La música en el filme "El corazón del café"

jueves, 3 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En manos del cineasta Werner Herzog, la historia del café y su llegada al Soconusco hubiese marcado un hito en el arte cinematográfico, teniendo como fondo la dramática naturaleza chiapaneca, donde se entretejen historias humanas. La pasión, la esclavitud indígena, el paisaje salvaje, muchos elementos a favor para producir una película conmovedora tipo Fitzcarraldo, que narra la aventura de un loco apasionado para construir un teatro de ópera en el Amazonas. El filme El corazón del café, rodado en Chiapas, decepciona y sucumbe ante un guión con fallas de ritmo y narrativas que terminan por conspirar contra la historia misma y hacen naufragar una película que prometía algo diferente, pero que al final deja un sabor agridulce, justamente un café sin pasión. La película desperdicia muchísimo tiempo cinematográfico en la Ciudad de Mexico, para describir un intrascendente encuentro mercadotécnico totalmente prescindible en la totalidad del contexto del libreto, que rompe la magia todo el tiempo, para recordarnos que el café no es un grano prodigioso, sino un objeto de compraventa. Una empresaria que se expone, dispuesta hasta a utilizarse como moneda de cambio para vender su producción, corre el riesgo de polemizar y restar sensibilidad a la condición emocional femenina de la mujer y su inteligencia desde 1840 hasta nuestros días. El personaje masculino central, desarrollado por Alejando González Padilla, en El corazón del café reduce al aventurero John Macguee y lo convierte en un alcohólico improductivo, atrapado en su pasado. Para estos paisajes, sólo una música compuesta por Ennio Morricone, con un tema conmovedor, hubiese salvado las escenas, pero el fondo sonoro se limita a cubrir tiempos escénicos que a la mitad se vuelven aburridos y desechables. Al principio, la voz del contratenor sorprende, pero el abuso y su omnipresencia acaban por saturar al espectador y de paso se lleva entre los pies la música de Vivaldi, Haendel y cuanto canta a capella, dejando en el oyente una impresión bufonesca de la música de concierto. En vez de producir una zaga del lenguaje cinematográfico, la llegada del café al Soconusco fue minimizado a un melodrama de tintes paisajistas con el anticlímax de un final ambiguo, muy al estilo de las malas telenovelas.

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