Cine: "Django" y los Oscar desatados

domingo, 27 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Por más exasperante que resulte la fascinación mediática en torno del espectáculo de los Oscar, no puede negarse la ventaja para los cinéfilos de ver cine nuevo en gran escala, descubrir y revisar filmografías. La selección de películas sirve incluso de monitor para explorar tendencias y gustos, tanto del público como de intereses políticos y económicos; ejemplo obvio, Zero Dark Thirty, inicio de un ciclo que explota la muerte de Bin Laden, con la vuelta de tuerca que es una mujer, Kathryn Bigelow, quien dirige, y otra mujer, Jessica Chastain, protagonista a cargo de la misión; la sorpresa es la manera frontal de abordar la tortura como recurso. Tampoco es casual que, con Obama en la presidencia, dos de las cintas principales en competencia aborden el tema de la liberación de los esclavos negros en el sur de EU; una, Lincoln, dentro de lo políticamente correcto que Spielberg sabe hacer, pero con la insuperable ventaja de que Daniel Day-Lewis (el mejor actor del mundo, según algunos) rompe todos los estereotipos del más estereotipado de los héroes americanos. La otra es, por supuesto, Django sin cadenas (Django Unchained; EU, 2012), última cinta de Quentin Tarantino que en el título anuncia su principal propósito, liberarse de la carga de lo políticamente correcto para proponer su visión de cine sin moralismo. La historia comienza un par de años antes de la guerra de secesión: Schultz (Christoph Waltz), que mata criminales blancos para cobrar la recompensa, se alía con un esclavo, Django (Jamie Foxx); la afortunada mancuerna se hace invencible, el reto ahora es rescatar a la esposa de Django de las garras de Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), un psicópata esclavista que se regodea en apuestas de peleas a muerte de sus esclavos. Al igual que en Kill Bill, en Django el móvil es la venganza, recurso narrativo fecundo en suspenso, emociones extremas, héroes y villanos desorbitados, violencia y sangre como fiesta de fuegos de artificio; la diferencia ahora es que estos elementos “tarantinescos” se ciñen a la acción y se derivan como consecuencia natural, si es que el término cabe en el universo hecho de cine y de referencias al cine del director de Pulp Fiction. Lo formidable de Django sin cadenas es que el cine de blaxplotation, el Spagetthi Western de Sergio Leone, el clasicismo de John Ford, entre tantos, dejan de funcionar como homenajes y aparecen como reinterpretaciones estéticas; un mínimo gesto con el sombrero, un paisaje de nieve; Tarantino se emancipa de sus influencias. Tarantino libera de todo escrúpulo moral a su espectador; la muerte violenta parece el menor de los castigos para esos esclavistas que arrastran a los negros con cadenas, los despedazan, marcan y flagelan a muerte; qué júbilo ver saltar en pedazos a esos proto Ku Klux Klan. La religión dice que eso no debe ser, pero la tripa opina lo contrario, diría el director. Él habla y los diálogos suenan mejor que nunca; la precisión, por ejemplo, de la lógica, estilo y acento de Schultz, es toda una sinfonía de erudición y retórica, a contrapelo de la ley.  

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