Cine: El "Fausto" de Sokurov

viernes, 15 de marzo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Frankenstein y Fausto son los mitos modernos por antonomasia que advierten sobre el riesgo de la arrogancia del poder científico: uno muestra la consecuencia de la manipulación y el otro el apetito de sapiencia total. Esta versión de la leyenda luterana sobre un hombre de ciencia que vende su alma al diablo para controlar la naturaleza, y que Christopher Marlow dramatizó por primera vez, se inspira en Goethe y Thomas Mann, pero es menos una adaptación que una meditación sobre el famoso Doctor Fausto. Fausto (Rusia, 2011), acreedora al León de Oro en el Festival de Venecia, es la última parte de una tetralogía sobre el poder realizada por Alexander Sokurov; la secuencia se inicia con Moloch (1999), Taurus (2001), El sol (2005), afiliada a Hitler, Lenin e Hirohito, pero cada cinta se basta a sí misma, la poesía y la oscura metafísica de este gran discípulo de Andrei Tarkovsky las separan más que las unen. De entrada no es fácil ver la conexión de Fausto con las anteriores, Sokurov se niega a revelar la pista. Este doctor Fausto (Johannes Zeiler) no es un viejo, es relativamente joven, estudia cadáveres, vive acosado por sus acreedores y padece hambre, aspira a convertir los metales en oro; a Mefistófeles, que aparece como un usurero llamado Muller (Anton Adasinsky), le vende algo en lo que no cree aunque firma con sangre. La manera de pensar corresponde a la de un hombre de la Ilustración; la historia ocurre a principios del siglo XIX en una Alemania carcomida por las guerras, pero el ambiente, plagado de personajes extraídos de los cuadros de Brugel y del Bosco, es el de la Edad Media. Sokurov, que pinta y esculpe con la cámara, desentraña al ser humano; Fausto destripa cadáveres con las manos mientras su discípulo, un tal Wagner, obsesionado por el homúnculo, especula sobre el órgano que contiene al alma. El mismo flujo, como en otras de sus obras (Madre e hijo), que conecta cuerpos e imágenes, corre por las venas de estas composiciones inspiradas, muchas de ellas, en pintores flamencos y holandeses. Como nunca antes, la imagen rezuma linfa y melancolía alrededor de los apetitos más primarios; el hambre y su fisiología son motivos principales; los cuerpos, vivos y muertos, apestan. Margarita (Isolda Dychauk) no podía faltar, Fausto vende su alma por pasar una noche con ella; el eterno femenino brota en los lavaderos y baños donde Fausto la descubre por primera vez; luz y agua clara son sus atributos. La secuencia fija de Fausto contemplando el rostro de Margarita es un bello ejemplo de transfiguración ante la cámara; esta visión de luz se contrapone al tema de Mefistófeles (enemigo de la luz, en su acepción griega). La desnudez de Margarita contrasta con la del usurero, un cuerpo deforme que oculta las alas del ángel caído y que carga un pene atrofiado en vez de cola. ¿Hambre y pulsión sexual, claves del anhelo de poder? La visión de Sokurov no es trágica, es irónica. Muller el usurero (Mefistófeles) nunca la pierde de vista, aunque duela; bailarín, coreógrafo y artista del performance, Anton Adasinsky es toda una revelación.

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