Teatro: "¡Si nos dejan!"

jueves, 19 de julio de 2012 · 21:08
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Cine y teatro se conjugan en el musical ¡Si nos dejan! que produce Ocesa en un homenaje a la música de mariachi y a los bailes e imágenes de la época de oro del cine mexicano. El escenario es un cine abandonado donde unos músicos activan la proyección de una película vieja en blanco y negro que habrá que completarse con escenas armadas utilizando materiales fílmicos. La anécdota cuenta la historia de amor de José Alfredo y Paloma; un amor lleno de obstáculos, mentiras, equívocos y traiciones. Las situaciones y los personajes son arquetipos creados por el cine mexicano de los cincuenta donde se mezclan la realidad y el estereotipo de la misma: el joven pobre enamorado de la niña rica, hija de un hacendado malo que con engaños logra separarlos, pero como el amor es grande la búsqueda del reencuentro –primero por parte de él y luego de ella–, sale victoriosa. Como muchas tragedias, la historia inicia con la separación del hijo recién nacido de sus padres, al cual se le oculta su pasado. El destino hace que el hijo enfrente al padre y se enamore de su hermana. Ser hermanos es el secreto que su padre devela a su hija para evitar ese matrimonio, y ella huye de él. Un secreto más contradice al primero y hace que Paloma vuelva a buscar a su amado. La anécdota de ¡Si nos dejan! es minúscula y trivial, pero el acento está puesto en las formas para mostrarla: bailes, canto e imágenes. En la primera parte todo aparece como una película en blanco y negro tanto por la espléndida iluminación de Xóchitl González a través de los claroscuros, como los más de cien vestuarios elaborados por Mario Marín en esas mismas tonalidades. La segunda parte de la obra, en contraste, responde a la época del tecnicólor, donde la elegancia y el colorido del vestuario hacen de ¡Si nos dejan! un atractivo visual. Pero la mayor seducción de este musical es la propuesta de escenografía donde Juan Ballina juega con el espacio y las proyecciones. Las imágenes en pantalla reproducen la estética de la fotografía cinematográfica de Gabriel Figueroa y se copian momentos, como las sombras de la escena o el romanticismo de la balsa en Janitzio, que ya habíamos visto en películas. Las proyecciones no se muestran como telones de fondo, sino que se integran al espacio tridimensional que sustenta al teatro. Al contrario de ser imágenes de adorno, se transforman en objetos o visuales con las que se interactúan. De la fachada de una casa se abre la puerta, un muro se desvanece y nos muestra el interior de una recámara, por la carretera circula un automóvil donde los personajes/actores piensan cruzar la frontera, o un campo de algodón se proyecta en pantallas en cascada hacia el fondo, manipuladas desde el telar. El libreto y la dirección de José Manuel López Velarde no busca originalidad ni audacia; simplemente acomoda la música ranchera, mezcla las anécdotas y los personajes de diversas películas de la época y rompe el camino andado con una idea forzada de querer terminar la obra en un final feliz, aunque la muerte del protagonista ya estaba dado. El Mictlán, aunque visualmente interesante, es una equívoca idea dramatúrgica. ¡Si nos dejan! es una puesta en escena donde la nostalgia acerca a miles de espectadores a ver nuevamente, y de una manera poco usual, lo que fueron las películas de la época de oro. Muchos, con lágrimas en los ojos y tarareando cada canción, disfrutan las más de dos horas que dura el espectáculo.

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