"Olinka...": la desmitificación del curador

martes, 26 de febrero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Congruente con las características que definieron el año pasado su reapertura –mediocridad curatorial en arte contemporáneo, dispendio presupuestal y resonancia con el mercado global–, el Museo Tamayo Arte Contemporáneo presenta, desde el pasado mes de diciembre, la exposición Olinka o donde se crea el movimiento. Inconsistente y confusa tanto en el planteamiento curatorial como en la relación entre el concepto y la selección, la muestra desmitifica el exagerado y erróneo valor simbólico que ha adquirido la figura del comisario internacional. Valorado en el mainstream por una supuesta audacia para el arte emergente que no se percibe en la exposición del Tamayo, el curador en jefe de la Kunsthalle de Basilea, Adam Szymczyk (Polonia, 1970), evidencia la crisis de creatividad artística e inteligencia curatorial que caracteriza, actualmente, a un gran sector de la escena contemporánea nacional y global. Diseñada con base en las tendencias de moda, que legitiman la banalidad a partir de su vinculación con propuestas significativas realizadas en épocas pasadas, la exposición de Szymczyk simula sustentarse en el proyecto de la ciudad utópica Olinka (ca. 1940-1959) del Dr. Atl (México, 1875-1964). Concebida como un espacio cilíndrico de gran altura habitado por científicos, artistas y filósofos, Olinka era, como señala el documentalista Jesse Lerner, un retiro elitista para el superhombre. Indiferente ante las contradicciones del pensamiento del Dr. Atl –desde la preocupación por la inteligencia colonizada de los mexicanos hasta ideas pronazis–, Szymczyk utiliza el origen náhuatl de la palabra ollin (movimiento) para referirse a la transformación constante de la construcción histórica. Definida por el curador como un territorio inestable que al provocar nuevas lecturas genera movimientos, la historia es el confuso pretexto para presentar obras modernas mexicanas del Dr. Atl, Nahui Olin y Rodríguez Lozano, con piezas de creadores internacionales que se comercializan en galerías de presencia constante en ferias tan prestigiadas como Art Basel o FIAC. Integrada en otras, por imágenes encontradas intervenidas dibujísticamente –Kate Davis–, impresiones digitales intervenidas pictóricamente –Paulina Olowska–, elementos tridimensionales que sólo destacan por su título –Aguas negras abiertas, de Thea Djordjadze–, e instalaciones constituidas con cenizas de lienzos pintados quemados –Susan Hiller– o con lienzos deteriorados –Vivian Suter–, la exposición tuvo un costo de 1 millón 246 mil 260 pesos, de los cuales 73 mil 176 fueron para el curador, 561 mil 240 para el transporte de obra, 309 mil 695 para producción y montaje de obra, y 262 mil 32 para viajes y gastos de artistas y comisarios. Cifras que sorprenden, ya que la mayoría de las piezas proviene de colecciones nacionales. Carente de explicaciones sobre las piezas y autores que rebasen los argumentos de legitimación comercial, la muestra presenta, en la instalación de Vivian Suter, un lienzo deteriorado por desprendimiento de capa pictórica, el cual pone en duda el diagnóstico de conservación de la pintura dañada de Félix Parra Fray Bartolomé de las Casas, 1875 (Proceso 1892), que dio a conocer la semana pasada el director del Museo Nacional de Arte, Miguel Fernández Félix (Proceso 1894). El desprendimiento no tiene la pérdida de soporte que caracteriza a una perforación.

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