El negocio de certificar

martes, 26 de febrero de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Durante décadas el gran negocio de la danza se podía ubicar fácilmente en academias privadas y, muy en especial, en las de ballet. Cientos de centros para niñas se crearon en todo el país con la falsa promesa de convertir en primeras bailarinas a miles de nenas que desde los tres años eran incluidas en los formatos de pre-ballet, expresión corporal y ballet, con la idea de complacer a sus padres en la fantasía de tener una hija bailarina. Ahora el negocio ha cambiado, los cursos de baby ballet van a la baja porque lo que se busca es obtener recursos económicos, certificando cualquier actividad que se relacione con la impartición de clases, promoción, gestión, crítica y evaluación de la danza. Obtener recursos certificando no es algo nuevo, el Royal Ballet hizo su agosto certificando academias, y centros de ballet y jazz en México. Cada año examinadores viajaban desde Inglaterra para hacer exámenes completos a las alumnas de escuelas incorporadas al sistema inglés. Por supuesto, implicaba una cuota extra y un lindo diploma para colgarse en la pared, pero nada más. Como las posibilidades de cobrar por hacer creer a la gente que lo que hace le ayudará a mejorar su condición laboral y económica son infinitas, surgió la idea de pedir una cuota fuerte por dar diplomas a aquellos que paguen por un curso --en la mayoría de corta duración-- y logren una serie de metas fáciles. El diploma se puede obtener participando en funciones maratónicas donde, sin ningún tipo de curaduría o preselección, se lleve a cabo. Al paso del tiempo grupos de aficionados o compañías de medio pelo, presentan en su currícula las intervenciones que ha tenido en eventos de certificación y llegan a los teatros de la primera fuerza de la danza nacional o internacional. El éxito monetario y de popularidad de quienes organizan este tipo de eventos es muy parecido al de los vivales que en países como Estados Unidos, en donde llevan a cabo concursos de belleza para niñas menores de cinco años. La fórmula es simple: siempre hay quien esté dispuesto a pagar por cinco minutos bajo la luz de un cenital sintiendo que se ha convertido en una “estrella”. En el mercado de la certificación hay de todo: pole dance (danza de tubo), belly dance (danza árabe), pilates, yoga extreme, release, jazz, streching, low fligth (al piso), contemporáneo (en cualquier técnica, esté documentada o no), posmoderno, break, hip hop, danzón, salsa, mambo, cumbia y, por supuesto, para los que se atreven puntas, media punta, pas de deux, cargadas y ballet para varones, entre otras. En un falso afán de democratizar los espacios públicos, se ha caído en el error de otorgarle gratuitamente teatros, salones, auditorios y espacios públicos a cualquiera que haya juntado en su currículum funciones y talleres, a quienes en realidad no tienen ninguna capacidad académica para “certificar estudios”. En ninguna compañía profesional del mundo los bailarines, maestros o ensayadores obtienen sus plazas por certificados. En el gremio se sabe quién baila, quién enseña y forma bailarines, y quién tiene capacidad para hacer un juicio de valor para hacer curaduría o ser jurado en un concurso. Esa solvencia es la base para que los verdaderos profesionales puedan tener posibilidad de hacer su trabajo de manera seria y acertada, y remontar así a categorías acordes a su desempeño. La desgracia de vivir en el capitalismo salvaje o neoliberalismo incluye el ser víctimas de personas alevosas que, abusando del oportunismo y de la sed por acceder a la danza, timan a miles de personas día con día. Sería prudente que la Secretaría de Educación Pública y la Procuraduría Federal del Consumidor pusieran la lupa sobre las certificaciones sin ningún valor, sobre los cursos impartidos por villamelones de moda y, sobre todo, ubicaran a aquellos que lucran utilizando los vacíos institucionales en la profesionalización de la danza.

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