¡Vaya tío!

martes, 29 de octubre de 2013
MÉXICO, D.F.(apro).- Frustrante, por fraudulento, Tío Sam: los últimos saberes sobre lo que dices y haces, a más de uno de tus tantos viejos admiradores y seguidores de anteayer y ayer; a más de uno de esos tantos partidarios que incluso te tomamos como ejemplo –o paradigma, como hoy se dice— nos han puesto a temblar las osamentas y a revolcarnos en nuestras respectivas tumbas, tanto de vergüenza como de rabia. Y no faltan los vivientes, presas de los mismos sentimientos. A unos y otros nos une el coraje que de nosotros sea la vergüenza de tu sórdida desvergüenza de tus palabras y obras. No es para menos, tienes que admitirlo, pues verdad evidente es que no el fantasma, sino la realidad, repito, de tu sórdida desvergüenza de entre lo que dices y haces; de los que siempre has presumido y presumes, de lo que has pregonado  y pregonas y lo que has hecho, recorre de uno a otro confín esa globalidad que tú mismo has construido, administras y diriges en gran medida. Si califico de sórdida a tu desvergüenza, es porque no me faltan razones para ello, pues tu desvergüenza no tiene por motivo y base la necesidad, sino que más bien está guiada por la avaricia, conducida por la ambición, o sea, por tu desordenado afán de poseer riqueza y poder; sórdida también tu desvergüenza porque atenta contra la decencia, contra la moral, contra mutuo el respeto que debe existir en toda relación entre los humanos, por lo que es también deshonesta esa tu desvergüenza. ¿Puedes desmentirme? Por supuesto que no. Recuerda, siempre te has presentado con la presunción de ser el paladín, el caballero sin miedo y sin tacha --¡y sigues haciéndolo a pesar de que te están descubriendo el cobre de que estás hecho¡ --defensor de la libertad de la persona humana en todos los terrenos: de su libertad de reunión y movimiento; de su libertad de creer en lo que más le acomode; de la libre expresión de sus creencias; de su libre elección en lo político y como campeón del libre mercado, etcétera; un etcétera que jamás pensamos tus entusiastas partidarios que era tan elástico que también admitía la cínica libertad de espiar a todo mundo, incluso a dirigentes de países que dices que son amigos e incluso socios en eso del libre mercado, como lo está dando a conocer en estos días los medios de comunicación. La vergüenza y el enojo de tantos de tus incondicionales admiradores de anteayer, ayer y hoy, igualmente se debe, en gran medida a que tenemos que aceptar las razones de esos tus críticos que por años y años han venido advirtiendo sobre el doble juego de tu política, a los que han dicho e insisten en sostener en la necesidad de distinguir entre tus palabras y tus obras, los se la opinión de que tu solemne declaración de que naciste para crear un imperio para la libertad, no es más que un engañabobos, una calculada mentira con la cual enmascaras, y así mejor lograr, tu íntima y muy personal ambición: la de servirte de la libertad para crearte un imperio, como lo muestra, demuestra y confirma las tempranas intrigas de tus diplomáticos, tus intervenciones encubiertas y militares en tantos países de Hispanoamérica, como por ejemplo en Guatemala, Nicaragua, Chile, Cuba o México, al que despojaste de más de la mitad de su territorio. Esos hechos y otros parecidos que has llevado a cabo en otros lugares del planeta –ahí está la historia para conocerlos—junto con el reciente escándalo que ha provocado el descubrimiento de tu espionaje a todo mundo, está haciendo que no pocos de tus entusiastas admiradores estén comenzando a verte como te ven tus más enconados críticos: como a un tahúr, esto es, como a un jugador tramposo en el campo de las relaciones internacionales: campo al que, por el innegable poder que tienes, estás convirtiendo en una descarada timba, en una casa de juego en la que la fullería, o sea, toda trampa y engaño, es normal, con lo cual la globalidad que tu construiste, administras y diriges en gran medida, se está convirtiendo en una tahurería, en un lugar en que toda fullería es vista como un mal necesario por no pocos. ¡Qué tristeza! Deseando, por el bien de todos, que tal situación sea reversible, sin más por el momento queda a tus órdenes en nombre de todos tus partidarios, vivos y muertos.

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