Documental en la Cineteca: "Mi amiga Bety": ¿Quién es el culpable?

sábado, 23 de noviembre de 2013
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- En la mayoría de los documentales sobre crímenes, paso a paso uno suele descubrir al culpable. En algunos casos como Mi vida dentro, éste puede llegar a ser incluso el propio sistema de justicia. Sin embargo, en la original cinta Mi amiga Bety, que se estrenó este viernes en la Cineteca Nacional, mientras más sabes, menos sabes. La directora Diana Garay, egresada del Centro de Capacitación Cinematográfico (C.C.C.), hace su ópera prima sobre Bety, una amiga de la infancia condenada a los 19 años a 30 de prisión por el asesinato de su propia madre. Tanto la directora como la protagonista compartieron la escuela primaria, los amigos, las fiestas de infancia y adolescencia. “¿Qué hace que yo esté aquí y ella allá?”, se pregunta la joven directora, y en respuesta hace un documental de 87 minutos que incluye entrevistas con Bety en el penal de Santa Martha Acatitla -donde está encerrada desde el 2004-, conversaciones con los compañeros de clase, retorcidos expedientes judiciales, así como fotos del crimen y videos de cuando la vida era feliz. La realizadora logra algo muy difícil: que no obstante su evidente cariño por la protagonista no enturbie la búsqueda de una verdad. Explica: “Fue una decisión muy difícil aceptar que yo misma debía ser otro personaje de la película. Creo que al plantear que Bety es mi amiga y salir con ella a cuadro todo fue más orgánico, aunque aún me cuesta verme en pantalla. Así, me sentí con más claridad para plantear las cosas, invitar al espectador a reconstruir la identidad de Bety por medio de los recuerdos en común, a través de la infancia y de la clase media. Seguir la línea de destino doloroso que atravesó para colocarla en terrenos humanos, donde podría ser la amiga, compañera de escuela o vecina de cualquier persona que contemple la película. De la casa a la prisión, de un encierro social al encarcelamiento penal”. El documental trata de ser didáctico y dinámico apoyándose en pequeñas animaciones para hacer un poco más comprensible el cifrado lenguaje judicial. La historia fílmica nos ha acostumbrado a encontrar la diferencia entre el bien y el mal. Lo fascinante de esta película es justo lo contrario, que mientras más conoce uno del caso más se ahoga en un mar de confusión. Pocos se atreverían a emitir un juicio absoluto. “Al principio ir a la cárcel fue raro, conocer ese mundo del que sólo había escuchado hablar de lejos, como la mayoría”, recuerda la directora. Pero es aún más raro para el espectador ver ahí a la protagonista, hija única de dos médicos, con una sonrisa dulce y un historial de cuento. Una de las más rotundas sensaciones filosóficas que despierta esta cinta es cómo cada quien tiene su mundo en la cabeza. Bety, quien siempre poseyó todo lo necesario y algunos lujos, como sus amigos lo dicen, describe con tanta finura la cárcel que uno se podría imaginar cualquier apacible rincón. Como en Rashomon, de Akira Kurosawa, en este filme todos parecen decir la verdad y todos parecen decir la mentira. Un documental sencillo y fino en el que participan las fotógrafas Jimena Montemayor y Mariana Ochoa, el productor Alejandro Durán, el editor Javier Campos, los músicos María Esperanza Ramos, Jorge Carrión, Carolina Sánchez, y Diego Martín. Una historia que remata con este epígrafe de Raymond Carver: “Son cosas que pasan, pero nos han pasado a nosotros”.

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