Bismarck. La guerra contra los moros Juan Prim y Prats, conde de Reus (1814-1870), parece un personaje de novela y en realidad lo es. Benito Pérez Galdós, el mayor novelista español del siglo antepasado, tituló Prim al número 9 de la cuarta serie de Episodios Nacionales. Apareció también en La de los tristes destinos (como llamaban a Isabel II) y su muerte fue recreada por el mismo Galdós en España trágica. Poco antes Pedro Antonio de Alarcón describió en Diario de un testigo de la guerra de África la batalla de Los Castillejos que fue el mayor triunfo de Prim y la causa de que lo hicieran comandante en jefe de la expedición a México. El más leve intento de trazar una microbiografía de Prim se estrella ante la complejidad de la historia política de España. En el siglo XIX esta historia parece muy semejante a la de sus antiguas colonias: interminable guerra civil, golpes militares, discordia entre generales que se disputan el poder y acaban aniquilándose entre ellos mismos. El conflicto central en la metrópoli que había perdido su imperio fue la guerra carlista, en realidad tres guerras que se prolongaron medio siglo y causaron cien mil muertos y una destrucción que ahondó el retraso de España frente al increíble progreso de los demás países europeos. En 1830 Fernando VII declaró reina de España a su hija recién nacida Isabel II. Esto provocó que su hermano el infante Carlos María de Borbón considerara violado su derecho al trono e iniciase una guerra en la que, a los 19 años, Juan Prim y Prats sobresale por su valor, obtiene ascensos y condecoraciones y, sin ser miembro de la nobleza ni provenir de la Academia Militar de Zaragoza, logre subir del cuerpo de voluntarios a la oficialidad regular. Afiliado al Partido Progresista, Prim obtiene el apoyo del general Baldomero Espartero pero rompe con él cuando este bombardea Barcelona. Se apodera de la misma ciudad en la rebelión contra los conservadores. En recompensa el general Francisco Serrano lo asciende y le da el título de Conde de Reus. Acusado de conspirador por Ramón María Narváez, quien había impuesto la dictadura en 1844, Prim tiene que exiliarse hasta que en 1847 se le nombra capitán general de Puerto Rico. Allí sobresale negativamente por su represión contra los esclavos negros. Luego, como diputado, defiende en Madrid los derechos y los intereses de Cataluña. Al iniciarse la guerra de Crimea pide ser enviado como observador al frente turco. Cuando en España pactan por breve tiempo Espartero y Leopoldo O´Donell, Prim ocupa la capitanía general de Granada. En 1859 O´Donell declara la guerra al sultán de Marruecos. En la lucha contra los moros Prim vuelve a distinguirse por valeroso y sanguinario. Su nombre se vuelve sinónimo de terror. Tras sus victorias en las batallas de Castillejos, Wadras, Cabo Negrón y Tetuán, Isabel II lo hace marqués de Castillejos y Grande de España. Su retirada de México lo vuelve impopular porque muchos tenían reclamaciones originadas desde la Independencia y otros pensaban en la reconquista que intentó Isidro Barradas en 1829. Prim conspira contra la reina y tiene que exiliarse nuevamente, esta vez en Inglaterra. La gloria y el fin En Londres encuentra un partidario decidido en su futuro asesino, José Paul y Angulo, un vitivinicultor liberal de Jerez de la Frontera que acompaña a Prim en su regreso a España tras la revolución de 1868. Al grito de “¡Abajo los Borbones!”, Prim hace su entrada triunfal en Madrid mientras Isabel II huye hacia París. Muertos Narváez y O´Donell, Prim y Serrano ocupan todo el escenario político español. Serrano queda como regente y el poder lo ejerce Prim pues preside el gobierno y es ministro de la Guerra. Tiene su despacho y residencia en el palacio de Buenavista, extraña coincidencia con Bazaine que estableció su casa y su comandancia del ejército francés en el otro Palacio de Buenavista, el actual Museo de San Carlos. Los liberales triunfantes se dividen entre quienes pretenden instaurar de una vez por todas la República, como Paul y Angulo, y quienes como Prim optan por una monarquía parlamentaria. Estalla la primera guerra de Independencia cubana. Prim aconseja dar la libertad a la isla a cambio de una compensación. Se opone a venderla a los Estados Unidos: “Cuba no se vende porque su venta sería la deshonra de España. A España se la vence pero no se la deshonra.” Prim busca un rey, un monarca simbólico porque quien seguirá mandando será él. Se elimina al duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe de Francia, cuñado de Isabel II y tío de Carlota. Prim ofrece la corona al príncipe alemán Leopoldo von Hohenzollern. Napoleón III se opone y envalentonado desafía a Prusia y lanza el grito: “¡A Berlín, a Berlín”! que Émile Zola hace resonar en las últimas páginas de Naná. Sin saberlo, Luis Bonaparte ha firmado su sentencia de muerte. La estrategia del mariscal Helmuth von Moltke, el mejor discípulo de Clausewitz, conduce a la derrota y humillación de Napoleón III y el mariscal Bazaine. Vicente Riva Palacio, ante quien se rindió Maximiliano en Querétaro y al que por su gentileza regaló su caballo Anteburro, asiste a lo que el mismo Zola llamó la catástrofe. Piensa que Dios ha hecho justicia por la agresión del más poderoso contra el más débil, un país que amaba a Francia y la había tomado por modelo. En la calle del Turco Al fin Amadeo de Saboya acepta ser rey de España. Prim debe recibirlo el 1º. de enero de 1871. Pero el 30 de diciembre, al terminar la sesión en el Congreso, Prim se despide de los diputados, entre ellos su antiguo partidario y ahora feroz contrincante Paul y Angulo que en su periódico El Combate hace incesantes llamados para derrocarlo. Paul y Angulo le dice a las puertas del Congreso: “No se olvide, general, de que a cada cerdo le llega su San Martín.” Cae una densa nevada. Prim sube a su coche. En la calle del Turco, que desapareció al abrirse en 1900 la Gran Vía, varios vehículos le cierran el paso y cinco o más conjurados disparan contra él. Se escucha la voz de Paul y Angulo dando las órdenes. Por extraño que parezca, ninguna de las balas toca la cabeza ni el tórax. Prim logra llegar al Palacio de Buenavista y subir por su propio pie las escaleras. Los médicos le extraen siete de las ocho balas que lo abatieron y tienen que amputarle la falange del dedo anular. Al no existir todavía los antibióticos, la septicemia acaba en pocas horas con la vida del general triunfante. Como en los casos de Lincoln, Obregón, Kennedy y Colosio, se sabe el nombre del ejecutor pero no el de quienes organizaron el asesinato. A semejanza de las antiguas novelas de intriga que fueron derrocadas por la novela negra, todos los que rodean al muerto tenían algún motivo para matarlo. Año con año siguen apareciendo libros y artículos sobre el crimen de la calle del Turco. Ninguno ha despejado el enigma. Como suele ocurrir, la verdad sobre la muerte de Juan Prim y Prats conde de Reus no se sabrá nunca.

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