Cine: Nostalgia de los muertos

jueves, 30 de agosto de 2012 · 13:53
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En tanto que cine de horror, El despertar de los muertos (The Awakening; Gran Bretaña, 2011) se reduce a un comentario del cual es difícil diferir; sí, es una película de época, bien ambientada y bien interpretada, inspirada en Los otros, Sexto sentido y El orfanato, con muchas vueltas de tuerca y un final poco original. Afortunadamente, las convenciones del género valen para que el director Nick Murphy y su coguionista Stephen Volk abran una ventana hacia un tema aún poco explorado en la historia de la espiritualidad del siglo XX. Situada muy adrede en 1921, cuando Inglaterra arrastraba el duelo de sus dos millones de pérdidas humanas a causa de la Gran Guerra y la influenza española, El despertar… advierte a su espectador de la necesidad que había entonces de entrar en contacto con los muertos. Florence (Rebecca Hall), escritora y científica, se dedica a desenmascarar fraudes espiritistas; Mallory (Dominic West), mutilado de guerra y profesor de un internado de niños, le pide ayuda para resolver un caso de apariciones y muerte misteriosa de un niño. Algo acecha por los pasillos fríos y oscuros del lúgubre colegio. En el contexto de la época, una mujer emancipada y racionalista provocaba quizá más miedo que cualquier fantasma, apenas hacía tres años que las mujeres empezaban a votar (siempre y cuando tuvieran ya 30 años y casa propia); Florence, mal peinada y de falda larga, Katherine Hupburn de los años veinte, es una especie de Sherlock Holmes que sabe que el diablo está en el detalle, su método es rigurosamente científico y sus instrumentos presumen el avance tecnológico del momento. Es un deleite ver a Rebecca Hall jugando con una parafernalia de artefactos en esa mezcla de desenfado y petulancia consciente de su modernidad. Un detalle significativo después del primer desmantelamiento de fraude espiritista es la bofetada que recibe, por parte de la madre de una niña difunta, la deductiva caza fantasmas; el espiritismo respondía a la necesidad de respuestas concretas del más allá cuando hacía mucho que la religión había perdido su capacidad de consuelo. En su propuesta, Nick Murphy supo extraer el conflicto, auténtico en términos históricos, entre creencia científica, superstición y espiritualidad. Precisamente en 1921 Sir Arthur Conan Doyle, estudioso del mesmerismo y el espiritismo, publica Los extravíos de un espiritista; un par de años después, el filósofo René Guénon le asestaría un golpe mortal a la escuela de Madam Blavatsky con El error espiritista. Nick Murphy es un buen director de actores, no sólo se trataba de escoger un reparto que incluyera gente como la señora Imelda Staunton o como Dominic West, el shakesperiano actor de The Wire, famoso por su interpretación de Yago, sino que había que sacarles provecho. Aunque el guión se estrecha al final, la dimensión de los personajes queda abierta y deja qué pensar.

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