Cine: Pierre Étaix recobrado

domingo, 3 de febrero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El homenaje al cine mudo no es nada nuevo en la cinematografía francesa; en la década de los sesenta, Pierre Étaix (Roanne, 1928), payaso de altos vuelos, escritor y diseñador artístico, escribía, dirigía y actuaba sus propias películas en continuo diálogo con el espectáculo burlesco y romántico del Hollywood de las primeras décadas. Su personaje asimilaba la seriedad de Buster Keaton, el arte acrobático de Harold Lloyd y la preocupación social de Chaplin. La obra de Étaix contesta el consumismo, celebra la libertad y el arte de vivir. Debido a un burocrático proceso, Pierre Étaix había perdido los derechos sobre sus películas, por eso es prácticamente desconocido para las nuevas generaciones de cinéfilos; y aunque el rostro del actor dejaba verse eventualmente, Max, mi amor (Nagisa Oshima, 1986) o Le Havre (Aki Kaurismaki, 2011), durante un par de décadas su cine quedó embalado por ahí. Hay que celebrar la iniciativa de la Cineteca Nacional de traerlo a México y arrancar esta semana con una retrospectiva de su trabajo. La contribución de Pierre Étaix a la historia del cine es innegable, su nombre y la dimensión de su obra empiezan apenas a sonar en medios y DVD. Como ocurre en una imagen de su última cinta, El país de la abundancia (Pays de cocagne, 1971), la resurrección de este cómico y realizador remolca consigo montones de celuloide, y material referencial que ya era hora de editar: la influencia de su mentor Jacques Tati, con quien trabajó como asistente y diseñador; la colaboración con Jean Pierre Carriére (guionista de Luis Bunuel) y el Oscar que ganaron con un corto en 1963; la amistad con Federico Fellini, el homenaje y la reelaboración del arte del payaso en Europa; el matrimonio con la actriz, payaso, músico y acróbata, Annie Fratellini, con quien fundó la Escuela Nacional de Circo (1974). La intención de mencionar tanto nombre no es sólo para sugerir la casta del personaje, sino porque reenfocar el trabajo de Pierre Étaix significa recuperar el legado de una época; sin ánimo de restar importancia, el cine francés no sólo es Godard editando con un cigarro en la boca y la gramática desarticulada de la Nueva Ola. Hay que ver más el cine de Tati, estudiar a fondo el humor de El discreto encanto de la burguesía, o la relación entre el cine y el circo. Además de la delicia humorística y estética, como la cama  automóvil  que recorre la carretera para encontrarse con el objeto de su deseo (Le Grand Amour, 1969), el metalenguaje de Étaix está aún por explorarse; en Yo-yo (1965), historia de un millonario enamorado de una cirquera, el relato cronológico calca la historia del cine, transita del mudo al sonoro, intercambia guiños de ojos con La strada y con 8 1/2 de Fellini; secuencias como la de Hitler que toma un bastón, se pone un sombrero de bombín y se convierte en Chaplin, son gags para marear al mismo Brecht. En el fondo más iconoclasta que Tati, Pierre Étaix hace malabares con fragmentos de objetos y nociones fijas; El país de la abundancia, documental que satiriza y expone la entrega total del pueblo francés al consumismo, casi como respuesta al movimiento del 68, desagradó tanto a la prensa como a los productores, y significó el ostracismo de este poeta del cine.  

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