Las novelas sobre el petróleo en México

lunes, 18 de marzo de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Al lado de la Novela de la Revolución Mexicana y más tarde de los relatos indigenistas (que se darían también en toda Latinoamérica) se generó una literatura del petróleo cuyas obras, salvo excepcionalmente y gracias al cine –como La rosa blanca de B. Traven, filmada por Roberto Gavaldón–, son prácticamente desconocidas. En su mayoría, estas novelas están inspiradas en los abusos de las compañías extranjeras que explotaron nuestros recursos hasta el 18 de marzo de 1938. Así, la extorsión de Mr. Taylor para adquirir, mediante el engaño de una hipoteca, la propiedad de una familia provinciana en el medio rural, en Oro negro –de Francisco Monterde– es la misma que combate el ingeniero Márquez en La hermana impura, de José Manuel Puig Casauranc, donde se entremezcla una historia de amor. Al igual que en ésta, La rosa blanca se desarrolla en el Tampico de los años finales de la revolución, época también de Panchito Chapopote, donde Xavier Icaza narra el regreso a su pueblo natal de un campesino que vendió a las compañías sus "chapopoteras improductivas", convertidas ya en el auge del oro negro. Otro pueblito, idílico y apacible, pero de la huasteca veracruzana, es escenario de la misma convulsión en Resaca, donde César Garzurieta cuenta la resistencia de un campesino que vende su parcela, por lo cual es finalmente asesinado. Por su parte, Huasteca, de Gregorio López y Fuentes, presenta el fenómeno de una familia campesina transformada en "nuevos ricos" para arrendar sus propiedades a perforadores norteamericanos. Otra novela, Brecha de roca, sirve para que Héctor Raúl Almanza describa la lucha librada por los obreros para fundar el sindicato petrolero a partir del exterminio de una familia de Ébano, San Luis Potosí, donde la Huasteca Petroleum Company asentó sus reales y sus "guardias blancas". En una obra de teatro, Pánuco 137, Mauricio Magdaleno conduce al espectador al chantaje que la familia Galván sufre al rehuirse a vender su finca a la Pánuco Oil Company. Obras mucho más recientes abordan el tema en La cabeza de la hidra, que Carlos Fuentes centra en el efímero boom del régimen lopezportillista, simbolizando con el título el renacimiento multiplicado de una cabeza cortada porque el petróleo, dice escritor en el epílogo, es como el semen oscuro. Morir en el Golfo, de Héctor Aguilar Camín, personifica la corrupción del sindicato petrolero actual a través de un líder, presumiblemente Joaquín Hernández Galicia, La Quina, a no ser porque el autor intempestivamente hace aparecer a éste, con su verdadero nombre, junto al personaje central. Una historia novelada del tema petrolero es México negro, de Francisco Martín Moreno, y Nuestras raíces, de Javier Santos Llorente, es el testimonio periodístico novelado de la década de los veinte en Tampico, integrado con relatos verídicos de trabajadores como el jubilado Francisco Ariguznaga, "ciego y con ochenta y dos años de edad": "La Penn Mex era muy estricta, muy celosa con sus trabajadores. Como ya estábamos sindicalizados, el gerente, mister John Rearde, ordenó que a un tanque de almacenamiento se le abriera un boquete. Y cuando los guardias nos sorprendían en la noche tomando, allí nos metían, empujándonos con la boca del fusil. Nos dejaban toda la noche y todo el día, a que apretara el calor del sol, y cuando el tanque era ya un infierno y la pestilencia del gas nos había mareado hasta casi perder el conocimiento, llegaba mister Rearde, nos regañaba y nos dejaba libres". Pero sin duda el relato más hondo es el del historiador y escritor José Mancisidor, que en 1955 fue premiado por el periódico El Nacional por su novela El alba en las simas, de José Mancisidor, enfocada a describir las maquinaciones de las compañías inglesas, holandesas y norteamericanas, donde recrea el encuentro-desencuentro entre los dueños de las compañías holandesas-inglesas y estadunidenses con el presidente Lázaro Cárdenas.  

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