Teatro: Macbeth revistado

jueves, 9 de agosto de 2012 · 19:47
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La tragedia de Macbeth nos habla de tiempos sangrientos, del horror del poder y la lucha por conseguirlo, pero sobre todo, de los sentimientos humanos que implican su ejercicio, el intento por llegar a él y las consecuencias que conlleva esta búsqueda irrefrenable. Macbeth y lady Macbeth emprenden un camino sin retorno, y en ellos se centra esta tragedia ideada por el genio de Shakespeare. Laura Almela y Daniel Giménez Cacho en el Teatro el Milagro encarnan a la pareja y a todos los personajes que conviven con ellos. Intercambian personalidades, son unos y otros indistintamente, pero son también la esencia que implica ser cada uno de ellos. Su versatilidad actoral permite contagiarnos emocionalmente de los sucesos, de los conflictos internos a los que se ven expuestos, y ser testigos de su arribo a la cima y su estrepitosa caída. La tragedia de Macbeth, de Almela y Giménez Cacho se despoja de cualquier aditamento escénico y de vestuario, y se concentra en ellos para transmitir con nitidez las profundidades del alma. Como invitados a su última cena, los espectadores nos sentamos en dos hileras de sillas, frente a frente, desde donde nos cuentan su historia. Es un espacio vacío franqueado por una puerta de metal y un muro con una entrada que conduce a las escaleras de cemento. El lugar se multiplica: corren detrás de nosotros, observan desde la puerta, o desde un tapanco, la guerra violenta que sucede allá afuera; las cortinas negras a nuestras espaldas ululan, ocultan el miedo, los conjuros de las brujas, la angustia apresurada de los personajes. Gabriel Pascal en el diseño escenográfico y de iluminación, multiplica las posibilidades, y la luz se convierte en un factor fundamental para la creación de atmósferas, desde un espacio completamente iluminado, hasta la oscuridad total; donde tres velas al ras del suelo nos develan los claroscuros de los rostros y zonas de luz bien delimitadas nos dan la sensación de cerca o lejos, visible o en tinieblas, de un “sin lugar a dudas” a un “tal vez aquí o allá”. Para esta realización de ambientaciones el diseño sonoro de Rodrigo Espinosa se convierte en un tercer intérprete. Su presencia física y auditiva nos involucra en los diversos grados de intensidad de la escena, en sus tonalidades y matices. Los actores realizan un trabajo integral de dirección, dramaturgia e interpretación. Crean las convenciones y exploran múltiples modos de dar vida a las palabras y a las situaciones que desarrolla la tragedia. En principio, parece que sólo los especialistas entenderán la anécdota, porque el ir y venir de los personajes, de él a ella y de ella a él y del saltar a otros y tantos otros, la convierten en un acertijo. Progresivamente nos adentramos en la historia y vamos conociendo e identificando a los personajes y la dinámica del juego. Los actores no recurren a la caracterización del personaje sino a ser el otro; pasan de víctima a victimario, del dolor al vértigo, de la lucidez a la paranoia. Y de pronto nos vemos inmersos en ese juego de niños de nuestro remoto pasado, cuando el caballo y el jinete eran uno solo, cuando el instinto y el impuso vital dominaban la aventura. Entonces, el placer se apodera de nosotros y disfrutamos este festín escénico que nos devuelve la alegría de ser testigos de la magia del teatro que borra cualquier dimensión temporal y nos vuelve un eterno y emotivo presente.

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