¿A la deriva?

martes, 22 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Patéticos congéneres vivientes: veo y siento con inquietud y alarma y, ¿por qué no decirlo?, a veces con disgusto, que en ese su vivir en la extensión del tiempo, con lo cual nuestra especie tiene la oportunidad de ser más sabia, gracias a la adquisición de nuevos y mejores conocimientos científicos, ese hecho de poco o nada les ha servido para trazar un rumbo más prometedor para la humanidad en su conjunto. Me molesta, lo concedo, puede que se deba a mi vanidad de autor, que a los 288 años, a cumplirse en este 2013, de la aparición de mi obra Principios de una nueva ciencia sobre la naturaleza común de las naciones, la cual me ha valido para que no falten los que me consideren el fundador de la ciencia histórica y de la psicología de los pueblos, debido a lo siguiente: en ella, contra el excesivo racionalismo de inspiración cartesiana dominante en mi época, en oposición a la máxima de “pienso, luego existo”, de Descartes, expuse y sostuve que en el hombre lo primero es sentir, luego advierte y por último reflexiona, por lo que antes de saber qué somos, está el sentir. En la misma, igualmente consideré y afirmé que la ciencia verdadera para el humano era la de la historia, para tal afirmación, partí de la siguiente idea: que si la naturaleza ha sido hecha por Dios, la historia es la obra de los hombres y resulta natural que comprendan mejor lo que ellos mismos han llevado a cabo, lo que ellos mismos han realizado. En la misma obra examiné y expuse varios ejemplos, los cuales me permitieron probar y afirmar que toda formación histórica o nación reproduce en su trayectoria un mismo ciclo de tres etapas: el de la edad divina, en la que los hombres piensan que viven bajo el gobierno de los dioses; le sigue la edad heroica, en los que los gobierna una aristocracia, y una humana, en la que los hombres piensan que son iguales por naturaleza; después de estas etapas caen en la vejez, en la decadencia. Incluso pueden dar en el salvajismo. Por otra parte, también fui el primero que resalté la influencia de la lucha de los grupos sociales sobre la elaboración de las leyes. Mal está que lo diga, pero esas mis ideas, como seguramente no lo ignoran, influenciaron, de una u otra manera, a filósofos, historiadores, antropólogos, economistas, sociólogos y otros estudiosos de las llamadas ciencias sociales posteriores a servidor. Recordemos algunos nombres: Hegel, Marx, Spengler, Toynbee, Sartre y su existencialismo ateo, Marcel y Maritain y su personalísimo cristianismo. Ello, como es natural, halagó mi vanidad de autor, pero últimamente, como he manifestado más arriba, me inquieta, molesta e incluso me angustia, que en esos sus días, como nunca antes, se critique con tanta vehemencia los principios científicos y los discursos sobre la historia, la teoría científica de la misma. Esa crítica me molesta porque va contra mi particular teoría del conocimiento, que afirma que sólo se puede conocer algo cuando ese algo ha sido llevado a cabo, realizado por uno mismo. En el caso de la historia, la humanidad. ¡Mas hay! En esos sus días de posmodernidad en que viven, toda una poderosa corriente de nuevas teorías han puesto en tela de juicio la de servidor ¡y precisamente por ser los humanos, los hacedores de la historia, los que analizan, interpretan y explican lo que han hecho!; ese modo de actuar, que para servidor de ustedes era garantía de objetividad, de verdad ¡resulta que no es así!, ya que las nuevas teorías del conocimiento critican la lógica de los discursos, esto es, la interpretación y explicación de los hechos, sean filosóficos, históricos, científicos, de cualquier hecho en sí, por considerar que está contaminado –interpretación, explicación e incluso análisis del mismo-- más que por la razón, por los impulsos, por los deseos inconscientes particulares del sujeto que analiza, interpreta y explica o expone los hechos correspondientes y concretos de cada un de esos mismos hechos, pues lo importante, como ha dicho y sostiene uno de los ideólogos de la nueva teoría del conocimiento que priva en esa su llamada modernidad por ustedes, vivientes, el psicólogo J. Lacan, lo importe no es el hombre que habla, ni qué habla el hombre, sino “lo que “habla” en el hombre. Esta nueva situación en los pensamientos me angustia por dos cosas. ¿Es que, en lo personal, mi teoría del conocimiento estaba equivocada y, por extensión mis otras opiniones no fueron más que otros tantos errores? ¿O bien es que ustedes, congéneres vivientes, ya están, ya han llegado a un ciclo de decadencia y por eso sienten y piensan que andan sin rumbo, que van a la deriva, en barco sin velas… sin motor… y sin timón? En relación a esto, ¿Qué pueden decir? Desde el más allá en el que me encuentro, al que sinceramente deseo que lleguen lo más tarde que les sea posible, de ustedes con afecto. GIAMBATTISTA VICO

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